A los sacerdotes

Carta a mis hermanos sacerdotes

Si yo tuviera que escribir una carta como la que ha hecho el Papa ¿Qué os diría?
En primer lugar que Dios os ha amado tanto que ha querido que vosotros seáis sus dueños. Eso es cierto. Y es la señal del amor. Ha querido confiarse a vuestras inteligencias y a vuestras manos. Es lo que hace una mujer al seguir a su esposo en el camino del matrimonio, aunque sea una comparación un poco extraña. Nos pide confianza pero Él ha empezado por tenerla. Se ha hecho hombre y sacramento para estar en vuestras manos.
En segundo lugar, os diría que debéis estar felices de ese amor. Porque no creo que lo primero sea la misión, es lo último. Lo primero es el asombro. Los apóstoles estaban asombrados y no se podían separar de Jesús por su amor, por sus palabras de vida eterna que eran reales y que les asombraban tanto, en un mundo difícil, como sus milagros. Dios es un milagro en sí. Por eso nosotros también lo somos.
Nos ha confiado la Iglesia, su amor, su gente, su rebaño. Aquel que ha dado la vida por las ovejas nos ha confiado esas ovejas por las que ha dado la vida. Una madre confía sus hijos con muchas reservas. Debe ser muy grande ese Dios que asombraba a los Apóstoles, que no se atrevían a decir lo que gritaba su propio corazón: que habían sido amados con un amor tan enorme que sólo podía ser el amor de Dios.
Confió a nuestra pobre inteligencia su propia Palabra. Su Palabra se identifica con su amor. Su amor es su Hijo. Nosotros lo hemos matado, o abandonado, o traicionado, o no nos hemos atrevido a confiar siempre, o hemos sido unos descreídos de su Espíritu, porque no nos atrevíamos a creer en tanta belleza, pero así ha sido. De nuestras traiciones ha sacado su perdón, de nuestras muertes su resurrección, de nuestras huidas ha sacado la palabra que usó con los de Emaús, de nuestras tristezas ha sacado tal alegría que las ha cambiado, de nuestras dudas, como en el caso de Tomás, ha sacado su evidencia, y de nuestra historia triste piensa sacar el cielo. Es Dios. Pero es Dios que nos ha confiado su Palabra. Porque ahora nos ha dado la Palabra. La Palabra es algo que llevamos en los labios y que consiste en contar esa maravillosa historia.
Somos un milagro. Porque era imposible sacar algo positivo de nosotros. Cuando miramos a nuestros hermanos y nos desanimamos deberíamos recordar esa historia maravillosa de cómo hemos sido transformados, de cómo nos han confiado, no sólo la vida, sino la vida ajena, la vida del Hijo, la vida de la gente, la vida de los hermanos pequeños de Dios, la vida de sus ovejas por la que envió al Hijo amado, la vida de los que han de venir al mundo. Todo es un milagro. Pero nosotros más. Todos los fieles nos miran y bendicen a Dios. Dios hace un milagro en su alma cuando les da la fe. Pero ellos tienen un milagro más para admirar. Su sacerdote. Su Padre.
Es fácil desanimarse.
Los sacerdotes a veces dicen que no son comprendidos, que su vida no vale la pena. Tienen envidia de los demás. “En viento y en nada he gastado mis fuerzas”. “Quítame la vida porque no soy mejor que mis padres”. “Soy un muchacho”.
Y a Dios, que sabe tanto y que es tan incomprendido, que nos ha dado la vida entera para que le entendamos, le entristecemos. Los encargados de dar vida y esperanza no tienen vida ni esperanza. Y, sin embargo, Dios no se equivoca. Confió en nosotros y nos lleva de la mano. Es un mudo que al final habla claro a unos sordos que al final escuchan.
Porque Dios ha querido decirnos muchas cosas. Es un pobre Padre que parece mudo. Los mudos intentan hablar y no pueden. Intentan hacer salir su mundo de su interior y encuentran sólo sordos en el exterior. Pero ese divino Mudo o mejor, ese que habla tanto y tan bien a sordos y a sonsos que no le entienden, cada vez que encuentra a alguien que escucha, aunque sea un instante, a su Espíritu, es inmensamente feliz. Me recuerda el Padre del Hijo Pródigo. El Padre parecía mudo. No podía expresar su amor hasta que su hijo volvió convencido de que nada valía. Al ver cómo era amado se quedó anonadado. Por fin pudo comprender a su Padre. Por fin su Padre le pudo decir cómo le había dolido su ausencia y cómo le había extrañado. Por fin le pudo dar un amor sin reservas, sin condiciones, absolutamente gratuito. El hijo tuvo que entender. Así que el Padre bendijo esa pobreza en la que sólo se le entiende. El hijo rompió la sordera antigua de la costumbre y la ceguera antigua de los propios méritos. Ahora no tenía nada de eso y sin embargo era amado.
Así que tenemos tiempo porque tenemos vida. Después la cosa es muy sencilla. Se trata de dar a otros lo que hemos recibido. Se trata de decir nuestra propia historia. Se trata de buscar a los demás hermanos para contarles que las puertas están abiertas.
Cuando Pedro, el que había dicho que nunca abandonaría a Jesús, fue llamado por Éste para preguntarle si le amaba más que los demás, Pedro se avergonzó. Pero Jesús sí le amaba. Pedro sabía ahora que su amor era pequeño, pero pudo decir también que Jesús le había dado las ovejas para poder decirles que Jesús perdona y quiere y que esta historia acabará bien. Porque si Dios es un Padre también es un cazador. Los cazadores son astutos, y Dios es más astuto que todos los hombres juntos. Al final les habla y sus palabras son tan fuertes que no pueden dejar de ser oídas. Todos llegan a Él como a un cazador le llegan, y nadie sabe cómo, las presas, atraídas por una magia incomprensible. Es maravilloso. Por eso nosotros somos útiles, porque el plan total lo lleva Él.
Comunicar esa confianza es precisamente lo que podemos dar a nuestros hermanos.
Es lo que hizo Jesús.
Solemos explicar a veces que es la Cabeza. Y nosotros nos imaginamos una Cabeza a la que se sirve pero que no se digna mirar los pies. Sin embargo, la Cabeza se preocupa infinitamente de un solo pie que duele. Esa Cabeza sufre. No el pie. Sino la Cabeza. Los que nos identificamos con Jesús tenemos una tarea. Hablar de lo que nos ha amado esa Cabeza que busca por todos los medios a la oveja perdida, es decir, a nosotros.
Es extraño ese Dios. No debería dejarnos tan sueltos. Pero ¿cómo podríamos aprender a ver su poder y a convencernos de su amor si no dejara que pasáramos las peripecias de la vida? No es una madre que amarre a sus hijos. Es una madre que deja que jueguen, e incluso que se golpeen, no porque no los ame, sino porque sabe que es necesario, para que puedan aprender y fortalecerse.
El que nos ha confiado todo y a sí mismo para que pueda ser salvación para otros es el que ahora nos quiere enviar a todo el mundo para darles esa noticia de su amor y de su inmensa astucia.
Bendito sea.
Benditos seáis vosotros que le amáis y le seguís.
Benditos vuestros fieles que saben descubrir el milagro y el regalo que vosotros sois.
Bendita la obra que estáis haciendo.
Bendito el Señor que tan maravillosas obras realiza.
Bendita la confianza que ha depositado en vosotros.
Bendita la historia de amor que habéis vivido y de la que sois testigos.
Bendito Él.

Comments
2 Responses to “A los sacerdotes”
  1. Ana María Gómez de Ruiz dice:

    Todavía soy nueva al leer estos comentarios,al desear obtener información sobre las semblanzas de los sacerdotes de la Diócesis de Carabayllo, he comenzado a ingresar a este espacio de información que me permite conocer un poquito más del caminar de un sacerdote. Bendito sea Dios que este año haya sido declarado el Año Sacerdotal y poder leer, investigar, conocer que significa el sacerdocio. Le cuento que me hubiera gustado ser religiosa pero no fue posible, hoy estoy casada, inculqué a mi hijo desde pequeño a ser un hombre de bien, a caminar siempre en la gracia de Dios a través de sus sacramentos, a orar, a compartir la Palabra en casa, a ir a misa en familia, pero ¿sabe? no le hablé mucho sobre la vocación sacerdotal. Tengo solo un hijo, mi hija mayor la perdí en el embarazo, este hijo que Dios me regaló vino como un milagro ante mis ruegos de querer ser madre. Hoy, Diego Alonso tiene 18 años y conversando con él le digo, ojalá que un día le des a Dios un hijo tuyo para ser sacerdote o religiosa, o tal vez tú, porque tu profesión no detiene el llamado de Dios a tu corazón. El no dice nada, solo se sonríe, se que será mi tarea de abuela el evangelizar algún día a mis nietos, si es que Dios lo permite, es por ello que al leer este comentario suyo, me puse a pensar en la palabra: libertad. La libertad de los consagrados a Dios es maravillosa, les dá todo para entregarse a servirlo plenamente, no hay nada que los pueda detener, es una libertad en donde se desgasta la vida para morir en Él, es una libertad que no la tenemos todos de manera tan plena como la tienen uds., es admirable como un joven deja todo, renuncia a todo para seguir al Señor y ver como Dios va haciendo con uds. una vasija nueva, donde Él quiere llenarse para poder llenar a otros en su Nombre. Y lo digo porque yo sirvo en mi comunidad parroquial pero siempre tengo que pensar en organizar mi vida matrimonial sin que se cruce con mi agenda parroquial,tengo que vivir mi vocación matrimonial sin que se vea afectada por las actividades parroquiales, pero me gustaría hacerle una pregunta ¿una mujer casada, puede consagrarse en un servicio definido en alguna congregación sin estar en compañía de su esposo o tiene que ser en pareja?¿Puedo prepararme por ejemplo para saber como servir mejor a los enfermos cómo ministro extraordinario de la Sagrada Comunión? Eso es lo que soy actualmente junto con mi esposo Francisco Roberto. Pero yo quiero de manera personal, algo distinto, desde hace tiempo esta pregunta me ronda por la cabeza, ojalá si tiene ud. la oportunidad de leer mi comentario obtenga un consejo suyo. Que la Santísima Trinidad lo bendiga cada segundo de su vida, para que en compañía de la Virgen María siga ud. siempre animado y renovado por la gracia de Dios para seguir vuestro servicio a la Iglesia usando vuestra libertad consagrada a Dios en toda su plenitud y para llevar a los hijos de Dios al Reino de los Cielos. Bendiciones Padre César. Atentamente:

    Ana María Gómez de Ruiz

  2. cesarbuendia dice:

    Estimada Ana Mara.

    S puedes participar, pero no s dnde vives, porque eso es importante para indicarte algo. Si lo dices quiz se pueda hacer algo de lo que pides, aunque siempre debes pedir permiso a tu esposo

    Un saludo.

    Csar

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