El papa habló en Sydney sobre el sacerdocio

Sydney

Nos disponemos a celebrar la dedicación del nuevo altar de esta venerable catedral. Como nos recuerda de forma elocuente el frontal esculpido, todo altar es símbolo de Jesucristo, presente en su Iglesia como sacerdote, víctima y altar (cf. Prefacio pascual V). Crucificado, sepultado y resucitado de entre los muertos, devuelto a la vida en el Espíritu y sentado a la derecha del Padre, Cristo ha sido constituido nuestro Sumo Sacerdote, que intercede por nosotros eternamente. En la liturgia de la Iglesia, y sobre todo en el sacrificio de la Misa ofrecido en los altares del mundo, Él nos invita, como miembros de su Cuerpo Místico, a compartir su auto-oblación. Él nos llama, como pueblo sacerdotal de la nueva y eterna Alianza, a ofrecer en unión con Él nuestros sacrificios cotidianos para la salvación del mundo.
En la liturgia de hoy, la Iglesia nos recuerda que, como este altar, también nosotros fuimos consagrados, puestos «aparte» para el servicio de Dios y la edificación de su Reino. Sin embargo, con mucha frecuencia nos encontramos inmersos en un mundo que quisiera dejar a Dios «aparte». En nombre de la libertad y la autonomía humana, se pasa en silencio sobre el nombre de Dios, la religión se reduce a devoción personal y se elude la fe en los ámbitos públicos. A veces, dicha mentalidad, tan diametralmente opuesta a la esencia del Evangelio, puede ofuscar incluso nuestra propia comprensión de la Iglesia y de su misión. También nosotros podemos caer en la tentación de reducir la vida de fe a una cuestión de mero sentimiento, debilitando así su poder de inspirar una visión coherente del mundo y un diálogo riguroso con otras muchas visiones que compiten en la conquista de las mentes y los corazones de nuestros contemporáneos.
Y, sin embargo, la historia, también la de nuestro tiempo, nos demuestra que la cuestión de Dios jamás puede ser silenciada y que la indiferencia respecto a la dimensión religiosa de la existencia humana acaba disminuyendo y traicionando al hombre mismo. ¿No es quizás éste el mensaje proclamado por la maravillosa arquitectura de esta catedral? ¿No es quizás éste el misterio de la fe que se anuncia desde este altar en cada celebración de la Eucaristía? La fe nos enseña que en Cristo Jesús, Verbo encarnado, logramos comprender la grandeza de nuestra propia humanidad, el misterio de nuestra vida en la tierra y el sublime destino que nos aguarda en el cielo (cf. Gaudium et spes, 24). La fe nos enseña también que somos criaturas de Dios, hechas a su imagen y semejanza, dotadas de una dignidad inviolable y llamadas a la vida eterna. Allí donde se empequeñece al hombre, el mundo que nos rodea queda mermado, pierde su significado último y falla su objetivo. Lo que brota de ahí es una cultura no de la vida, sino de la muerte. ¿Cómo se puede considerar a esto un «progreso»? Al contrario, es un paso atrás, una forma de retroceso, que en último término seca las fuentes mismas de la vida, tanto de las personas como de toda la sociedad.
Sabemos que al final –como vio claramente san Ignacio de Loyola– el único patrón verdadero con el cual se puede medir toda realidad humana es la Cruz y su mensaje de amor inmerecido que triunfa sobre el mal, el pecado y la muerte, que crea vida nueva y alegría perpetua. La Cruz revela que únicamente nos encontramos a nosotros mismos cuando entregamos nuestras vidas, acogemos el amor de Dios como don gratuito y actuamos para llevar a todo hombre y mujer a la belleza del amor y a la luz de la verdad que salvan al mundo.
En esta verdad –el misterio de la fe– es en la que hemos sido consagrados (cf. Jn 17,17-19), y en esta verdad es en la que estamos llamados a crecer, con la ayuda de la gracia de Dios, en fidelidad cotidiana a su palabra, en la comunión vivificante de la Iglesia. Y, sin embargo, qué difícil es este camino de consagración. Exige una continua «conversión», un morir sacrificial a sí mismos que es la condición para pertenecer plenamente a Dios, una transformación de la mente y del corazón que conduce a la verdadera libertad y a una nueva amplitud de miras. La liturgia de hoy nos ofrece un símbolo elocuente de aquella transformación espiritual progresiva a la que cada uno de nosotros está invitado. La aspersión del agua, la proclamación de la Palabra de Dios, la invocación de todos los Santos, la plegaria de consagración, la unción y la purificación del altar, su revestimiento de blanco y su ornato de luz, todos estos ritos nos invitan a revivir nuestra propia consagración bautismal. Nos invitan a rechazar el pecado y sus seducciones, y a beber cada vez más profundamente del manantial vivificante de la gracia de Dios.
En el Evangelio de hoy el Señor nos llama a «creer en la luz» (cf. Jn 12,36). Estas palabras tienen un significado especial para vosotros, queridos jóvenes seminaristas y religiosos. Son una invitación a confiar en la verdad de la Palabra de Dios y a esperar firmemente en sus promesas. Nos invitan a ver con los ojos de la fe la obra inefable de su gracia a nuestro alrededor, también en estos tiempos sombríos en los que todos nuestros esfuerzos parecen ser vanos. Dejad que este altar, con la imagen imponente de Cristo, Siervo sufriente, sea una inspiración constante para vosotros. Hay ciertamente momentos en que cualquier discípulo siente el calor y el peso de la jornada (cf. Mt 20,12), y la dificultad para dar un testimonio profético en un mundo que puede parecer sordo a las exigencias de la Palabra de Dios. No tengáis miedo. Creed en la luz. Tomad en serio la verdad que hemos escuchado hoy en la segunda lectura: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy y siempre» (Hb 13,8). La luz de la Pascua sigue derrotando las tinieblas.

Meditando sobre estas palabras, el Papa reflexiona en este momento sobre dos asuntos: qué es ser sacerdote y qué significa estar aparte.
El sacerdote ha sido puesto aparte para dar la vida. Aparte para sufrir solo. No aparte para vivir sin problemas. No aparte para huir del mundo. No aparte para no morir.
Se trata de un morir sacrificial al que nos invita con la conversión constante. En cierto sentido es vaciarnos para llenarnos de Cristo. La unión hipostática es el modelo del vaciamiento. Ciertamente en ella, Jesús no deja de ser Dios, sino que realiza lo que Dios es, amor, en perder la gloria que le correspondía para adquirir la naturaleza humana. ¿Porque una no se puede adquirir sin perder la otra? Al menos queda clara en la encarnación que para bajar a la situación actual del hombre era necesario perder la gloria correspondiente.
El vaciamiento ha servido para llenarse de los pecados de los hombres. El pecado no es algo hermoso, sino algo que repugna. Apartarnos no del mundo, sino del egoísmo. Somos puestos aparte para dejar sitio, en semejanza con Dios, a los hermanos.
Morir. Cargar con el pecado del mundo. Soportar el rechazo de aquellos que han sido buscados y amados.
En realidad, y, a primera vista, parece que nos alejamos del mundo para acercarnos a Dios. Y es cierto. Porque seducidos por este mundo no podemos hacer nada. Pero acercarnos a Dios significa compartir su compasión. Por eso Dios, que llena el agujero de la esperanza y de la felicidad, también nos hace compartir su llaga, su terrible llaga del corazón. El vacío que deja el amor y que sólo puede llenarse con la pasión por los hombres. Por eso el hueco del amor duele y se llena amando.
Sin embargo, la segunda reflexión es que el mundo huye de nosotros cuando nos convertimos en lo que somos. El mundo ha dejado aparte a la Iglesia y al sacerdote para vivir su vida, que no es más que muerte. Nosotros no podemos conformarnos con el lugar que nos han asignado. Nuestro sacerdocio nos invita a llevar a la historia a Cristo. A que sea conocido y amado, no recluido en un sentimentalismo que, al final, nada es, porque si el sentimiento fuera fuerte no podría ser retenido en un escondite. Sólo la verdad crea los sentimientos fuertes de alegría y el deseo razonable de compartirla con quien no la conoce. Y la verdad es el amor de Cristo, que ilumina al hombre.
El Papa se lamenta de los casos en que se han dado pederastias entre los sacerdotes australianos. Y mira hasta dónde es capaz el demonio de llegar. Oremos. Convirtámonos. Hagamos penitencia. Amemos a Dios. Dejemos los valores de este mundo. Huyamos de la tentación. Hemos sido llamados al verdadero amor, y éste es una lucha y procede de Cristo.

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