Benedicto XVI y los consejos evangélicos

INAUGURACIÓN DEL AÑO SACERDOTAL
EN EL 150° ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE SAN JUAN MARÍA VIANNEY
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Basílica de San Pedro
Viernes 19 de junio de 2009 (Fragmento)
Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: “Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita”[24]. Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del “diálogo de salvación” que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesonario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el “torrente de la divina misericordia” que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: “El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!”[25]. A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo “abominable” de su actitud: “Lloro porque vosotros no lloráis”[26], decía. “Si el Señor no fuese tan bueno… pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno”[27]. Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como “encarnado” en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: “Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios… ¡Qué maravilla!”[28]. Y les enseñaba a orar: “Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz”[29].
El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: “La mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el Santo– es que el alma se endurezca”; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas[30]. Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: “Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos”[31]. Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el “alto precio” de la redención.
En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”[32]. Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: “¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?”[33]. Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el “nuevo estilo de vida” que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo[34].
La identificación sin reservas con este “nuevo estilo de vida” caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: “Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana”[35]. El Cura de Ars supo vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la “Providence”[36], sus familias más necesitadas. Por eso “era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo”.[37] Y explicaba: “Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada”[38]. Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: “Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros”[39]. Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: “No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera”[40]. También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que “la castidad brillaba en su mirada”, y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado[41]. También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse “a llorar su pobre vida, en soledad”[42]. Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: “No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido”[43]. Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: “Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios”[44].
En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. “El Espíritu es multiforme en sus dones… Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas… Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo”[45]. A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: “Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño”.[46] Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas “puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo”.[47] Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical “forma comunitaria” y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo[48]. Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva[49]. Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.
El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente “entregado” a su ministerio. “Nos apremia el amor de Cristo –escribía-, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron” (2 Co 5, 14). Y añadía: “Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?
Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: “Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854”[50]. El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que “Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre”[51].
Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.
8 Septiembre del 2007 Viena.

Vísperas marianas
El Papa a sacerdotes y religiosos: Vivan los consejos evangélicos para el amor auténtico
Seguir a Cristo significa asumir el modo de pensar de Cristo, el estilo de vida de Jesús (Fil 2,5). “Mirar a Cristo” es el lema de este día. Mirándolo a Él, el gran maestro de la Vida, la iglesia ha descubierto tres características del modo de ser de Cristo. Estas características -que llamamos consejos evangélicos- se han tornado los elementos distintivos de una vida de seguimiento radical de Jesucristo: pobreza, castidad y obediencia. Meditemos un poco sobre estas características.
Jesucristo, que era rico con todo el reino de Dios, por nosotros se hizo pobre (2 Cor 8,9). Se despojó de sí mismo, se abajó y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2,6ss). Él, el pobre, ha llamado bienaventurados a los pobres. Lucas nos muestra, que este llamado se refiere a los pobres en el Israel de su tiempo, donde existía una gran división entre ricos y pobres. Mateo aclara en su versión de las Bienaventuranzas, que la simple pobreza material no asegura la cercanía de Dios, aún cuando Dios esté especialmente cercano a estos pobres. Así queda claro: el cristiano debe ver en ellos a Cristo, que en ellos lo espera, y espera su compromiso. Quien desee seguir radicalmente a Cristo, debe decidirse a renunciar a los bienes materiales. Pero debe vivir esta pobreza desde Cristo, para estar interiormente libre para Dios y para el prójimo. Para todo cristiano, pero especialmente para los sacerdotes y religiosos, tanto individual como comunitariamente, el asunto de la pobreza y de los pobres debe ser objeto de un examen de consciencia constante y serio.
Para entender rectamente lo que significa la castidad, debemos partir de su contenido positivo. Y nuevamente nos encontramos en contemplación hacia Jesucristo. Jesús vivió en una doble dirección: hacia el Padre y hacia el prójimo. En las Escrituras descubrimos a un Jesús orante, que pasó noches enteras en diálogo con el Padre. En la oración hizo de su ser hombre y de nuestro ser hombres parte de su relación filial con el Padre. Este diálogo con el Padre se vuelve así una continuamente renovada misión hacia el mundo, y hacia nosotros. La misión de Jesús lo condujo a un compromiso puro y sin reservas hacia los hombres y mujeres. La Sagrada Escritura nos muestra que en ningún momento de su vida traicionó siquiera con el más mínimo rasgo de interés propio o egoísmo su relación con los demás. Jesús amó a los demás con el amor con que amó a su Padre. La interiorización de estos sentimientos de Jesús inspiró en Pablo una teología y un modo de vida en consonancia con las palabras de Jesús respecto al celibato por el Reino de Dios (Mt 19,12). Los sacerdotes y religiosos no viven exentos de relaciones humanas y no exaltan a través de su voto de castidad celibataria el individualismo o el aislamiento, sino que prometen solemnemente colocar al servicio de Dios completamente y sin reservas, las profundas relaciones de las que son capaces y que aceptan como un don. Así se tornan a sí mismos hombres y mujeres de esperanza: colocando todo en Dios, abren un espacio a su presencia –la presencia del Reino de Dios – en nuestro mundo. Vosotros, queridos sacerdotes y religiosos, prestáis una inmensa contribución. En medio de toda codicia, de todo egoísmo, del consumismo, en medio del culto a la indivualidad, esforcémonos por vivir un amor noble hacia todos los hombres. Vivimos una esperanza cuya satisfacción dejamos en manos de Dios. ¿Qué hubiera sido de no haber existido estas notables personas en la historia del cristianismo? ¿Qué hubiera sido de nuestro mundo si no existiesen los sacerdotes, religiosos y religiosas y congregaciones de vida consagrada, cuyas vidas dan testimonio de la esperanza de un cumplimiento mas allá de todo deseo humano y de una experiencia del amor de Dios que trasciende todo amor humano? También hoy el mundo necesita de nuestro testimonio.
Llegamos a la obediencia. Jesús vivió toda su vida, desde los años ocultos en Nazaret hasta el momento de la muerte en la Cruz, en escucha del Padre, en obediencia al Padre. Lo vemos de modo ejemplar en la noche en Getsemaní. “No se haga mi voluntad sino la tuya”. Jesús recoge en esta oración filial toda la terca resistencia de nuestra voluntad propia, asume nuestra rebelión en su obediencia. Jesús era un hombre de oración. Para ello era también al mismo tiempo oyente y obediente: “Obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”(Fil 2,8). Los cristianos han experimentado siempre, que no pierden nada al abandonarse a la voluntad del Señor, por el contrario, encuentran su más profunda identidad y libertad. En Jesús han descubierto, que aquellos que se pierden a sí mismos se encuentran a sí mismos: que se hace libre quien a Dios se une en una obediencia que se basa en Él y que lo busca a Él. Escuchar a Dios y obedecerlo no tiene nada que ver con el alienarse y la pérdida de sí mismo. Al ingresar en la voluntad de Dios llegamos a nuestra verdadera identidad. El testimonio de esta experiencia es el que necesita nuestro mundo actual en medio a sus exigencias de “autorrelización”y “autodeterminación”.
Romano Guardini relata en su autobiografía, que en un momento crítico de su camino, en el que cuestionaba la fe de su infancia, la decisión fundamental de toda su vida –la conversión- le fue dada en el encuentro con la palabra de Jesús, de que solo se encuentra quien se pierde a sí mismo (Mc 8,34ss; Jn 12,25); que no hay un encuentro consigo mismo, no hay autorrealización, sin la entrega de sí mismo, sin el perderse a sí mismo. Pero ¿por qué debe uno perderse a sí mismo? ¿A quien entregarse? Le quedó claro, que solo podíamos entregarnos a nosotros mismos cuando en ese intento nos poníamos en manos de Dios: sólo en Él podríamos finalmente perdernos, y solo en Él podíamos encontrarnos. Pero luego surgía la pregunta: ¿Quién es Dios? ¿Dónde está Dios? Ahí percibió él, que el Dios en el que debíamos perdernos a nosotros mismos, sólo podía ser aquel Dios que se hacía concreto y cercano en Jesucristo. Mas luego surgía la pregunta: ¿dónde encuentro a Jesucristo? ¿Cómo puedo darme entregarme verdaderamente a Él? la respuesta encontrada por Guardini en su búsqueda decía: Jesucristo esta concretamente presente solamente en su cuerpo, la Iglesia. Por eso la obediencia hacia Dios, la obediencia a Jesucristo debe ser, real y prácticamente, una obediencia humilde a la Iglesia. También en esto deberíamos revisar siempre de manera renovada nuestra conciencia. Es lo que encontramos de manera resumida en la oración de San Ignacio de Loyola, que siempre me sobrecoge tanto que casi no me atrevo a rezarla, y que deberíamos repetir constantemente: “Toma, Señor, y recibe, toda mi libertad, mi memoria y mi entendimiento y toda mi voluntad, todo lo que tengo y poseo Tú me lo diste; a Ti Señor, te lo devuelvo, Haz de ello lo que Tú quieras. Todo es tuyo. Dame tu amor y gracia que eso me basta (Eb 234)”.

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