la caricatura y la semejanza

La caricatura y la semejanza

El tema de vivir una vida sin Dios es un tema hermoso pero difícil.
Ya es hora de que recurramos a la Biblia.
En 2Cor 4,4 y Heb 1,3 nos indica que Jesús es imagen de Dios.
En Gen 5,1 nos dice que Adán fue hecho a imagen de Dios. La diferencia es patente y no hace falta ser un lince para observar que en Jesús hay una identificación mientras que en Adán hay sólo una semejanza. Jesús es el modelo de Adán. Pero también hay, especialmente en Gen 5,1, la sensación de que pone a Adán en una relación de filiación respecto de Dios, y que ese “ser a imagen de Dios” significa la relación existente entre un padre y un hijo.
Perder esa relación quiere decir convertir la semejanza en caricatura.
El hombre sin Dios es el hombre en pecado. Se trata del hombre viejo. Creado a imagen de Dios, es decir, según la imagen que es Cristo, formado de cuerpo y de espíritu para poder ser el vínculo de lo visible y lo invisible, creado en libertad y para el bien, creado bueno, peca.
El pecado destruye la imagen y destruye la vocación fundamental, de modo que el hombre que ha pecado se ha convertido en un monstruo. Su naturaleza va en contra de su historia. Según su naturaleza se refiere a Dios. Según su ser depende de Él. Según la misma originalidad, los mismos cromosomas iniciales, depende de Dios. Pero se ha decidido a rebelarse contra Él pensando que será así grande. Y da lástima.
Ese hombre, Adán, que lleva en sí a toda su descendencia, y por tanto es responsable de la misma, peca.
No es un Dios venido a menos ni una parcela de espíritu bañada de barro vil. Es un ser maravilloso, amigo, imagen y representante de Dios, que vive en diálogo con Él, el que peca.
La obediencia a la voluntad de Dios, que es precisamente la expresión más clara de su propia dignidad, se presenta para Adán, el tentado, como una limitación inaceptable.
Por esa limitación Dios marca el destino de Adán mientras que Adán quiere marcar su propio destino, Adán quiere ser medida de sí mismo.
La ley, inscrita en su corazón, de amar a Dios y de verle en todas las cosas (Rom 2,14s), resulta por un lado imposible de quitar, y, por otro, para el que peca aparece como una auténtica condena, como si le privara de su propia felicidad, ser Dios.
Pero el hombre sabe que no es Dios, ni lo será nunca. Por pura misericordia se le da un tiempo de reflexión, la vida terrena. No es destruido, porque Dios no odia, pero muere poco a poco de hambre, porque no puede llegar al árbol de la vida, es decir, a Dios, ya que él mismo, con su orgullo, se niega a recorrer el camino de vuelta, y con su necedad, lo olvida.
El sentido de la realidad, que impide al hombre creerse Dios, y le invita a depender de Él, verdaderamente ineludible, se convierte, en el hombre en pecado, en algo que la libertad cree pasar por alto. Pero la locura no tiene recompensa. El loco se estrella contra los molinos de viento porque aquello que se cree no es y aquello que odia, Dios, le ama. Desde ese momento el hombre se destruye a sí mismo y pierde su norte.
El ser humano, social por naturaleza, recibió un mandamiento acorde a su naturaleza, amar a su esposa, amar a su semejante. Como el mal es tan opuesto a la verdad como a la naturaleza, va a vivir a partir de ahora la contradicción con la propia naturaleza. Va a odiar lo que debe amar y amará lo que sería lógico detestar. Odiará lo que ama. Su esposa. Renegará del trabajo, de la tierra, de su esposa, de su propio ser, del futuro, de todo. Odiará a Dios que le dio la esposa.
Hasta ahora iban desnudos, ahora han de ocultar su pecado, la mentira ocupa el lugar de la verdad porque la verdad es vergonzosa. Se cubren de tierra pero no pueden escapar a la pregunta divina: Adán ¿dónde estás? Nadie puede mostrar la verdad y nadie se puede arriesgar a verla con sus ojos porque como Medusa, congela de horror, a no ser que medie la misericordia y cambie el corazón del pecador.
Entre hombre y mujer se abre un abismo profundo (Gen 3,12), el mismo que impide al hombre encontrarse con Dios. Porque la mujer y Dios son una sola cosa: “La mujer que me diste”. Porque la relación se ha roto y el hombre se ha vuelto un solitario. Como la mujer era un don de Dios, ahora todo lo que procede de Dios se vuelve enemigo.
Se ha perdido la comunión con Dios, con la naturaleza y con el todo. No existe día ni noche, porque ya no hay descanso en el trabajo; de noche el hombre reniega del día y no descansa su tristeza; no existe sábado, porque el sábado era el mismo Dios que jugaba con su criatura, y convertía en maravilla cuanto tocaba.
No existe arriba ni abajo, porque el hombre, al volverse loco, es decir, al perder el sentido de la realidad y con él la misma realidad, ha perdido el punto de referencia, y lo único que se le ocurre es correr como Caín (Gen 4), huyendo de su propia sombra. Buscando la felicidad, la puerta cerrada del paraíso, donde ésta no se ve, donde no está, donde es imposible que esté: en las miserias de las esclavitudes y de los vicios. Se ven enemigos porque los llevamos dentro. Desconfiamos de todos, como en Babel (Gen 11,1-9).
La muerte, la destrucción del hombre, avanza imperturbable, porque el pecado tiene como paga la muerte (Gen 3,19).
La bendición de Dios era la fecundidad. Dios había soplado sobre Adán para darle la vida y lo había convertido en hijo suyo. El amor cuya relación con la alegría y la fecundidad, con la felicidad y con la vida es tan evidente, ha sido sustituido por la desconfianza. Todo se vuelve ajeno. Incluso los hijos y los hermanos. Todo es envidia, porque la bendición de Dios, perdida, genera la envidia de Caín, que odia al que encuentra la puerta del paraíso (Is 11,6-9 anuncia ese estado paradisíaco para el fin de la carrera, para el futuro).
El hombre trabajaba. El trabajo era una gratitud. Ahora es una maldición. Ahora es un signo de que no somos Dios. La obra del hombre ya no es la obra de Dios.
Cristo ha venido a realizar las obras de Dios (Jn 5,17) y a mostrar la inocencia, es decir, la obediencia. En Él se ha encontrado el camino del árbol de la vida (Prov 3, 18; 11,30), la sabiduría divina, pues brilla en el rostro de Cristo. Pero el hombre siente como ante Abel, la diferencia entre su vida y la libertad de Cristo.
Soy un ser que está vendido al poder del pecado, hago lo que aborrezco, dirá San Pablo (Rom 7) ya convertido, porque su pensamiento está ya en camino a la verdad (Ef 4, 18).
Esta es la situación de la que Dios saca. Pero ¿cómo conseguirlo sin destruir a Adán?
Cristo es cabeza del cuerpo, de la Iglesia, el último Adán (1Cor 1,45). Nosotros podemos volver a nacer, revestirnos de este nuevo Adán por la voluntad y la gracia (15,49). Se nos ha dado un nuevo nacimiento.
Un hijo de Adán será un hijo de Dios. Amará a Adán y amará a Dios. Volverá a reconstruir la comunicación perdida. Abrirá la puerta con la cruz como llave. Descubrirá a los hombres la llave perdida, el amor en cruz. Y volverá el ser humano a bendecir.
Eso no se dará sin lucha, sin aplastar todos y cada uno, en María y en su Hijo, la cabeza de la serpiente (Gen 3,15).
La misma fidelidad de Cristo será hasta la muerte, abriendo su oído a la voluntad de su padre (Is 50,4-7).
Carga, extrañamente, con sufrimientos ajenos, así restaura la comunicación rota, así se vuelve hermano. Hasta ahora habíamos sabido de la responsabilidad personal (Ez 18), ahora comenzamos a saber algo distinto, se trata de la justificación del pecador porque otro carga con sus culpas. Era el estado anterior al Paraíso que ha irrumpido. Ha reconciliado todos los seres (Col 1,18) y ha hecho ya imposible el castigo a quien cree.
Si existe, y existe, la lucha, es porque estamos ya vivos, porque antes obedecíamos simplemente a la maldición.
Los hombres viven ahora el antibabel, es decir, Pentecostés; la maldición del desamor ha sido revertido.
Queda la muerte.
Esa muerte de la que huimos para encontrarla ahora es una puerta a la resurrección. Cristo es la puerta, en el amor, de la misma Vida. Por eso el bautismo nos abre al amor y a la gratitud (Rom 6,5) porque nos incorpora a Cristo. Volvemos a reflejar con la cara descubierta la gloria de Dios y somos trasformados en esta misma imagen cada vez más gloriosa como conviene a la acción de Dios que es Espíritu (2Cor 3,18)

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