Por qué la Iglesia

Aunque intentar entrar en el campo cerrado de Comunión y Liberación pueda parecer una profanación en quien no pertenece al movimiento, Giusanni es una figura universal, y, por tanto, me es lícito.
En su libro sobre la Iglesia (Por qué la Iglesia), comienza diciendo que es evidente que la Iglesia es una sociedad, y una sociedad sólo desde dentro puede ser comprendida plenamente, por ser vida, y ésta necesitar ser vivida. Esto de la convivencia resulta una constante en sus libros y, permítaseme, debe ser comprendido en el contexto en que otras veces habla de convivencia. En “Los orígenes de la pretensión” Giussani, a mi entender, pone de manifiesto que nadie puede ser mejor testigo de Jesús que quien ha convivido con Él. Cierto, y eso rompe de cuajo la objeción de que los amigos son malos testigos. Si a esto se añade que murieron por esa verdad resulta incontestable su testimonio acerca de la absoluta excepcionalidad de Jesús y de su procedencia divina.
En el caso de la Iglesia, el objetivo a demostrar es la divinidad de la misma, es decir, la presencia de Cristo en ella, la asistencia del Espíritu y la exigencia interna de una cierta estructura que se ha visto corroborada por la voluntad expresa del Señor.
Pero renuncia, aunque no plenamente, al camino de la historia. Es un camino complicado donde nunca hay certeza suficiente y donde se está expuesto siempre a contradictores. Prefiere el de la comprobación directa que se logra por vivir en ella.
La alusión a Lindworsky no es casual. La crítica a la Iglesia, como la crítica a la historicidad de los evangelios, ha sido no sólo agresiva, sino voluntaria y cruelmente destructiva. El psicólogo Lindworsky indica que sólo se aprende sobre la base de alguna experiencia previa asimilada relacionada con la nueva experiencia a asumir. La crítica a la Iglesia hecha desde perspectivas ajenas a ella puede pecar de errada de raíz. La Iglesia, realidad religiosa, vida religiosa, sólo desde el sentido religioso cultivado puede ser apreciada, es la experiencia previa de búsqueda desde la cual puede valorarse la verdad de lo encontrado.
Cuando Giussani estudiaba cómo distinguir la verdadera religión entre las otras, hablaba de cierta connaturalidad, cierto olfato que había que cultivar, el sentido religioso, por el que se podía distinguir. El ejemplo que aportaba era el de Newman, el cual afirmó que todo lo que había buscado durante tantos años lo había encontrado en la Iglesia Católica.
Ciertamente que el autor no consideró determinante este argumento y llegó a la Revelación positiva como la suprema regla de discernimiento, que, en el caso de Jesús, se da de modo progresivo, a través de signos, palabras y desafíos a los discípulos y a los demás, a los que obliga a decidirse.
Sin embargo, al final del libro dice que cuando uno se cierra a buscar la verdad no es capaz de dar el salto de la fe. Es lo que ocurre con los que denuncian la resurrección de Lázaro, con los Sumos Sacerdotes o con los que investigan el caso del ciego de nacimiento.
En este libro va a decir algo semejante: el que busca a Dios encuentra a la Iglesia. Por otro lado, consuela pensar que no hay nadie inteligente que no busque algo que se pueda calificar de último que sirva de criterio a todas sus actuaciones, un “dios”.
Siendo la Iglesia una realidad religiosa debe poner en contacto con Dios que se ha dado en Jesucristo. Se trata de una experiencia no forzada (Lindworsky) sino espontánea. En la Iglesia se debe encontrar a Dios en Jesucristo. Pero para poder hacerlo hay que educar el sentido religioso que no es otro que la búsqueda sincera de la verdad y el cultivo de la ética como verdad en el plano de la conducta.
Se trata de alcanzar la certeza sobre Cristo, y el contacto con Él, a través de la Iglesia.
La Iglesia propone que ella da esa certeza y ese contacto si se cumplen las condiciones de sinceridad y de búsqueda y reconocimiento del bien y la verdad de que hemos hablado.

A partir de aquí se comienza con dos “premisas”, así llamadas. La primera estudia las condiciones de alcanzar hoy certeza sobre el hecho de la divinidad de Cristo, la segunda va a indicar cierta dificultad actual para comprender las palabras cristianas.
Después nos va a manifestar los factores constitutivos del fenómeno cristiano en la historia.

Respecto de la primera premisa, a primera vista no parece que sea lo mismo la certeza que el contacto. La certeza de la divinidad de Cristo quedó ya demostrada en el libro anterior, ahora se nos presenta la Iglesia como el lugar donde esa certeza es posible, pero el contacto con Cristo también se da en la Iglesia, y ese contacto viene a ser el argumento mayor de la certeza de su divinidad. Pero el autor nos dice que si no nos ponemos en las condiciones adecuadas no va a ser posible estar en la perspectiva desde la cual se pueda llegar a la conclusión correcta. Esa perspectiva es una actitud.
El autor distingue tres actitudes culturales distintas que no son iguales sino alternativas. La primera es el racionalismo, la segunda el subjetivismo sentimentalista y la tercera es la adecuada, que es la ortodoxo-católica.
No es siempre el racionalismo el que estudia objetivamente los hechos del pasado. Cuando un historiador investiga la vida de Nopoleón proyecta, a partir de los datos, hipótesis de trabajo, examina si los datos que emergen o que existen justifican su hipótesis, se detiene a valorar adecuadamente la certeza de esos planteamientos, examina el desarrollo del hecho en la historia y finalmente formula un juicio.
Cuando este inobjetable planteamiento se aplica al hecho de Cristo nos encontramos de golpe que aparecen cientos de interpretaciones distintas con los mismos datos. Albert Schweitzer, médico nobel alemán, dedicado también al estudio de Jesús, en su Historia de la investigación sobre la vida de Jesús, llega a la conclusión de que Jesús, tras toda la investigación, permanecía desconocido según la opinión de la mayoría, aunque algunos venían a pensar que Jesús había sido un iluso que creía en la cercana parusía que no se dio.
La conclusión que aparece tras ese esfuerzo es que no llega a ninguna parte. Esa actitud la llamaremos racionalista. Pero el racionalismo tiene un prejuicio: la razón es la medida de todo. Aquello que yo no puedo comprobar no tiene por qué existir. Es como si la consistencia o la existencia de las cosas se la diera la propia razón.
Pero eso no es realista.
Lo que existe, existe, aunque yo no lo entienda. Lo que tengo que hacer ante lo existente es adaptarme a ello y seguir el método más adecuado para comprenderlo. El objeto impone el método.
Es posible que haya algo que yo no sabía. No tengo por qué comprenderlo todo. Lo nuevo, Dios, el milagro, si existe, no debo negarlo a priori. No puedo negar, en virtud de lo conocido, la categoría de la posibilidad a lo desconocido. Lo conocido no es la regla de lo desconocido. He de ampliar la razón y reconocer que posee límites. Ampliarla hasta que la fe también pueda entrar en ella. Porque hay cosas cuya certeza sólo la puedo conocer por testigos y aceptar que ellos, que estuvieron en contacto con esa realidad son el camino del conocimiento de ella y la comprendieron bien.
El racionalismo reduce el mensaje cristiano, al menos suprime los milagros, antes de haberlo tomado en consideración. Ese mensaje es que Dios está entre nosotros. No sólo que estuvo, sino que está. Buscar entre los muertos al que vive es equivocarse. Y vive entre los cristianos.
El anuncio cristiano trata de la presencia, el racionalismo piensa que ahora no está, trata de la ausencia, y quiere comprenderlo a fuerza de saltar el espacio de dos mil años que nos separa del hecho histórico de la presencia del hombre Jesús, antes de su resurrección, entre los hombres.
Reduce el misterio.
El racionalismo suele poner como modelo de conocimiento el que se obtiene con las ciencias de la naturaleza y pretende que no existe otro. Ese conocimiento es repetible, experimentable y previsible.
Como la cuestión de Jesucristo es reducida a una cuestión histórica el racionalismo va a tener varios problemas: uno la ausencia de absoluta seguridad a partir de fuentes radicalmente insuficientes, la imposibilidad de prever un milagro y ciertos prejuicios por parte de los investigadores que siempre quieren comprobar las posiciones previamente adoptadas y no otras.
Si la novedad del acontecimiento cristiano es la cercanía de Dios y el racionalismo elimina esa novedad es claro que no es el camino para encontrarle.
¿Es que Jesús no es un hecho histórico? Sí, pero no reduzcamos la palabra “histórico” a aquello que podemos hacer, repetir o aceptar nosotros. Job 38,4-34. 39,1-27 debería de estar en la cabecera todo racionalista.
Evidentemente tendremos que buscar otro camino.
El protestantismo, profundamente religioso, postula que no es necesario el camino de la razón o de la experiencia externa, sino que el camino del encuentro con Dios es la experiencia interior del ser humano: sentirlo.
No niega a Dios, porque para Él, como el ángel dice a María, todo es posible. Dios es más grande que el hombre, y por definición no puede entrar fácilmente las posibilidades y designios de Dios en la mente humana. En consecuencia si el Espíritu nos hace sentir la presencia de Dios estaremos seguros de ella. Se trata, pues, de una experiencia interior, espiritual. Tal contacto con Dios se hace quizá a través de la Biblia que es un libro que Dios quiso darnos para tener contacto con Él o a través de la predicación… es el contacto por tangencia. Dios toca tangencialmente y penetra en el hombre sin que éste pueda exigir ni demostrar. Los protestantes afirman que ésta fue la experiencia profética. Los profetas se sentían iluminados y eran capaces de interpretar la historia.
Esta actitud aporta confianza. Lo que uno siente le da a uno seguridad y confianza. Pero el defecto es que cada uno es juez y profeta para sí mismo y quizá sólo para él.
¿Cómo poder distinguir la propia locura de la realidad, es decir, una idealización de los propios pensamientos de la verdadera influencia del Espíritu si todo lo que se dice sólo lo siento yo? Los profetas anunciaban y el verdadero profeta se podía comprobar por el cumplimiento de sus profecías. El pueblo, si era el verdadero profeta, teniendo el mismo Espíritu, sabía reconocerlo.
Es claro que salen tantos inspirados cuantas cabezas porque la relación con el Espíritu es de cada uno. Y el Espíritu no se contradice a sí mismo. No pueden salir sectas distintas de un solo Espíritu.
Sin embargo, el racionalismo se ha extendido en el mundo protestante.
¿Por qué?
Porque el subjetivismo de las interpretaciones múltiples sobre Jesús es común al protestantismo y al racionalismo. Esa multiplicidad es la demostración principal de la insuficiencia de estos métodos.
Pero hay algo más: Cristo fue visto, ahora ¿por qué no es visto? El método de la convivencia parece, en el protestantismo, haberse perdido. Y no es lógico.

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