por qué la Iglesia 2 parte

Porque Jesús no quiso que le buscáramos en el vacío, sino en la calle, como encontramos un amigo o resolvemos un problema familiar. Dios estuvo en las calles de Nazaret y los apóstoles lo encontraron junto al lago de sus horas.
Era de carne. Cuando los envió a ellos, ellos eran de carne. Por eso cuando los envió, tras haberlos preparado conviviendo con ellos, les pidió que buscaran y se encontraran con sus amadas ovejas perdidas, porque si el rebaño es visible, el pastor también lo ha de ser.
Pero si Jesús era Dios y los apóstoles no lo eran, ¿cómo decir que era la misma experiencia? Eso sí. Ellos hicieron milagros porque Él estaba con ellos. Por eso también está cuando nosotros nos encontramos con ellos. Ellos hacen lo que Él hizo, y en su nombre, es decir con su presencia: expulsan demonios, reconcilian, acompañan y aman. Y, cuando están ellos, Él está.
La carne es la buena noticia. Si no Dios no se hubiera hecho carne sería un mito. Es tan maravilloso que los que no lo aceptan quieren convertir en mito lo que es experiencia, convicción y convivencia. Es tan verdadero que hasta los milagros escasean. En Nazaret no se supo nunca que hiciera Jesús un milagro. Dios fue una presencia íntegramente humana como la madre para su hijo, si convivió con nosotros.
Dice Giussani de esto: el aspecto exterior de la convivencia es tan decisivo como el interior.
Lo podemos ver en Lucas 10. Cuando llegan algunos de los 72 enviados al primer pueblo ¿qué rostro tiene el Dios que ellos le muestran? El de los discípulos. Porque quien a ellos oye, oye al Señor, como dice el versículo 6.
Así, incluso cuando Jesús estaba entre nosotros, el acontecimiento tomaba a veces el rostro físico de los que creían en Él y eran enviados en su nombre.
Lo que pretendemos decir es que ahora en los enviados por Jesús se debe poder comprobar si el que les envía es el Señor o si el Señor que les envía es Dios o no. Porque su presencia es historia. Y su presencia continúa en la Iglesia. Porque su presencia se llama Iglesia aunque sea en verdad el Cuerpo místico de Cristo, es decir, Él en su cuerpo.
¿Cómo puede ser esto?
Giussani responde: “La energía con la que Cristo está destina a poseer toda la historia y todo el mundo… le permite asimilar y vivir así, en un sentido ontológico que nosotros no podemos experimentar directamente, a las personas que el Padre le entrega, a cada persona a la que el Espíritu concede la fe en Él. Esa energía aferra al creyente de tal modo que lo asimila como parte del misterio de Su misma persona”.
Pablo lo entendió cuando Jesús, hablando de la Iglesia, le dijo: “Por qué me persigues” (Heb 9,4; 1Cor 107; Jn 15,5).
En consecuencia el método del anuncio cristiano sigue siendo la convivencia. Sólo así se siente y se toca a Cristo. La Iglesia no es metafóricamente el cuerpo de Cristo. No. Lo es realmente. La unidad de los creyentes testifica de Cristo, pero lo hace presente. Pero son los hombres reales los que hacen presente a Cristo, por eso la Iglesia reunida en asamblea eucarística lo hace presente PORQUE ESTÁ FORMADA DE HOMBRES REALES.
Así, el acontecimiento cristiano sigue siendo acontecimiento, es decir, no es simplemente un hecho del pasado. Al toparnos con la unidad de la Iglesia nos encontramos con Cristo. Para encontrarme con la Iglesia debe pertenecer a ella y sentirme y ser hermano de gente concreta. Ello provoca la misma dinámica de encuentro y de desafío que se dio en tiempo de Cristo: unos creyeron y otros no, porque desafiaba la razón que suele tender a reducir la realidad a sus propios prejuicios a ensancharse a seguir humildemente la verdad objetiva. Y así, y aunque es significativa para la interioridad del hombre, la realidad es externa y reta a aceptar no sólo su exterioridad, sino su profundidad, es decir, su trascendencia y su significado. Dios está más allá del hombre y, sin embargo, en Cristo y en la Iglesia está al alcance de la mano humana. Es eterno y se ha hecho histórico, pero, extrañamente, permanece en la Iglesia, así que es actual. Se le encuentra en hombres creyentes que viven en Cristo y de Cristo.
Claramente hay un desarrollo de la Iglesia, pero en fidelidad a su estructura fundamental. Ese desarrollo parece un cambio sustancial pero en realidad se trata de un desarrollo orgánico y armónico con las posibilidades y estructuras originales, como un adulto está en armonía con el niño que fue. El mensaje mismo ha sufrido desarrollo, pero sin negarse a sí mismo, ya que se trata del mismo mensaje pensado en diferente tiempo y con diferentes ayudas.
La coherencia de esta tercera actitud que hemos llamado ortodoxo-católica integra los valores de las otras dos. Porque no se niega que hay que estudiar el hecho de Jesús en la historia ni se niega que Jesús signifique un cambio espiritual, pero no reduce el acontecimiento a hechos del pasado o a sentimientos absolutamente personales y por tanto resistentes a toda investigación, confrontación o crítica. Lo que pasa es que se afirma que el acontecimiento de Jesucristo está unido necesariamente a un encuentro personal que se ha de dar ahora y que pide el obsequio de la fe en la Iglesia y a ella. Y, evidentemente, si es actual, necesita el refrendo no sólo de la inteligencia sino de la comprobación, de la convivencia.
No estamos diciendo que la Iglesia equivalga a Jesucristo, pero sí que en ella se tiene conciencia de la presencia de Cristo y que, de algún modo, los signos de Cristo por los que los apóstoles creyeron se dan en la Iglesia. Sólo en la Iglesia se entienden las palabras de Cristo porque la Iglesia es la comunidad que convivió con Él. Sólo conviviendo con la Iglesia se pone uno en la perspectiva adecuada para comprender lo que vive la Iglesia respecto de su Señor. En ella pervive por ósmosis pero también por estudio consciente la interpretación auténtica del fenómeno de Cristo, es decir, la fe. Pervive también por el Espíritu y porque Cristo está en ella.
Es razonable pensar que sólo en la Iglesia, pues, se llega a conocer a Jesús. Los estudios posteriores sobre Jesús no quitarán la fe, la fortalecerán, porque tienen como punto de referencia un modo de comprobar la verdad: la tradición. Giussani observa con razón que los que no son poetas no suelen entender la poesía, como los que no son músicos no entienden la música. Hace falta educar el sentido y la inteligencia para comprender. La Iglesia que tiene fe, comprende a los apóstoles que creyeron, y comprende a Cristo que es el objeto de la fe justamente porque convive con los apóstoles o con los sucesores de los apóstoles. La fe se aprende en la Iglesia, y uno adquiere la perspectiva necesaria para comprender la verdad de Cristo.
Estaba una vez yo explicando cómo y qué distinto es un profesor de un libro. El libro no se enoja, el profesor sí. El libro no te invita a corregirte y no toma decisiones adecuadas al estado en que estás, el profesor sí. En consecuencia, el profesor ayuda como persona. Esa es la relación entre los apóstoles y los que les escuchaban, y ésa es también la relación de los sucesores de los apóstoles con los que los siguieron. De ahí que se insista en la oralidad de la transmisión llamada tradición.
Pero lo misterioso de todo ello es el fenómeno del cuerpo místico. La vid vive en los sarmientos y Jesús en sus apóstoles y sucesores. Ese proceso no es simple propaganda. Es un proceso semejante al de la Encarnación. Si Jesús es la Encarnación de Dios, los Apóstoles la prolongan en sus personas, y los sucesores, y los sucesores de los sucesores. Y así, Jesús se va prolongando sin perder vitalidad. No se trata de metáfora. Ella sería si no fuera de Dios del que estamos hablando.
Quizá todo esto se entienda mejor con la expresión “PALABRA”.
La palabra es ante todo, manifestación de una persona no de un concepto. Nadie cuenta una experiencia sin un objetivo. Así, la verdad incluye también el objetivo con el que se da. Al dar la palabra, de algún modo manifiesta el interés que le mueve al darla. Manifiesta a la persona. La abstracción por la que eliminamos la persona y nos quedamos con la idea, suele ser antinatural.
Nosotros con la palabra de la Iglesia, es decir, con la gente de la Iglesia, nos encontramos con el amor de la Iglesia, que es el amor de Cristo recibido antes por los que transmiten, con esa palabra, a la misma persona de Cristo. La Iglesia tampoco es una abstracción, es decir, una institución mineral, es humana. Pero la humanidad de la Iglesia vela y revela, es decir, desafía a la razón para que ésta adquiera la fe. Como en tiempo de Jesús. Ante Él había que tomar una decisión.
Así, en la experiencia de la Iglesia se produce la experiencia de la fe, es decir, la decisión por creer a los testigos que son a la vez maestros en la fe. La fe ya no es tampoco la aseveración abstracta de una serie de enunciados abstractos simplemente, sin personas. La fe es la aceptación del testigo y de su testimonio. Y la aceptación de una persona se llama convivencia. Pero si esa persona es testigo y trae un testimonio, la fe se convierte por sí misma en una puerta a la interioridad, a la significación y al significado, es decir, al mismo Cristo.
Cristo era alguien al que se podía encontrar, ahora resulta que también. La Iglesia puede haber cambiado y siempre ha de renovarse y podarse. Pero hay un desarrollo auténtico que simplemente indica que la Iglesia es algo vivo, y que la semilla que la hace crecer es auténtica. El desarrollo de la Iglesia no disminuye la identidad primera y el encuentro con Cristo, la confirma.
Esta visión valora las otras dos en su medida justa, no las contradice sino que las completa.
Si parecía adecuado estudiar la historia para no quedarnos en una impresión sino ir a la fuente objetiva de la misma ahora podemos decir con Henri de Lubac que Dios actúa en la historia y está en la historia. Estuvo y está. No hay contradicción entre lo que ocurrió y lo que ocurre sino que es la misma cosa. La Encarnación tiene carácter social e histórico. Las fuentes históricas documentan la experiencia del pasado y el modo auténtico de apreciar esa experiencia es tenerla en el presente. Y viceversa. La experiencia del pasado da sentido a la del presente. Son la misma experiencia. La lectura objetiva del evangelio pasa por la perspectiva adecuada.
El ejemplo de Giussani de la novia japonesa cuyo lenguaje poético entiende el novio a raíz de un período de relaciones, es ilustrativo. Sólo el novio puede entenderla. Y su interpretación es objetiva.
Hoy podemos entender el evangelio, que es la carta de la novia japonesa si nos han enseñado con el mismo lenguaje. Y la experiencia de la fe es la perspectiva adecuada para comprender los documentos de la fe.
En la actitud llamada protestante ocurre algo similar. En esa actitud hay una imaginación de la que se enamora el creyente. Se enamora de un Señor que le amó. Se enamora de algo pero se encuentra con que le dicen que no hay base objetiva para ese amor. El creyente protestante dice que no importa.
Ése es el error. No nos podemos enamorar de algo inexistente o de algo que contradice la verdad objetiva. Nosotros, los católicos, aportamos algo, decimos que eso que existió, Jesús, existe en la Iglesia y se puede encontrar. Y si se encuentra, la religión no es un opio, sino una realidad y se nos pregunta cómo va a estar presente.
En el fondo se trata de que lo protestante se hace casi imposible de creer aquí porque la Encarnación vuelve al cielo y se pierde en cuanto tal Encarnación. Ya no está en la tierra. No es que piensen que Dios no les quiere, pero se ha vuelto al cielo y ahora ya no está para encontrarse con nosotros. Sin embargo entre los católicos se dice que está en sus representantes, en sus apóstoles, tan vivo como si él mismo viniera, sin perder nada de su presencia y de su poder.
Y la Iglesia, como Jesús, enseña no sólo cómo creer sino a quién creer, ya que ella es testigo y a la vez, en cuanto transmisora de Cristo, objeto de la fe. Ésa es la diferencia profunda que hace que el protestantismo se vuelva innocuo y aleje al Señor, que se pierde en las nebulosas del tiempo o de la imaginación y el entusiasmo, mientras que la Iglesia católica lo acerca al hombre. Y el hombre que pertenece así al Señor se convierte a la vez en testigo y en mejor testigo porque experimenta la pertenencia al cuerpo y al hablar de Cristo, como es su cuerpo, habla de sí mismo.
Pero valora el afecto porque nadie tiene mayor afecto que el que se profesa a sí mismo.
Concluyendo, si se nos enseña la tercera actitud, se disipan los malentendidos.

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