Mensaje de la Asamblea del celam

XXXIII ASAMBLEA ORDINARIA DEL CELAM

En estos días, haciendo eco del llamado que nos hace el Santo Padre Benedicto XVI para que la Palabra de Dios “sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial” (VD 1), hemos renovado nuestra escucha del Señor, compartiendo fraternalmente con sencillez y alegría; juntos también, y en espíritu de consenso, hemos discernido para el caminar en comunión de nuestras Conferencias Episcopales, buscando que la acción evangelizadora en nuestro continente sea transparencia viva del servicio de Jesús para todos nuestros hermanos, particularmente los pobres y necesitados.

Hace cuatro años, conscientes del cambio de época que vivimos, la Palabra nos marcó la ruta cuando, en Aparecida, nos propusimos decididamente promover a todos los niveles el discipulado misionero al servicio de la vida; en esta misma línea seguimos afirmando nuestros pasos, de cara a la misión continental. Para los próximos cuatro años hemos delineado un plan que nos orientará, también hemos elegido una nueva directiva que estará al servicio de este proceso.

La evangelización de nuestro continente, en estos nuevos tiempos, es un camino continuo y persistente que encuentra puertas abiertas y también no pocos obstáculos y resistencias, como fue el de Jesús en las rutas de la amplia y compleja Galilea.

Precisamente, en el Evangelio de Lucas hay un episodio que evoca bien nuestros itinerarios. Jesús llega a una ciudad al norte del país, en la amplia explanada del valle de Esdrelón; se llamaba Naím (cf. Lc 7, 11-17). Lo que allí ocurre es diciente para lo que estamos viviendo.

Él llega seguido de sus discípulos y de una gran muchedumbre. Su caminar, bien podemos decir, despliega vida por doquiera que pasa (cf. Lc 7, 21-23). Esta procesión presidida por Jesús nos evoca los caminos abiertos por el Evangelio en nuestra historia y las multitudes que han adherido con fe y se han comprometido, incidiendo decisivamente en la cultura cristiana que ha distinguido a nuestros pueblos.

Nos dice el Evangelio que al llegar a la puerta de la ciudad, Jesús se encuentra con otro grupo que viene en dirección contraria llevando un joven muerto para su sepultura. También nosotros encontramos en nuestro camino muchas “procesiones de muerte”. Nos duele la muerte de tanta gente, víctima de la violencia causada por el narcotráfico. Nos duelen nuestras jóvenes generaciones que se desencantan con las instituciones que han perdido su credibilidad por causa de la corrupción campante.

Jesús nos enseña a no permanecer inertes ante la situación. Lo vemos cercano, misericordioso y consolador con la madre, y al mismo tiempo eficaz con el joven difunto. El proyecto del Padre inspira lo que debe hacer (cf. Lc 6, 36); con un gesto que coloca la persona por encima de algunas normas, como es el hecho de tocar el cadáver, Jesús lo resucita con la potencia de su palabra: “Joven, a ti te digo, levántate” (Lc 7, 14). ¿Cómo resuena esta frase hoy en este continente que el Beato Juan Pablo II llamó “de la esperanza”?

Y Jesús “se lo dio a su madre” (Lc 7, 15), dice el Evangelio. Jesús devolvió con vida a este joven, como hombre nuevo, a su madre y a su ciudad. Esta es la acción evangelizadora que queremos promover: el evangelio de una Pascua que transforma la persona y con ella a la sociedad, forma la comunidad y reconstruye la familia y el tejido social.

Este encuentro con Jesús es el punto de partida de un nuevo camino: ambas procesiones, la de la muerte y la de la vida, se convierten al final en una sola, la de la vida (Lc 7, 16-17). En Jesús la gente percibe la presencia del Dios fiel que camina con su pueblo, la respuesta de Dios a sus anhelos más profundos. Se capta y se expresa como confesión comunitaria de una fe que no se calla, sino que se vuelve anuncio que lleva por doquier el nombre y el Evangelio del Señor.

Jesús y su Evangelio es nuestro referente esencial. Él nos ha llamado, en él configuramos nuestra vida, por él somos enviados con el poder del Espíritu Santo. A él lo seguimos como Pastor escuchando su voz todos los días y adorando su presencia real en la Eucaristía; con él nos hacemos pastores comprometidos proféticamente con la vida de todos los latinoamericanos y caribeños sin excepción.

Como Iglesia portadora de la Vida del Reino de Dios nos sentimos llamados a llevar adelante una nueva evangelización que levante a los caídos, incluya a los excluidos de nuestra sociedad, sane a los heridos, responda a los que preguntan dónde está Dios en medio de las calamidades, devolviendo la esperanza de esa vida plena que brota del Crucificado Resucitado.

Invitamos a todas las Conferencias Episcopales y a todo el Pueblo de Dios a promover experiencias vivas y fuertes del Evangelio de manera que todos podamos decir: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… se lo anunciamos a ustedes” (1 Jn 1, 1-2).

Unidos fraternamente en torno a nuestra Madre María, a quien este país Uruguay, que nos ha hospedado con tanta generosidad, invoca bajo el título de Nuestra Señora de los Treinta y Tres, le extendemos a todos nuestros hermanos Obispos un abrazo caluroso con las palabras de Juan: “que también ustedes estén en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1 Jn 1, 3-4).

Montevideo, 20 de Mayo de 2011

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