Domingo 27-7-11

Domingo 03 de Julio de 2011
14º domingo de tiempo ordinario
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Santoral: Tomás
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Zacarías 9,9-10
Mira a tu rey que viene a ti modesto
Así dice el Señor: “Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.”
Salmo responsorial: 144
Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; / bendeciré tu nombre por siempre jamás. / Día tras día, te bendeciré / y alabaré tu nombre por siempre jamás. R.
El Señor es clemente y misericordioso, / lento a la cólera y rico en piedad; / el Señor es bueno con todos, / es cariñoso con todas sus criaturas. R.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, / que te bendigan tus fieles; / que proclamen la gloria de tu reinado, / que hablen de tus hazañas. R.
El Señor es fiel a sus palabras, / bondadoso en todas sus acciones. / El Señor sostiene a los que van a caer, / endereza a los que ya se doblan. R.
Romanos 8,9.11-13
Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis
Hermanos: Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.
Mateo 11,25-30
Soy manso y humilde de corazón
En aquel tiempo, exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”
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Quisiera comentar brevemente el evangelio a partir del siguiente sermón de San Agustín:
Duro y pesado parece el precepto del Señor, según el cual quien quiera seguirle ha de negarse a sí mismo. Pero no es duro y pesado lo que manda aquel que presta su ayuda para que se realice lo que ordena. Pues también es cierto lo que se dice en el salmo: Por las palabras de tus labios he seguido los caminos duros (Sal 16,4). Y es verdadero también lo que dijo el mismo Señor: Mi yugo es llevadero y mi carga ligera (Mt 11,30). El amor hace que sea ligero lo que los preceptos tienen de duro. Sabemos lo que es capaz de hacer el amor. Con frecuencia este amor es perverso y lascivo; ¡cuántas calamidades han sufrido los hombres, por cuántas deshonras han tenido que pasar y tolerar para llegar al objeto de su amor! Es igual que se trate de un amante del dinero, es decir, de un avaro; o de un amante de los honores, es decir, de un ambicioso; o de un amante de los cuerpos hermosos, es decir, de un lascivo. ¿Quién será capaz de enumerar todos los amores? Considerad, sin embargo, cuánto se fatigan los amantes y, no obstante, no sienten la fatiga; y mayor es el esfuerzo cuando alguien se lo prohíbe. Si, pues, los hombres son tales cuales son sus amores, de ninguna otra cosa debe preocuparse uno en la vida, sino de elegir lo que se ha de amar. Estando así las cosas, ¿de qué te extrañas de que quien ama a Cristo y quiere seguirlo, por fuerza del mismo amor se niegue a sí mismo? Si amándose a sí mismo, el hombre se pierde, negándose se reencuentra al instante.

Sermón 96,1
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Supongo, que, como a mí, os ha encantado el sermón. San Agustín insiste en que el amor hace fácil, ligero y posible cualquier sacrificio por el amado.
Y humilde.
Porque el que hace lo que está en su mano por el amado no presume de lo que hizo, ni le parece mucho, comparado con el amor que tiene y con el bien que alcanza.
El que ama está pagado.
Por eso el cielo aparece como regalo, como gracia, como señal de amor, no de mérito. Aunque realmente lo sea.

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Cuando sencillamente nos humillamos y confesamos nuestros pecados, vemos cómo Dios nos ensalza.
Jesús es el humilde.
Su humildad es distinta de la nuestra. Es la humildad del que vive para los demás. Dios es Dios. No se caracteriza por ser el más soberbio, sino el más amoroso. Por eso es también el más humilde. Humilde es aquel que no es el centro de su propia vida. La imaginación nos hace pensar que nada es digno de Dios excepto sí mismo. Pero eso no es cierto del todo. Dios es el que se da, el que crea, el que sale de sí, el que corre hacia nosotros, el padre, el que busca nuestro bien, el que ama.
Así se ha visto en Jesucristo, cuya existencia divina está marcada por la persona del Padre y llevada por el Espíritu, cuya humanidad fue tan humilde que señaló lo verdaderamente importante. Todos corremos tras el oro y el poder, Él ha corrido tras la bondad, la honestidad, el servicio, la comunidad y el amor.
Así su alegría es poder amar, poder contar con quien se salva. Gracias, Padre, porque te has revelado a los sencillos.
La sencillez es el oculto camino de los pobres y de los niños. Y el camino de Dios.

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El cuento que vamos a relatar señala cómo la humilde confesión de la propia falta y la aceptación de sus consecuencias sólo produce la verdadera comunicación y la verdadera libertad.
La humildad es el camino de la libertad.
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El niño y el pato

Había un pequeño niño visitando a sus abuelos en su granja. El tenía una honda (resortera) con la que jugaba todo el día. Practicaba con ella en el bosque pero nunca daba en el blanco. Un poco desilusionado, regresó a casa para cenar. Al acercarse a casa, divisó al pato mascota de la abuela. Sin poder contenerse, tomó su honda y le pegó al pato en la cabeza y lo mató.

Estaba triste y espantado, así que escondió el cadáver del pato en el bosque. Pero se dio cuenta que su hermana Lucrecia lo estaba observando. Sin embargo, ella no dijo nada.
Después de comer, la abuela dijo: Pero Lucrecia dijo: Entonces sin decir nada, Pedro lavó los platos.

Al día siguiente, el abuelo pregunto a los niños si querían ir de pesca, y la abuela dijo: Lucrecia con su sonrisa dijo: “Pedro quiere ayudarte, Abuela”.
Entonces Lucrecia fue a pescar y Pedro se quedó.

Transcurridos muchos días en que Pedro estaba haciendo sus propias tareas y las de Lucrecia, finalmente él no pudo más.
Fue donde la abuela y le confesó que había matado al pato.
Ella se arrodilló, le dio un gran abrazo y le dijo: .

¡ Qué liberación la de Pedro al decidir confesarle la verdad a su abuelita!, hoy tu también tienes esa oportunidad. Hasta cuando permitirás que tus pecados sin confesar te mantengan esclavo?
– Autor Desconocido

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