En el número 1000 de los boletines de la parroquia

En el número 1000
Estamos ya en el número 1000 de los boletines de la parroquia, que han sido hasta ahora un instrumento excelente de evangelización.
Estas publicaciones tienen caracteres distintos, así como el boletín parroquial simplemente es una ayuda para tener presente el evangelio de cada día y muy especialmente el dominical, y, a través de las oraciones del final, un diálogo con Dios meditando sus palabras e intentando tener el pensamiento de Dios, los otros dos son testimonios tanto de la reflexión de la Iglesia sobre la fe, el de formación permanente, como del modo de transmitirla, el de pastoral.
Les invito a seguir leyendo, y comentando con sus grupos, y en familia, estas comunicaciones. Nadie sabe todo el bien que pueden hacer, pero es un deber por parte de todos compartir la fe. San Francisco de Sales convirtió una región con sus hojitas que aclaraban la fe y que la gente leía a hurtadillas en un clima de división, sospechas y manipulaciones.
Les invito también a exponerlo a sus hijos con sencillez, y, para ello, leerlo con interés y hacerlo vivo en su propia vida. Leemos y vemos muchas cosas en la actualidad, pero urge en este momento hacer una selección. No podemos exponernos a que entre por las ventanas de ojos y oídos lo que nos puede envenenar. Es necesario tomarse un tiempo para leer estas cosas que realmente alimentan el alma. Solemos poner mucho interés en que nuestros hijos o nosotros mismos comamos y bebamos cosas saludables. También, y con más motivo, puesto que se juega la felicidad en esta vida y la salvación eterna, deberíamos poner interés en alimentarnos y procurar que los nuestros se alimenten de lo que verdaderamente nutre y sacia, y da la vida eterna.
En este sentido, todos sabemos que el día del juicio el Señor nos juzgará por la caridad. Pero la caridad no consiste en aceptar como bueno lo que es malo. Consiste en distinguir lo bueno de lo malo y enseñarlo así a los otros. Consiste en preocuparnos por la salud espiritual y corporal de los demás. No se ciñe a una ayuda material. Realmente es al contrario. El cuerpo, que es importante para conservar la vida de la tierra, es menos importante que el alma, de cuya salud depende la vida eterna y la felicidad del hombre, que consiste en la amistad con Dios. Por eso les pido que ayuden en esta misión espiritual, en esta caridad, haciendo llegar a otros, y explicando con sencillez, cuanto la Iglesia nos ofrece. Porque realmente ofrece la fe y la fe da la vida eterna.
Finalmente, no olvidemos que, aunque la Palabra de Dios es la fuente de donde dimana la salvación, esa Palabra es interpretada auténtica y verdaderamente sólo por la Iglesia Católica. Por tanto, aunque recomendamos la lectura asidua de la Biblia, también recomendamos la lectura y la comprensión de la misma a través de los documentos de la Iglesia que, semana tras semana, llegan a nosotros a través de estos medios que pone a disposición de todos la parroquia.

La comunicación con Dios
El cristiano se comunica con su conciencia, es decir, con la voz de Dios en su alma, casi constantemente. El efecto de esta comunicación es decisivo para la felicidad personal, familiar, laboral, nacional e incluso mundial. Una comunicación de este tipo debe ser favorecida constantemente. La escucha de la propia conciencia debe ser por ello constantemente promovida. Pero la promoción de esta escucha no sólo es difícil. Pasa por la búsqueda constante de la verdad.
Por eso, la publicación de la verdad, el consejo adecuado y oportuno, la escucha atenta al Magisterio de la Iglesia y el seguimiento fiel del mismo son, exactamente, los pasos necesarios no sólo de la formación de la conciencia, sino también, y en relación con esa formación de la conciencia individual, de la felicidad del mundo y del orden consiguiente, por no hablar de la salvación eterna de millones de personas.
Todo cristiano, como toda persona que escucha, debe buscar la verdad, sin precipitaciones, pero con pasión. En la escucha de su conciencia debe ser enormemente exigente. Debe formar su conciencia con la verdad. Y, una vez conocida, debe seguirla. Posteriormente
Al hacerlo, se convierte a la vez en una señal en el camino, en un comunicador ante todo el que quiera mirar. El cristiano, en consecuencia, debe estar atento a esa función ineludible que tiene de testigo, de comunicador. Y como comunicador, debe ser consciente de su enorme poder, y de su enorme responsabilidad. Así, el cristiano no sólo debe ser un atento comunicador, sino una persona cuya comunicación debe poseer, por necesidad, las características de la honestidad y la claridad en la comunicación.
Todo cristiano, aunque no lo quiera, pues, es un testigo. Su testimonio lo ven muchos. Es un testigo del Infinito en la historia, de la enorme seriedad de la vida, de una Revelación que para muchos es sorprendente, desconocida, pero iluminadora, y, finalmente, un testigo de una felicidad interior que es verdaderamente una luz en la oscuridad general.
La luz que proyecta el cristiano quizá no pueda iluminar los pasos concretos de cada persona, que tiene que escrutar atentamente su propio camino, pero marca una meta. Una luz en la noche es siempre una meta y un punto de referencia.
La labor de la Iglesia en este campo debe facilitar ese cometido de todo cristiano. Pocas veces nos apercibimos de la importancia de esta misión de la Iglesia. Algunos, en ella, creen, en una falsa y deplorable humildad, que el mundo va por sí mismo y no debemos destacar en medio del vano desconcierto de todas las cosas. Se suele decir que la Providencia divina todo lo lleva. Pero no nos damos cuenta de que nosotros somos sus instrumentos. Y el que ama al que se va a estrellar, debe avisarle del peligro.
Esa tarea puede ser realizada con medios grandes o con medios pequeños. No importa demasiado siempre que llegue a su destinatario. En ese sentido es de alabar el enorme papel que puede realizar una humilde hoja parroquial que llega a muchos hogares en una absoluta y pertinaz gratuidad. Es como la sal. Es humilde, mas sin ella no hay sabor en la comida,
Por eso es de alabar esta iniciativa de las hojas de formación permanente y de pastoral, así como del boletín parroquial de Santa María de la Providencia.

La pedagogía de la fe
Ahora quisiera señalar con mayor claridad cómo se ejerce esa función comunicativa e iluminadora.
Recordarán los lectores cuando en las hojas de Pastoral aparecía el directorio general de catequesis. Se acordarán de que se hablaba de pedagogía. Es cierto que en la vida diaria cada cristiano, especialmente con sus hijos, ejerce, casi sin darse cuenta, como se transmite la lengua, una función pedagógica. Pero vamos a recordar algunos principios para mejorarla.
En primer lugar, es necesario recordar que nuestro Maestro es el Señor. Por tanto, en todo, debemos de escucharle a Él. Él, ya lo hemos dicho, anima y habla dentro y fuera del hombre. Dentro por su Espíritu Santo. Fuera, por boca de la Iglesia. Por eso, debemos creer en el Espíritu cuando a tiempo y a destiempo intentamos seguirle y transmitirle.
Dios es el paciente, el que ejerce con nosotros su infinita paciencia, y el que espera. No es malo imitarle en esa virtud de Maestro. Él sabe que saldrá la chispa antes o después. Mientras tanto, es amable, es misericordioso y no deja de enviar el agua sobre buenos y malos… por eso nosotros debemos imitarle en esto. Pero aunque el grano de trigo parece muerto y en tierra, en realidad germina. Por eso el principio consiste en respetar el proceso del que está aprendiendo, no imponiéndole unos rápidos pasos que no puede dar. Se trata de una fidelidad a Dios que consiste en una fidelidad a su voluntad en el momento evolutivo de la persona.
Pero además de respetar el proceso de cada persona hay que saber actuar y hablar en el momento oportuno. E incluso importunamente.
Porque la persona, aunque no llegue a la meta, debe reconocerla, debe desearla.
El directorio de Catequesis invita en el número 144 a respetar estos objetivos metodológicos propios de la fe:
• “promover una progresiva y coherente síntesis entre la adhesión plena del hombre a Dios (fides qua) y los contenidos del mensaje cristiano (fides quae)”
Esto significa que Cristo es Dios, y, por eso, lo que dice, es verdad. Quizá tú o yo no comprendamos todo, pero la sencillez de corazón de la fe nos invita a creer lo que nos revela. A creer en Él. Simplemente. Por eso, también a obedecerle.
• “Desarrollar todas las dimensiones de la fe, por las cuales ésta llega a ser una fe conocida, celebrada, vivida, hecha oración”
Decir “creo” y después abandonar la Iglesia o vivir en contra de la fe es mentir.
• “Impulsar a la persona a confiarse por entero y libremente a Dios: inteligencia, voluntad, corazón y memoria”
Es decir, no sólo pensar, sino también amar lo que el Señor nos pide.
• “Ayudar a la persona a discernir la vocación a la que el Señor la llama”
Eso significa que los padres deben dejar que sus hijos, a los cuales han amado, sigan al Señor, que es más padre que ellos.
“La comunicación de la fe en la catequesis es un acontecimiento de gracia, realizado por el encuentro de la Palabra de Dios con la experiencia de la persona, que se expresa a través de signos sensibles y finalmente abre al misterio” (150).
Pero ¿Cómo conseguir ese ideal?
“Por su importancia para la catequesis tanto en el pasado como en el presente merecen ser recordados el método de iniciación a la Biblia; el método o ‘pedagogía del documento’, del Símbolo en particular, en cuanto que ‘la catequesis es transmisión de los documentos de la fe’; el método de los signos litúrgicos y eclesiales y el método propio de la comunicación a través de los “mass-media” (149).
O sea, hay que poner en casa libros, hojas, lo que sea, con tal de hacer pensar a los jóvenes en el Señor. Ahí está el papel que hacen nuestras hojitas. Pero no es suficiente. Debemos poner la televisión en los programas religiosos y formativos y ofrecerles los ejemplos de las vidas de los santos:
“Atendiendo a la historia de la catequesis, hoy se habla habitualmente de vía inductiva y deductiva. El método inductivo consiste en la presentación de hechos (acontecimientos bíblicos, actos litúrgicos, hechos de la vida de la Iglesia y de la vida cotidiana…) a fin de descubrir en ellos el significado que pueden tener en la Revelación divina. Es una vía que ofrece grandes ventajas, ya que es conforme a la economía de la Revelación; corresponde a una instancia profunda del espíritu humano, la de llegar al conocimiento de las cosas inteligibles a través de las cosas visibles; y es también conforme a las características propias del conocimiento de fe, que consiste en conocer a través de signos.
El método inductivo no excluye, más bien exige el método deductivo, que explica y describe los hechos procediendo desde sus causas. Pero la síntesis deductiva tendrá pleno valor sólo cuando se ha hecho el proceso inductivo” (150). “Por otra parte, cuando se hace referencia a los itinerarios operativos, cabe dar otro sentido: uno es llamado también ‘kerigmático’ (o descendente), que parte del anuncio del mensaje, expresado en los principales documentos de la fe (Biblia, liturgia, doctrina…) y los aplica a la vida; el otro, llamado ‘existencial’ (o ascendente), que arranca de problemas y situaciones humanas y los ilumina con la luz de la Palabra de Dios. De por sí son modos de acceso legítimos si se respetan todos los factores en juego, el misterio de la gracia y el hecho humano, la comprensión de fe y el proceso de racionalidad” (151).
“La catequesis está vinculada a la ‘Memoria’ de la Iglesia que mantiene viva entre nosotros la presencia del Señor. El ejercicio de la memoria es, por tanto, un elemento constitutivo de la pedagogía de la fe, desde los comienzos del cristianismo. Para superar los riesgos de una memorización mecánica, el ejercicio de la memoria ha de integrarse armónicamente entre las diversas funciones del aprendizaje, tales como la espontaneidad y la reflexión, los momentos de diálogo y de silencio, la relación oral y el trabajo escrito.
En particular, se han de considerar oportunamente como objeto de memoria las principales fórmulas de la fe, ya que aseguran una exposición más precisa de la misma y garantizan un rico patrimonio común doctrinal, cultural y lingüístico. El conocimiento y asimilación de los lenguajes de la fe es condición indispensable para vivir esa misma fe” (154).
No quiero seguir por este camino. Verdaderamente, el testigo, que es el padre, el catequista, el cristiano, el evangelizador, el sacerdote o la comunidad cristiana, es insustituible como lo fue Jesucristo. Pero debe tener en cuenta que es necesario, además, una profundización personal de sí mismo en la fe y un camino progresivo que pueda conducir a los que adquieren esa fe. Por eso es necesaria la ayuda de la Iglesia y de la escuela.

Dios les bendiga.

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