Lunes 30 de Enero del 2012

Lunes 30 de Enero de 2012
Lunes 4ª semana de tiempo ordinario
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Santoral: Martina
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2Samuel 15,13-14.30;16,5-13a
Huyamos de Absalón. Dejad a Semeí que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor
En aquellos días, uno llevó esta noticia a David: “Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.” Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén: “¡Ea, huyamos! Que, si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros, y pase a cuchillo la población.” David subió la Cuesta de los Olivos; la subió llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y todos sus compañeros llevaban cubierta la cabeza y subían llorando. Al llegar el rey David a Bajurín, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándolo según venía. Y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos -toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey-, y le maldecía: “¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino.”
Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: “Ese perro muerto, ¿se pone a maldecir a mi señor? ¡Déjame ir allá, y le corto la cabeza!” Pero el rey dijo: “¡No os metáis en mis asuntos, hijos de Seruyá! Déjale que maldiga, que, si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?” Luego dijo David a Abisay y a todos sus cortesanos: “Ya veis. Un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, ¡y os extraña ese benjaminita! Dejadlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizás el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy.” David y los suyos siguieron su camino.
Salmo responsorial: 3
Levántate, Señor, sálvame.
Señor, cuántos son mis enemigos, / cuántos se levantan contra mí; / cuántos dicen de mí: / “Ya no lo protege Dios.” R.
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, / tú mantienes alta mi cabeza. / Si grito, invocando al Señor, / él me escucha desde su monte santo. R.
Puedo acostarme y dormir y despertar: / el Señor me sostiene. / No temeré al pueblo innumerable / que acampa a mi alrededor. R.
Marcos 5,1-20
Espíritu inmundo, sal de este hombre
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago, en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes.” Porque Jesús le estaba diciendo: “Espíritu inmundo, sal de este hombre.” Jesús le preguntó: “¿Cómo te llamas?” Él respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos.” Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: “Déjanos ir y meternos en los cerdos.” Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago. Los porquerizos echaron a correr y dieron la noticia en el pueblo y en los cortijos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su país.
Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: “Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia.” El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.
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Los endemoniados lo son porque no son lo que son. Ellos son personas pero viven algo que no son, y eso es demoníaco. Puesto que el demonio quiso ser Dios. El hombre es el que ama. Cuando uno deja de amar, envidia u odia. Mirar y amar, ése es nuestro destino y nuestra vocación. No envidiar, no desear lo que uno no es. Porque no gozar del don de Dios es el infierno.
Absalón, con su soberbia y envidia, llegó a envidiar a su padre. Su padre, sin embargo, siempre le amó. Humildemente, reconociendo sus pecados, marchó de Jerusalén.
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Solo intentaré ser Fresa

Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus arboles, arbustos y flores se estaban muriendo.
El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino. Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa. La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una Fresa, floreciendo y mas fresca que nunca. El rey preguntó:
– ¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?
– No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresas. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: “Intentaré ser Fresa de la mejor manera que pueda”.

Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a ti mismo. No hay posibilidad de que seas otra persona. Puedes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por ti, o puedes marchitarte…
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Martes 31 de Enero de 2012
Martes 4ª semana de tiempo ordinario
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Santoral: Juan Bosco
2Samuel 18,9-10.14b.24-25a.30-19,3
¡Hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti!
En aquellos días, Absalón fue a dar en un destacamento de David. Iba montado en un mulo, y, al meterse el mulo bajo el ramaje de una encina copuda, se le enganchó a Absalón la cabeza en la encina y quedó colgando entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que cabalgaba se le escapó. Lo vio uno y avisó a Joab: “¡Acabo de ver a Absalón colgado de una encina!” Agarró Joab tres venablos y se los clavó en el corazón a Absalón.
David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela subió al mirador, encima de la puerta, sobre la muralla, levantó la vista y miró: un hombre venía corriendo solo. El centinela gritó y avisó al rey. El rey dijo: “Retírate y espera ahí.” Se retiró y esperó allí. Y en aquel momento llegó el etíope y dijo: “¡Albricias, majestad! ¡El Señor te ha hecho hoy justicia de los que se habían rebelado contra ti!” El rey le preguntó: “¿Está bien mi hijo Absalón?” Respondió el etíope: “¡Acaben como él los enemigos de vuestra majestad y cuantos se rebelen contra ti!” Entonces el rey se estremeció, subió al mirador de encima de la puerta y se echó a llorar, diciendo mientras subía: “¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!”
A Joab le avisaron: “El rey está llorando y lamentándose por Absalón.” Así la victoria de aquel día fue duelo para el ejército, porque los soldados oyeron decir que el rey estaba afligido a causa de su hijo. Y el ejército entró aquel día en la ciudad a escondidas, como se esconden los soldados abochornados cuando han huido del combate.
Salmo responsorial: 85
Inclina tu oído, Señor, escúchame.
Inclina tu oído, Señor, escúchame, / que soy un pobre desamparado; / protege mi vida, que soy un fiel tuyo; / salva a tu siervo, que confía en ti. R.
Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, / que a ti te estoy llamando todo el día; / alegra el alma de tu siervo, / pues levanto mi alma hacia ti. R.
Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, / rico en misericordia con los que te invocan. / Señor, escucha mi oración, / atiende a la voz de mi súplica. R.
Marcos 5,21-43
Contigo hablo, niña, levántate
En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.” Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacia doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: “¿Quién me ha tocado el manto?” Los discípulos le contestaron: “Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”” Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.”
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: “Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas; basta que tengas fe.” No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.” Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: “Talitha qumi” (que significa: “Contigo hablo, niña, levántate”). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
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Eso de dar de comer a la niña, después de los milagros, debe tener su peso.
David llora por su hijo muerto. Dios debe llorar por nosotros. Porque no aprendemos. Pero cuando nos dejamos llevar por la Providencia, Dios hace milagros. Hace el milagro anónimo de la mujer hemorroísa, hace el milagro evidente de la niña muerte. Hace el milagro perfecto del perdón.
Pero no puede hacer el milagro cuando alguien no se deja. Como Absalón. Entonces llora.
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Solo Dios

Tres personas iban caminando por una vereda de un bosque; un sabio con fama de hacer milagros, un poderoso terrateniente del lugar y, un poco atrás de ellos y escuchando la conversación, iba un joven estudiante alumno del sabio.
Poderoso: “Me han dicho en el pueblo que eres una persona muy poderosa y que inclusive puedes hacer milagros”.
Sabio: “Soy una persona vieja y cansada… ¿Como crees que yo podría hacer milagros?”.
Poderoso: “Pero me han dicho que sanas a los enfermos, haces ver a los ciegos y vuelves cuerdos a los locos…. esos milagros sólo los puede hacer alguien muy poderoso”.
Sabio: “¿Te referías a eso?… Tu lo has dicho, esos milagros sólo los puede hacer alguien muy poderoso… no un viejo como yo. Esos milagros los hace Dios, yo sólo pido se conceda un favor para el enfermo, o para el ciego, y todo el que tenga la fe suficiente en Dios puede hacer lo mismo”.
Poderoso: “Yo quiero tener la misma fe para poder realizar los milagros que tu haces…. muéstrame un milagro para poder creer en tu Dios”.
Sabio: “¿Esta mañana volvió a salir el sol?”.
Poderoso: “¡Si, claro que si!!”.
Sabio: “Pues ahí tienes un milagro…. el milagro de la luz”.
Poderoso: “No, yo quiero ver un verdadero milagro, oculta el sol, saca agua de una piedra…. mira, hay un conejo herido junto a la vereda, tócalo y sana sus heridas”.
Sabio: “¿Quieres un verdadero milagro? ¿No es verdad que tu esposa acaba de dar a luz hace algunos días?”.
Poderoso: “¡Si!! Fue varón y es mi primogénito”.
Sabio: “Ahí tienes el segundo milagro…. el milagro de la vida”.
Poderoso: “Sabio, tu no me entiendes, quiero ver un verdadero milagro…”
Sabio: “¿Acaso no estamos en época de cosecha?, no hay trigo y sorgo donde hace unos meses solo había tierra?”.
Poderoso: “Si, igual que todos los años”.
Sabio: “Pues ahí tienes el tercer milagro….”
Poderoso: “Creo que no me he explicado. Lo que yo quiero….” (El sabio lo interrumpe)
Sabio: “Te has explicado bien, yo ya hice todo lo que podía hacer por ti…Si lo que encontraste no es lo que buscabas, lamento desilusionarte, yo he hecho todo lo que podía hacer”.
Dicho esto, el poderoso terrateniente se retiró muy desilusionado por no haber encontrado lo que buscaba. El sabio y su alumno se quedaron parados en la vereda. Cuando el poderoso terrateniente iba muy lejos como para ver lo que hacían el sabio y su alumno, el sabio se dirigió a la orilla de la vereda, tomó al conejo, soplo sobre el y sus heridas quedaron curadas; el joven estaba algo desconcertado…
Joven: “Maestro te he visto hacer milagros como este casi todos los días, ¿Por qué te negaste a mostrarle uno al caballero?, ¿Por qué lo haces ahora que no puede verlo?”.
Sabio: “Lo que el buscaba no era un milagro, sino un espectáculo. Le mostré 3 milagros y no pudo verlos. Para ser rey primero hay que ser príncipe, para ser maestro primero hay que ser alumno… no puedes pedir grandes milagros si no has aprendido a valorar los pequeños milagros que se te muestran día a día. El día que aprendas a reconocer a Dios en todas las pequeñas cosas que ocurren en tu vida, ese día comprenderás que no necesitas mas milagros que los que Dios te da todos los días sin que tu se los hayas pedido”.
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Miércoles 01 de Febrero de 2012
Miércoles 4ª semana de tiempo ordinario
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Santoral: Cecilio, Viridina, Severiano

2Samuel 24,2.9-17
Soy yo el que ha pecado, haciendo el censo de la población. ¿Qué han hecho estas ovejas?
En aquellos días, el rey David ordenó a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él: “Id por todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, a hacer el censo de la población, para que yo sepa cuánta gente tengo.” Joab entregó al rey los resultados del censo: en Israel había ochocientos mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá quinientos mil. Pero, después de haber hecho el censo del pueblo, a David le remordió la conciencia y dijo al Señor: “He cometido un grave error. Ahora, Señor, perdona la culpa de tu siervo, porque ha hecho una locura.”
Antes que David se levantase por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió la palabra del Señor: “Vete a decir a David: “Así dice el Señor: Te propongo tres castigos; elige uno, y yo lo ejecutaré.”” Gad se presentó a David y le notificó: “¿Qué castigo escoges? Tres años de hambre en tu territorio, tres meses huyendo perseguido por tu enemigo, o tres días de peste en tu territorio. ¿Qué le respondo al Señor, que me ha enviado?” David contestó: “¡Estoy en un gran apuro! Mejor es caer en manos de Dios, que es compasivo, que caer en manos de hombres.”
Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó entonces la peste a Israel, desde la mañana hasta el tiempo señalado. Y desde Dan hasta Berseba, murieron setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendió su mano hacia Jerusalén para asolarla. Entonces David, al ver al ángel que estaba hiriendo a la población, dijo al Señor: “¡Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable! ¿Qué han hecho estas ovejas? Carga la mano sobre mí y sobre mi familia.” El Señor se arrepintió del castigo, y dijo al ángel, que estaba asolando a la población: “¡Basta! ¡Detén tu mano!”
Salmo responsorial: 31
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
Dichoso el que está absuelto de su culpa, / a quien le han sepultado su pecado; / dichoso el hombre a quien el Señor / no le apunta el delito. R.
Había pecado, lo reconocí, / no te encubrí mi delito; / propuse: “Confesaré al Señor mi culpa”, / y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.
Por eso, que todo fiel te suplique / en el momento de la desgracia: / la crecida de las aguas caudalosas / no lo alcanzará. R.
Tú eres mi refugio, me libras del peligro, / me rodeas de cantos de liberación. R.
Marcos 6,1-6
No desprecian a un profeta más que en su tierra
En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?” Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.” No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
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¿Éxitos, fracasos? Nada es permanente. Nada se puede comparar a la fe, que sì es permanente, pues està fundada sobre Dios. Sin embargo, es posible que Dios haga alguna cosa que no estaba antes, que no corresponde a nuestras previsiones. Es una soberbia excesiva decirle a Dios lo que debe hacer.
Y Dios quiso vivir con los hombres, amar a los pecadores, estar en Nazaret. Ni los de Nazaret mismo lo pudieron creer.
Creer en Dios quiere decir creer en un amor que no está sujeto al azar.
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ESTO TAMBIEN PASARA
Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:
-Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre.
Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.
Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no mas de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total… Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.
El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre.
La madre del rey murió pronto y este sirviente cuido de el, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y este le dijo:
-No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje.
Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un Sacerdote. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje, el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo doblo y se lo dio al rey. Pero no lo leas le dijo, mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo solo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.
-Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino.
Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían.
Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por ahí sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino…
De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, saco el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: Simplemente decía: “ESTO TAMBIEN PASARA”.
Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos. El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas.
Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes… y el se sentía muy orgulloso de sí mismo.
El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo: -Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.
-¿Qué quieres decir? preguntó el rey. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida. -Escucha, dijo el anciano: este mensaje no es solo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras.
No es sólo para cuando estas derrotado; también es para cuando te sientes victorioso.
No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.
El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasara”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado. Entonces el anciano le dijo:
RECUERDA QUE TODO PASA. Ninguna cosa, ni ninguna emoción son permanentes.
Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza.
Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.
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Jueves 02 de Febrero de 2012
Presentación del Señor
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Santoral: Catalina de Ricci, Cornelio, Lorenzo
Malaquías 3,1-4
Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis
Así dice el Señor: “Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.”
Salmo responsorial: 23
El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.
¡Portones!, alzad los dinteles, / que se alcen las antiguas compuertas: / va a entrar el Rey de la gloria. R.
-¿Quién es ese Rey de la gloria? / -El Señor, héroe valeroso; / el Señor, héroe de la guerra. R.
¡Portones!, alzad los dinteles, / que se alcen las antiguas compuertas: / va a entrar el Rey de la gloria. R.
-¿Quién es ese Rey de la gloria? / -El Señor, Dios de los ejércitos. / Él es el Rey de la gloria. R.
Hebreos 2,14-18
Tenía que parecerse en todo a sus hermanos
Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaba la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.
Lucas 2,22-40
Mis ojos han visto a tu Salvador
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones.”
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.” Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.”
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.
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Es extraña la suerte de los justos.
Parecen perdidos pero sin embargo les alumbra la fe y ella les da la esperanza.
De la esperanza nace un amor enorme, un amor que sólo con la presencia se sacia.
El amor de Dios por nosotros es un fuego que engendra un amor de nosotros por Dios y un amor entre nosotros que no se cansa.
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El fuego de los Quichés

Estaban muertos de frio, así que se presentaron ante los dioses para suplicarles que les dieran fuego. Los dioses les dieron el fuego anhelado después de exigir que les rindieran culto, pero luego les hicieron una mala jugada: hicieron caso omiso de sus danzas de alegría y sus cánticos de gratitud, y al rato cayó un aguacero con granizo, de modo que se volvieron a extinguir las hogueras de los pobres indios.
Cuando ya de tanto temblar y de tiritar no podían soportar mas el frío ni la helada, volvieron a rogarles a los dioses que se apiadaran de ellos y les dieran siquiera un poco de fuego. Pero esta vez los dioses les exigieron sacrificios humanos, es decir, que a las víctimas les abrieran el pecho con un puñal y les ofrendaran el corazón. Solo así llegarían a merecer el ansiado fuego.
Dicen que los quichés accedieron y sacrificaron a sus prisioneros y, mediante la sangre de estos, se salvaron del frio espantoso. En cambio, los cachiqueles no sucumbieron ante la exigencia de los dioses. A estos primos de los quichés, que eran también herederos de los mayas, les pareció un precio demasiado alto que pagar. Los valerosos cachiqueles se acercaron en completo silencio a la hoguera de los quiches, pasaron imperceptiblemente por el humo y se robaron el fuego, y luego fueron y lo escondieron en las cuevas de sus montañas.
Esas impresionantes escenas del Popol Vuh, es decir, de las antiguas historias del Quiché, forman parte de lo que se ha considerado el mayor testimonio ancestral de los guatemaltecos. En ellas sentimos no solo el frío que a aquellos indígenas les calaba hasta los huesos, sino también el que les invadía el corazón, órgano vital que sus dioses les exigían a cambio de un poco de fuego.
¿Sería que sus dioses carecían de corazón ellos mismos, y que procuraban saciarse de corazones humanos para suplir esa falta?
Lo cierto es que lo que más les hacía falta a los quichés no era fuego sino conocer al único Dios verdadero. De haberlo conocido, hubieran sabido que El ya había procedido de un modo diametralmente opuesto a esos dioses falsos. A diferencia de estos, el Dios de la Biblia nos amó tanto que, en lugar de exigir sacrificios humanos de parte nuestra, El mismo se sacrificó en nuestro lugar.
Cuando nos estábamos muriendo de frío espiritual por falta del calor de su presencia, Dios estableció un requisito para que pudiéramos recibir el perdón de pecados que nos separaban de El. Pero no exigió el derramamiento de sangre nuestra mediante la entrega de nuestro corazón físico a El, sino el derramamiento de la sangre de su Hijo, que se hizo hombre y nos entregó su corazón al morir por nosotros.
Así que Dios no espera que hagamos nada para merecer el fuego de su presencia en nuestra vida. No es posible, porque El ya lo hizo todo. Pero sí espera que nos apropiemos de ese fuego entregándole nuestro corazón, no de modo físico sino espiritual, y no por obligación sino de buena voluntad, pues es allí donde El quiere que arda su presencia.
De tal manera amo Dios al mundo que dio a su único Hijo, para que todo aquel que en el crea, no se pierda mas tenga vida eterna. Juan 3,16
Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros. Romanos 5,8
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Viernes 03 de Febrero de 2012
Viernes 4ª semana de tiempo ordinario
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Santoral: Blas,Oscar
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Eclesiástico 47,2-13
De todo corazón amó David a su Creador, entonando salmos cada día
Como la grasa es lo mejor del sacrificio, así David es el mejor de Israel. Jugaba con leones como con cabritos, y con osos como con corderillos; siendo un muchacho, mató a un gigante, removiendo la afrenta del pueblo, cuando su mano hizo girar la honda, y derribó el orgullo de Goliat. Invocó al Dios Altísimo, quien hizo fuerte su diestra para eliminar al hombre aguerrido y restaurar el honor de su pueblo. Por eso le cantaban las mozas, alabándolo por sus diez mil. Ya coronado, peleó y derrotó a sus enemigos vecinos, derrotó a los filisteos hostiles, quebrantando su poder hasta hoy.
De todas sus empresas daba gracias, alabando la gloria del Dios Altísimo; de todo corazón amó a su Creador, entonando salmos cada día; trajo instrumentos para servicio del altar y compuso música de acompañamiento; celebró solemnemente fiestas y ordenó el ciclo de las solemnidades; cuando alababa el nombre santo, de madrugada, resonaba el rito. El Señor perdonó su delito y exaltó su poder para siempre; le confirió el poder real y le dio un trono en Jerusalén.
Salmo responsorial: 17
Bendito sea mi Dios y Salvador
Perfecto es el camino de Dios, / acendrada es la promesa del Señor; / él es escudo para los que a él se acogen. R.
Viva el Señor, bendita sea mi Roca, / sea ensalzado mi Dios y Salvador. / Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor, / y tañeré en honor de tu nombre. R.
Tú diste gran victoria a tu rey, / tuviste misericordia de tu Ungido, / de David y su linaje por siempre. R.
Marcos 6,14-29
Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado
En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: “Juan Bautista ha resucitado, y por eso los poderes actúan en él.” Otros decían: “Es Elías.” Otros: “Es un profeta como los antiguos.” Herodes, al oírlo, decía: “Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.” Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: “Pídeme lo que quieras, que te lo doy.” Y le juró: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.” Ella salió a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?” La madre le contestó: “La cabeza de Juan, el Bautista.” Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: “Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.” El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.
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No tenía bastante con su mujer, quería otra. Nunca tenemos bastante, y destruimos para conseguir lo que queremos. Porque es de sabios alegrarse con lo que hay y es de tontos buscar la felicidad donde ésta no ha estado jamás: en la envidia.
Herodes consiguió la mujer de su hermano, una víbora que le malogró la vida. Porque hasta de noche soñaba con que Juan lo perseguía. Lo perseguía su propia conciencia, y el infierno.
Veía, como su padre, enemigos por todas partes. Degollaba al Bautista, pero nunca lo mató bastante, porque lo veía resucitado en Jesús.
Y es que no podemos degollar a Dios.
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El Banquero y el Pescador

Un banquero de inversión estaba en el muelle de un pueblito caribeño cuando llego un botecito con un solo pescador. Dentro del bote había varios atunes amarillos de buen tamaño. El banquero elogió al pescador por la calidad del pescado y le preguntó cuanto tiempo le había tomado pescarlos.
El pescador respondió que sólo un poco de tiempo. El banquero luego le preguntó porque no permanecía más tiempo y sacaba más pescado. El pescador dijo que el tenía lo suficiente para satisfacer las necesidades inmediatas de su familia.
El banquero luego preguntó: Pero, ¿que haces con el resto de tu tiempo?
El pescador dijo: Duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, tomo siesta con mi señora, María, y todas las noches vamos a la iglesia. Tengo una vida placentera y ocupada.
El banquero replicó: Soy un MBA de Harvard y podría ayudarte. Deberías gastar mas tiempo en la pesca y con los ingresos comprar un bote más grande, con los ingresos del bote más grande podrías comprar varios botes y eventualmente tendrías una flota de botes pesqueros. En vez de vender el pescado a un intermediario lo podrías hacer directamente a un procesador y eventualmente abrir tu propia procesadora. Deberías controlar la producción, el procesamiento y la distribución. Deberías salir de este pequeño pueblo e irte a la capital, donde manejarías tu empresa en expansión.
El pescador preguntó: Pero, ¿cuanto tiempo tarda todo eso? A lo cual respondió el banquero: Entre 15 y 20 años.
¿Y luego qué?
El banquero se rió y dijo que esa era la mejor parte. Cuando llegue la hora deberías anunciar un IPO (Oferta inicial de acciones) y vender las acciones de tu empresa al público. Te volverás rico, tendrás millones.
Millones… y ¿luego qué?
Dijo el banquero: Luego te puedes retirar. Te moverás a un pueblito en la costa donde puedas dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con tus hijos, hacer siesta con tu mujer e ir todas las noches a la iglesia.
El pescador respondió: ¿Acaso eso no es lo que tengo ya?
Cuantas vidas desperdiciadas buscando lograr una felicidad que ya se tiene, pero que muchas veces no vemos
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Sábado 04 de Febrero de 2012
Sábado 4ª semana de tiempo ordinario
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Santoral: Andrés Corsino, Gilberto
1Reyes 3,4-13
Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo
En aquellos días, Salomón fue a Gabaón a ofrecer allí sacrificios, pues allí estaba la ermita principal. En aquel altar ofreció Salomón mil holocaustos. En Gabaón el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: “Pídeme lo que quieras.” Respondió Salomón: “Tú le hiciste una gran promesa a tu siervo, mi padre David, porque caminó en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón; y le has cumplido esa gran promesa, dándole un hijo que se siente en su trono: es lo que sucede hoy. Pues bien, Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?”
Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: “Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti. Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama, mayores que las de rey alguno.”
Salmo responsorial: 118
Enséñame, Señor, tus leyes.
¿Cómo podrá un joven andar honestamente? / Cumpliendo tus palabras. R.
Te busco de todo corazón, / no consientas que me desvíe de tus mandamientos. R.
En mi corazón escondo tus consignas, / así no pecaré contra ti. R.
Bendito eres, Señor, / enséñame tus leyes. R.
Mis labios van enumerando / los mandamientos de tu boca. R.
Mi alegría es el camino de tus preceptos, / más que todas las riquezas. R.
Marcos 6,30-34
Andaban como ovejas sin pastor
En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.” Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.
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Jesús hasta cuando descansa lo hace con sus apóstoles. Descansar es escucharles, hablarles, compartir con ellos. Pero hay otros muchos que quieren descansar con él y que, aparentemente, no le van a dejar descansar. Al contrario, la misericordia no se le ha agotado, y descansa con ellos comunicándosela.
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CUENTALO TODO

Esperad en El en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de El vuestro corazón; Dios es nuestro refugio. Salmo 62,8
Un empleado que me ayudó a comprar una pequeña grabadora digital de voz me contó que el tenía una igual cuando trabajaba en California. “Cuando comenzaba el camino de regreso a casa, después del trabajo, la encendía y hablaba sobre todo lo que había sucedido en el día, lo bueno, lo malo. Cuando entraba el coche al garaje, apretaba el botón para borrar todo”. Luego sonrió.
Después de contarle todo a su grabadora de voz, aparentemente no tenía necesidad de hablar de los problemas del día con la esposa ni con la familia. Esto me recordó con cuanta frecuencia suelo contarles, sin necesidad, las decepciones y los problemas a otros, en vez de hablarles de Dios. El salmista escribió: “Esperad en El en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de El vuestro corazón; Dios es nuestro refugio”. En dos ocasiones, habló acerca de esperar tranquilos en el Señor, su roca y su refugio. Si bien hallamos gran consuelo al contarle nuestras dificultades a un amigo, nos perdemos la ayuda mas grandiosa si no las colocamos delante del Señor.
El que no ha dudado en llevar nuestras culpas también está dispuesto a escuchar nuestras oraciones.
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Domingo 05 de Febrero de 2012
5º domingo de tiempo ordinario
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Santoral: Agueda
Job 7,1-4.6-7
Mis días se consumen sin esperanza
Habló Job diciendo: “El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero. Como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mi herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha.
Salmo responsorial: 146
Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.
Alabad al Señor, que la música es buena; / nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. / El Señor reconstruye Jerusalén, / reúne a los deportados de Israel. R.
Él sana los corazones destrozados, / venda sus heridas. / Cuenta el número de las estrellas, / a cada una la llama por su nombre. R.
Nuestro Señor es grande y poderoso, / su sabiduría no tiene medida. / El Señor sostiene a los humildes, / humilla hasta el polvo a los malvados. R.
1Corintios 9,16-19.22-23
¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Hermanos: El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles, me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.
Marcos 1,29-39
Curó a muchos enfermos de diversos males
En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron. “Todo el mundo te busca.” Él les respondió: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.” Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.
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El amor trae casi siempre a todo el mundo detrás.
Jesús marcha y marchan todos los necesitados detrás.
¡Vuelve, Señor! Queremos andar detrás de ti. No queremos que nos dejes. No nos dejes que sin ti no hay luz ni hay alegría. Porque sólo Tú eres el amor. Déjanos llenar por tu luz, que, aunque Tù nos hayas dado tu riqueza, nosotros queremos darte la obediencia, que aunque Tú te hayas humillado hasta la muerte y muerte de malhechor, nosotros queremos compartir tu oprobio.
Tu amor es nuestra gloria y nuestra riqueza.
No tenemos otra, puesto que sin ti sólo hay muerte y olvido.
Ven, Señor
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TRES VIEJOS

Una mujer salió de su casa y vio a tres viejos de largas barbas sentados frente a su jardín.
Ella no los conocía y les dijo: -No creo conocerlos, pero deben tener hambre. Por favor entren a mi casa para que puedan comer algo.
Ellos preguntaron: -¿Está el hombre de la casa?
-No-, respondió ella, -No está. -Entonces no podemos entrar-, dijeron ellos.
Al atardecer, cuando el marido llegó, ella le contó lo sucedido.
¡Entonces ve, diles que ya llegué e invítalos a pasar!
La mujer salió a invitar a los hombres a pasar a su casa.
-No podemos entrar a una casa los tres juntos-, explicaron los viejitos.
-¿Por qué?-, quiso saber ella.
Uno de los hombres apuntó hacia otro de sus amigos y explicó: -Su nombre es Riqueza… Luego indicó hacia el otro. -Su nombre es Éxito… y yo me llamo Amor. Ahora ve adentro y decidan con tu marido a cuál de nosotros tres Uds. desean invitar a vuestra casa.
La mujer entró a su casa y le contó a su marido lo que le habían dicho.
El hombre se puso feliz: -¡Qué bueno! Y ya que así es el asunto, entonces invitemos a Riqueza, dejemos que entre y llene nuestra casa de riqueza.
Su esposa no estuvo de acuerdo: -Querido…, ¿Porqué no invitamos a Éxito?
La hija del matrimonio estaba escuchando desde la otra esquina de la casa y vino corriendo con una idea: -¿No sería mejor invitar a Amor? ¡Nuestro hogar entonces estaría lleno de amor!.
-Hagamos caso del consejo de nuestra hija-, dijo el esposo a su mujer. Ve afuera e invita a Amor para que sea nuestro huésped.
La esposa salió afuera y les preguntó a los tres viejos: -¿Cuál de ustedes es Amor? Por favor, que venga para que sea nuestro invitado.
Amor se puso de pie y comenzó a caminar hacia la casa. Los otros dos también se levantaron y lo siguieron.
Sorprendida, la dama les preguntó a Riqueza y Éxito: -Yo sólo invité a Amor, ¿Por qué también vienen Uds.?
Los viejos respondieron juntos: – Si hubieras invitado a Riqueza o Éxito, los otros dos habrían permanecido afuera, pero ya que invitaste a Amor, donde sea que él vaya, nosotros vamos con él. ¡Dondequiera que hay amor, hay también riqueza y éxito!
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