Escatología de la Spe Salvi Preguntas y respuestas

Escatología de la Spe SaEscatología. Preguntas sobre la Spe Salvi
Preguntas de escatología 1 Sobre la esperanza y la fe en Spe Salvi
1.- ¿Podrías explicar por qué el Papa hace una crítica de la traducción luterana de Heb 11,1?
2.- ¿Podrías repetir la argumentación del realismo de la esperanza a partir de Heb 11,1?
3.- ¿Podrías explicar por qué es importante lo que el Papa dice sobre los sarcófagos cristianos antiguos?
4.- ¿Podrías explicar la argumentación de lo de Onésimo y Bakhita en relación a la esperanza?
Preguntas de escatología 1 Sobre la esperanza y la fe en Spe Salvi. Contestaciones a las preguntas 1-4
1.- La traducción luterana indica que la fe es la garantía de lo que se espera, mientras la que propone el Papa a partir del griego explica que es el fundamento real de lo que se espera.
2.- La argumentación primero en griego explica que la palabra griega se refiere a los bienes. Los bienes recibidos por la fe son superiores a los bienes materiales en que se funda la esperanza de sobrevivir y que se perdieron por mantener la fe.
3.- Los sarcófagos son testimonios de fe, en ellos aparece Jesús como el que salva a la oveja de la muerte o el que, como filósofo, tiene el secreto de la vida y la alegría.
4.- Onésimo y Bakhita son libres ya, por la fe y la esperanza
Preguntas de escatología 2 Sobre el individualismo cristiano en la Spe Salvi
5.- ¿Es cierto que la fe es individualista? Expón la historia de la salvación individual
6.- ¿Cuál es la acusación de individualismo?
7.- ¿Qué argumentos podrías aportar para negar el individualismo soteriológico católico?
8.- ¿Podrían tener algo de razón los que nos acusan de individualismo? ¿De dónde procede ese individualismo?
Preguntas de escatología 2 Sobre el individualismo cristiano en Spe Salvi. Contestaciones a las preguntas 5-8
5.- Antes del exilio no se habla demasiado de escatología pero ya el Dt habla de responsabilidad y retribución individual, cosa que repite Ezequiel (18) Daniel y Jesucristo (Mt 16,27) y declara la Iglesia.
6.- La acusación es de que cada uno busca su salvación personal y eso es egoísmo.
7.- El cristiano se salva amando y buscando la salvación del prójimo
8.- Es posible que alguno se imagine que Dios le salvará odiando a los demás, como los fariseos.
Preguntas de escatología 3 Sobre las escatologías seculares y el individualismo moderno en la Spe Salvi . Preguntas 9-12
9.- ¿De dónde procede el individualismo moderno?
10.- ¿Cuáles son las escatologías seculares?
11.- ¿Cuál ha sido la decepción causada por las escatologías seculares?
12.- ¿Cuál ha sido la acusación de los ateísmos a la Iglesia y cómo responder?
Preguntas de escatología 3 Sobre las escatologías seculares y el individualismo en Spe Salvi. Contestaciones a las preguntas 9-12
9.- Procede del individualismo humanista y renacentista que cuartearon la unidad cristiana medieval en política, pensamiento e ideal proponiendo una especie de caballero andante, un conquistador, un santo…
10.- El Papa afirma que la revolución tecnológica hizo pensar que la felicidad del hombre vendría de la victoria técnica y material sobre el entorno hostil. Tal victoria hacía inútil la fe cristiana. Posteriormente el marxismo ha pretendido un hombre sin pecado original que corrigiera los errores de las desigualdades sociales aun por la fuerza.
11.- Hemos pasado de la honda a la superbomba.
12.- Que la Iglesia es insolidaria, individualista y evasionista. Respondemos con el amor, sólo él salva.
Preguntas de escatología 3 Sobre en la Spe Salvi . Preguntas 9-12
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El papa hace una reflexión sobre el más allá.
Los hombres de ahora necesitan esa reflexión, porque, lo quieran o no, están inclinados al más allá. Están llamados a la muerte. Nada puede impedir su victoria. Aunque nos agarremos y aseguremos esta vida, moriremos. Aunque creemos un paraíso acá, moriremos.
¿Dónde está la verdadera esperanza humana? En Dios, que, estando por encima de vida y muerte, nos ama.
Bakhita, la nueva santa, le sugiere la fe. Ella, la esclava, tan maltratada, llega a conocer al Dios cristiano. Sabe que, por encima de sus sufrimientos, hay un Padre grande y maravilloso en quien espera. Y por Él se vuelve santa. Es una liberación en medio de circunstancias difíciles. Es lo que sugiere la carta a Filemón (4).
1Cor 1,18-31 indica lo mismo: en medio de la pobreza se ha levantado la esperanza. Ella es la libertad de todo (Col 2,8), especialmente del destino y de las leyes aparentemente insalvables de la materia o de los astros, porque la Persona en quien se cree, Jesucristo, es, en medio de su libertad soberana, capaz de dar la vida al hombre. Jesucristo es bueno.
Medita el Papa en las primeras páginas de su encíclica, sobre los sarcófagos (6). Aparece en ellos la figura de Cristo como pastor y como filósofo. El pastor es el del Salmo 22, el que lleva la oveja perdida, encontrada en la muerte y salvada. El filósofo, que aparece en el sarcófago de un niño lleva el evangelio y el bastón del caminante, porque los filósofos ambulantes mostraban verdades y caminos falsos, pero éste se hace patente a todos, sabios e ignorantes, y a nadie engaña.
Jesús, pues, para los primeros cristianos, es la verdadera filosofìa, el verdadero camino, la verdadera guarda del rebaño humano. Los cristianos son aquellos que lo han encontrado.
La carta a los Hebreos, dice el Papa, define en 11,1 a la fe como la base (hipóstasis, sustancia) de lo esperado y la prueba (elencos) de lo invisible. Esa base o sustancia, entendida como algo permanente (el habitus de Santo Tomás) es garantía de todo lo esperado, la vida verdadera. Pues como es un hábito infuso, es decir, una participación objetiva presente de algo que vendrá en plenitud, no una simple confianza subjetiva discutible, puede llamarse garantía. O sea, que la garantía prueba (elenchos) la verdad de lo esperado(7).
En Heb 10,34, la carta inspirada felicita a los cristianos a los que han confiscado los bienes (hiparjonta) y lo han recibido con alegría. Los hiparjonta son aquellas cosas que son seguridad normal de la vida pero que los cristianos abandonan o pierden por la persecución. Y lo pierden sin tristeza, por haber encontrado base mejor de la que fiarse para vivir.
En Heb 10,36 está la palabra hipomoné (paciencia). Con esta palabra la carta indica que es necesario creer perseverantemente en la promesa del Señor, sin desanimarse, así como los judíos esperaban en el Mesías, con certeza porque Dios había dado pruebas de su amor.
También en 10,39 la carta a los Hebreos nos habla de hipostolé (cobardía), la palabra contraria. Con esta palabra, la carta indica la actitud de quien no asume el riesgo de creer, lo cual lleva a la perdición.
En conclusión, tenemos una garantía de la salvación en la que podemos poner la confianza, e incluso perder aquellos bienes en los cuales nos apoyábamos antes. La esperanza es el mayor bien de los cristianos, y se apoya en Cristo. Pecar contra la esperanza sería entonces el mayor de los males.
Con ello, el Papa nos vacuna contra la cobardía y nos pide el testimonio.
Cierto que con ello el Papa también nos ha vacunado contra la inseguridad. La Escatología es absoluta seguridad puesta en Dios, no en nosotros, pero no es ciertamente ciencia-ficción.
Dice el ritual antiguo del bautismo que la “fe da la vida eterna”.
¿Así pues, qué es la vida eterna?
Es claramente la victoria sobre la muerte (10).
Pero esa victoria debe cambiar (performar) la vida.
La fe da la vida eterna, según se pregunta y responde en el bautismo.
El bautismo, así, sacramento de la fe, es la llave de la salvación humana. Es lo que se confiesa en el bautismo, que la vida eterna está en Jesucristo, y en su nombre somos bautizados. No es, pues, el bautismo, sólo un acto de socialización o de acogida en la Iglesia, sino el don de la vida verdadera, que nace de la fe como sustancia de la esperanza.
La vida eterna, es algo que Ambrosio desea para su hermano muerto, Sátiro; no se trata simplemente de la indeseable continuación de la vida actual con sus sufrimientos, sino de otra, feliz, con Dios. Se trata de desear lo que esperamos y alegrarnos así de que el tiempo de lucha acabe para transformarlo en tiempo de victoria.
“No sabemos pedir lo que nos conviene” dice Pablo y comenta Agustín (Rom 8,26) porque la vida eterna no la conocemos perfectamente, pero sí sabemos que somos a ella impulsados.
Es la docta ignorancia. Porque sí sabemos algo, que estaremos con el Señor: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie podrá quitaros vuestra alegría” (Jn 16,22) (CEC 1025).
Pero existe la sospecha que nos repiten continuamente, de la insolidaridad del cristiano. El cristiano, dicen, lo que desea es zafarse de este mundo cobardemente olvidándose de los demás que siguen aquí. Ésa, dicen, es su esperanza. Por ese motivo esa esperanza tiene que ser falsa. Porque no es buena. El Dios de los cristianos, que favorece esa huida, es un Dios falso.
¿Es cierto esto?
La sospecha de que esta vida feliz que esperamos pueda ser individualista y antisolidaria (13) es una sospecha marxista.
Nunca hemos dicho de salvarnos solos. Si nos salváramos solos sí seríamos infelices. Queremos salvar a todos, y por eso nos arriesgamos predicando el evangelio. Deseamos la salvación de todos porque venimos con Cristo a amar a todos.
Esperamos una ciudad (Heb 11.10-13,14). Sólo el pecado separa y es insolidario; la salvación, pues, debe ser una reunión, y, por eso, el precepto es el amor, buscar a la oveja perdida (1Tim 1,5).
Ese amor debe ser superior a las circunstancias en que nos movemos por duras que sean, y es una luz para interpretarlo todo. Para Agustín incluso la entrada de los bárbaros, ruina de Roma, supone la extensión del evangelio, de la cual nos debemos alegrar, y la providencia divina, que hará un mundo mejor.
El antiguo mundo era el del derecho y la libertad.
El nuevo también será un mundo a construir, como vemos en Bernardo de Claraval, cuyos monjes no huyen, pues tienen una responsabilidad con la Iglesia (15), pues el mundo subsiste gracias a unos pocos, que, si desaparecieran, harían desaparecer al mismo mundo (Pseudo Rufino). Los monjes trabajan agrícolamente, trabajo en el que se esfuerzan los aristócratas como Bernardo y sus familiares. Es una imagen del Paraíso, puesto que se talan los árboles de la soberbia, se extirpan las hierbas inútiles y se prepara el terreno para el crecimiento de la vida. No se trata de construir un mundo donde los pobres sean excluidos, sino de construir un mundo donde los pobres sean comprendidos. Por eso trabajan con sus manos los aristócratas.
Entonces la reducción a la privacidad, como si se tratara de un asunto individual, del tema del futuro absoluto del hombre, no procede de la fe. Debe proceder de otro lado.
La pregunta que se hace el Papa después es una pregunta difícil. Si la esperanza es social ¿cómo se ha desarrollado la individual?
La respuesta (16) está en el individualismo moderno, por un lado, y en el desprecio de la fe, relegándola a la esfera de lo individual, y casi de lo antisocial, por otro. Las esperanzas sociales han sido monopolizadas por las esperanzas políticas e intramundanas desde el ocaso de la edad media. En esa situación la fe tiende a ser casi de catacumbas. Ya no es la fe en diálogo con el mundo, sino la fe que se defiende del mundo que la quiere absorber.
En ese momento la huida del mundo es no huida de la responsabilidad, sino salvar lo máximo posible en el naufragio general, y lo más importante, es decir, yo. Porque un mundo donde yo no sea salvado no es un mundo salvado. Mi fe, la mía, debe también salvarse, porque es la esperanza de la fe de los otros. La esperanza del mundo.
El Papa, sin entrar en el proceso de rebeldía que caracterizó la Edad Moderna contra la Iglesia, y que tuvo como aliados a la Ciencia y a la Tecnología, pero también a la imprenta y a la misma Reforma Protestante, que negaba la trascendencia de la Iglesia, estudia de momento a Francis Bacon. Su lema es la victoria de la técnica sobre la naturaleza. Si la naturaleza hasta ahora era signo de la voluntad divina, ahora es el hombre, que, con sus inventos, la pone a su servicio y se salva de una antigua esclavitud, haciendo con su técnica posible el paraíso, donde todo está bajo el hombre. Pero es un paraíso con serpiente. Ésta está donde se niegue a Dios. Y es claro que el hombre le ha sustituido, y se conforma con un mundo redimido materialmente y con una vida, más acá de la muerte, de donde espera la felicidad. La fe en Dios se diluye ante la fe en el progreso que se piensa hará del hombre un ser maravillosamente bueno.
El hombre domina el mundo con su razón y camina hacia una prometida libertad (18). Ambos conceptos se oponen a la fe y a Dios, pero también poseen potencialidades políticas que darán pie a la muerte en las guerras de liberación y guerras mundiales. La Revolución Francesa fue la primera etapa. Kant, por ejemplo, llamaba a cambiar de la fe eclesiástica a la fe racional, donde veía el Reino de Dios, un reino de Dios sin Dios, en su primer escrito de reflexión sobre la Revolución Francesa (“Victoria del buen Principio”. 1792). Sin embargo, en 1795, en su obra “Fin de todo”, Kant piensa que el progreso no es necesariamente bueno, sino que puede ser malo, y por tanto, acabar mal. Ya es un paso en la buena dirección.
La segunda etapa la constituye, tras el desarrollo rápido de la industria y de la empresa, el marxismo como idea que lleva a corregir los excesos de la lucha de clases y la opresión sobre los obreros que describe, con tintes de explotación, tan claramente Lenin, con la dictadura del proletariado o victoria final. Parece mentira que se crea mecánicamente que el dinero maneja al mundo y que el proletario está libre de esa ambición. La fe en la ciencia se ha cambiado por un lado en la fe en la política, y la fe en el hombre de la antigua Revolución Francesa, por la fe en el proletario.
La situación de injusticia que la Revolución Marxista generó permaneció hasta los días del 1989 en que cayó a pedazos toda la mentira y la miseria del marxismo. Olvidó que el problema está en el hombre y que su libertad es también para el mal. Dice el Papa: “Theodor Adorno expresó de manera drástica la incertidumbre de la fe en el progreso. Visto de cerca, sería el que va de la honda a la superbomba. La ambigüedad del progreso es evidente. Indudablemente ofrece nuevas posibilidades para el bien, pero también abre posibilidades abismales para el mal, posibilidades que antes no existían. Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior (cf. Ef 3,16; 2Cor 4,16) no es un progreso sino una amenaza para el hombre y el mundo”.
Los cristianos (22) tienen un mensaje para el mundo, y una esperanza.
“La razón es el gran don de Dios al hombre” pero ¿es razón en sí la que se aparta de Dios o cuando se vuelve ciega para el prójimo, o busca el poder quedando ciega para el bien? Si el progreso lo es cuando la misma razón que busca la técnica busca el bien, entonces una razón que se aparta de la verdad no es razón, y la verdad no está en oposición a las fuerzas salvadoras de la fe.
No se puede hablar de libertad cuando la libertad del que no respeta el bien constituye una amenaza para los demás. La verdadera libertad, si es buena, debe ser una especie de acuerdo entre la libertad de todos en la búsqueda del bien común.
La libertad la tenemos para decidirnos a trabajar autónomamente por la búsqueda del bien, es decir, de Dios, entendido que la voluntad de Dios y el verdadero bien del hombre coinciden, porque Dios no es un vampiro que le arranca al hombres sus fuerzas, como decía Marx.
Un Reino de Dios, como veía Kant, sin Dios, resulta perverso. Porque el hombre se volvería Dios. Ese hombre no quiere obedecer, sólo mandar. Pero para conocer verdaderamente a Dios hace falta que Él se revele. Y por eso la fe entra en la esperanza de salvación para el hombre (23). Y el Dios revelado, Jesús, es, inesperadamente, humilde.
Nos damos cuenta sin embargo de que el progreso científico es prácticamente continuo mientras que el moral es discontinuo. Es decir, que mientras el progreso material acumula saberes hacia un mayor dominio de la naturaleza, el progreso ético y moral no, porque cada ser humano tiene que realizar sus decisiones como si fuera el primer hombre; no valen para ello los progresos de santidad de personas anteriores, ni siquiera su propia trayectoria de honestidad o santidad. La libertad es así porque puede rechazar los logros morales anteriores, o aprovecharlos.
De ahí que por buenas que sean las estructuras sociales, o esté garantizada la estabilidad económica, o sea justa la distribución de los bienes y honesta e igualitaria la transmisión de conocimientos, cada ser humano decide. Los mejores medios funcionan sólo cuando los hombres se adhieren al bien. La convicción del bien debe ser conquistada comunitariamente siempre de nuevo. No existe un paraíso seguro en la tierra y nadie lo puede prometer sin mentir. Las estructuras no crean ese paraíso. Hay que intentar las mejores leyes, los mejores ordenamientos, como garantía para el futuro, etc. El hombre no puede ser redimido por la ciencia. Hay que hacer el esfuerzo por hacer mejor la vida del hombre. Pero no, por tener más, somos más. Por eso, la libertad es lo importante (25).
Si no existe una promesa de salvación en los logros técnicos, la promesa de salvación cristiana no es sólo para después de la muerte ni es una promesa individualista. La salvación universal de la ciencia no existe, sólo el bien y la búsqueda del bien pueden dar, si se hace comunitariamente esa búsqueda, alguna esperanza para el ser humano en este mundo y también para la vida del más allá.

El hombre es redimido no por la ciencia sino por el amor. Al que peca, la redención consiste en amarlo para salvarlo. Fuimos creados por amor y sacados de la nada por amor. Sólo el amor puede redimir. Sólo el amor al bien es la respuesta adecuada al amor con que hemos sido amados.
El amor es la buena noticia. Todos tenemos esperanzas y amamos a alguien, o a algún logro, o somos por alguien.
Nos sostenemos por esos amores, por la esperanza que suscitan. Nos apoyamos en la fortaleza que dan esos amores.
Pero esas esperanzas mueren, los amores de este mundo son frágiles, unos porque nos hacen desear cosas que no dan la verdadera alegría, sino que decepcionan, otros porque aunque son verdaderos, no son fieles, sino pasajeros, porque el pecado impide un amor total y sin condiciones.
Ahora, sin embargo, hablamos de alguien que nos ama eternamente y nos ama sin condiciones. No está condicionado ni por la muerte, ni por nuestro buen comportamiento, ni por aquello que vea en nosotros digno de ser amado, ni por otras causas. Somos amados porque Él es fiel a un amor en el que ha demostrado cuáles son las condiciones: simplemente no existen. El Padre del Hijo Pródigo no ama con condiciones y no pone condiciones al perdón.
Nos ha dado su hijo que ha venido hasta nosotros y nos ha amado a los que lo matábamos, hasta la muerte.
La felicidad que prometía la técnica era para este lado de la vida. No otra era la felicidad que prometía Bacon, o la Ilustración y la Democracia, o Kart Marx, con el añadido de que, por defectos de pensamiento, era imposible: pensaban que el progreso era naturalmente el fin del sufrimiento, o que el ser humano era bueno de por sí.
Ahora se trata de una felicidad, de un amor redentor, que salta la muerte, que es eterno.
En el sentido intramundano el amor es el que da sentido a la vida. Pero el amor en este mundo es algo frágil y se destruye por la muerte. El amor sin condiciones, sin muerte, es el de Dios: “Ni muerte, ni vida…podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rom 8,38-39).
“Si existe ese amor absoluto y su certeza absoluta el hombre es redimido”, dice el Papa. Por eso decimos que Jesucristo nos ha redimido. Ha venido a este mundo. Ha dado la vida. Estamos seguros de Dios. “Cada uno puede decir de Él: ‘vivo de la fe en el Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí’ (Gal 2,20)” (26).
Es un amor, el de Jesús, que no desprecia, en nombre del conjunto, al hombre individual. Es un amor tan personal que escandaliza, porque une el bien común al bien individual de cada uno (porque no existe, verdaderamente, un bien común que no sea al mismo tiempo bien individual, y esto no es egoísmo. Los hombres no están obligados a amar otra cosa, de algún modo, que su propio bien, puesto que el de los demás es pasado por el tamiz del yo).
Y, sin embargo, al contagiar ese amor que Jesús nos tiene, es un amor que pide ser correspondido del mismo modo, y, por ello, también respeta la libertad de la respuesta. De esa libertad también depende la redención de cada uno.
“En este sentido, es verdad que, quien no conoce a Dios, aun teniendo muchas esperanzas que lo mantienen vivo, carece de la gran esperanza que sostiene toda la vida ” (27). La esperanza que resiste los obstáculos es la que está puesta en Dios, que nos amó y nos sigue amando hasta el extremo, hasta el total cumplimiento .
“Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente ‘vida’. Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza, de la fe se espera la vida eterna, vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente la vida en plenitud ”. La vida en plenitud es la relación de amor con el Señor, que no muere, que es el amor y la vida en persona.
El Papa se plantea ahora de nuevo si esto no es el individualismo de la salvación, una salvación egoísta (28).
Máximo el Confesor, tras haber puesto la relación con Dios por encima de todo, explica que quien ama a Dios tiene que compartir sus bienes. Del amor a Dios se deriva la participación de la bondad y justicia divinas y la libertad interior respecto de lo material y en la responsabilidad para con el otro. Agustín, que quiere entrar en el monasterio, en la alegría de una entrega a ver al Dios que ha conocido al convertirse, comprueba inmediatamente cómo el Obispo lo ordena sacerdote por sorpresa. Dios le ha encargado inmediatamente la misión: “¿Me amas? Apacienta…”. Si Cristo murió por todos, vivir para él significa dejar que él haga lo que quiera conmigo y él quiere amor para los hermanos, misión : “Aterrado por mis pecados y por el peso enorme de mis miserias, había meditado en mi corazón y decidido huir a la soledad (parecemos estar escuchando al cura de Ars que quería dedicarse a llorar los pecados de su pobre alma). Mas tú me lo prohibiste y me tranquilizaste diciendo: Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí sino para él que murió por ellos”, dice San Agustín .
La vida nueva de este santo es la siguiente: “Corregir a los indisciplinados, confortar a los pusilánimes, sostener a los débiles, refutar a los adversarios, guardarse de los insidiosos, instruir a los ignorantes, estimular a los indolentes, aplacar a los pendencieros, moderar a los ambiciosos, animar a los desalentados, apaciguar a los contendientes, ayudar a los pobres, liberar a los oprimidos, mostrar aprobación a los buenos, tolerar a los malos y, pobre de mí, amar a todos” . El saludable temor de Dios, que causa esa ansia de estar a la altura de su amor y la inquietud por un futuro del que somos indignos, es lo que hace que este santo, testigo de la esperanza en medio del Imperio que se derrumbaba, ponga su esperanza en Dios y en la vida eterna sin negar el misterio de la providencia divina en este mundo, y participe con todas sus fuerzas en el sostenimiento espiritual y temporal de sus conciudadanos. La esperanza se funda en la intercesión de Cristo por todos. “Si no nos amara desesperaríamos”, nos dice este santo. El amor nace de una esperanza que ya no es humana, y que, por tanto, no tiene miras humanas. El santo se dedicó a los sencillos de Hipona, su nueva patria.
Repitiendo (30), digamos que las esperanzas sostienen, pero cuando son humanas acaban por decepcionar del gran deseo humano, el santo Padre nos invita a adquirir o alimentar la verdadera esperanza. El hombre nació para Dios. La época moderna ha pensado en la instauración de la felicidad sin Dios, sólo con la ciencia o la política, con un reino del hombre que piensa en Dios como en un intruso . Pero ha fracasado esa esperanza en la autonomía humana. No sirve para los hombres de hoy, y ni siquiera para los del mañana. Mucho menos para mí. Para poder realizarla se amenazó, se esclavizó, se asesinó, y, sin embargo, jamás se logró. Hurtó la libertad para nada. Y, además, mató al ser humano individual, concreto, puesto que le robó su alma. Era un ser que, de no tener lo material, nada es. Porque en la posesión material está su poder, seguridad y futuro. Perdió la distinción entre bien y mal, puesto que no había un punto de referencia que justificara la vida del hombre concreto y aparentemente inútil.
En el fondo, cada día da la razón a una esperanza que salve también a los pequeños, pero sobre todo a los inocentes, un amor que haga su vida valiosa, y la del que se entrega por ellos, que llegue hasta mí y también a todos, es decir, el amor de Dios (31). Su reino es no imaginario, sino el que nos alcanza también a nosotros, en la posibilidad de perseverar en un mundo imperfecto, para desear y construir algo digno de Él, una vida que sea verdaderamente vida, porque tiene amor.

(Oración). Cuando nadie me escucha, Dios sí. La oración, por tanto, es imposible sin esperanza y la alimenta la esperanza (32) . Si nadie me ayuda, Dios sí. Si nadie me acompaña, Dios sí. La oración en la cárcel es la fuente de la esperanza. Después es la que, semilla, hace nacer la sonrisa.
El hombre, creado para Dios, sin embargo, con el pecado, reduce su deseo. Basta con la manzana del paraíso, comprada a bajo precio aparentemente, y visible, en lugar de una felicidad futura e invisible. Y la manzana envenenada le roba precisamente a Dios, y, por ello, su precio es enorme. El hombre paga con su vida, con su esperanza y con la vida eterna.
Por eso, devolver al hombre la dimensión auténtica de su esperanza es volver a hacer nacer en él el deseo grande, digno de Dios: desear lo que Dios promete, Dios mismo. Ésa es la tarea de la esperanza que la oración sostiene. Pero para ser capaz de recibir el don de Dios es necesario vaciar el alma de lo que la llena. Por eso la esperanza nace y obliga a pedir perdón.
Es necesario ello para vaciar el alma del pecado y de su sabor triste y amargo, y sustituirlo por una verdadera hambre de algo bueno y grande, de algo maravilloso y personal, el amor de Dios por el ser humano. La libertad posterior y la anchura de un amor que corresponde al que Dios me tiene da como resultado un corazón que comparte la misión divina y en el que entran todos los hombres.
“Rezar no significa salir de la historia y retirarse al rincón privado de la propia felicidad, sino la purificación interior que hace capaces para Dios y por eso capaces para los demás”, nos dice el Papa.
El que ora aprende a pedir lo que es digno de Dios. No puede pedir lo banal, sino, purificado en sus deseos, liberado de las mentiras que Dios escruta, y confrontado con la presencia de Dios que me habla, ora con confianza. Ora sin presumir de inocente (Sal 19,13), sino convicto de culpa, ante el Dios que perdona y ama sin condiciones.
El que ora, por ello, se siente obligado a amar y a perdonar a todos, pero ¡muy obligado!(Mt 18,23-35). Hasta el punto de que un perdón el que doy a mi prójimo, condiciona al otro, el que Dios me da. Y al contrario, contagiado por el de Dios, puedo amar al prójimo. El amor al prójimo se transforma así en expresión del que Dios me ha dado. Si perdono es porque es sido perdonado. Pero si no he sido perdonado, no perdono.
Entonces he entrado a vivir con la capacidad de Dios, porque he aceptado el Bien con todas sus consecuencias.
Pero la oración es un don, un don compartido. Por eso las oraciones de Jesús, tan concretas, son comunitarias, no nos invita a orar así: “Padre mío”, sino “ Padre nuestro”.
La purificación consiste también, por ello, en purificarnos del gusto de la propia reflexión para entrar en la unidad y la obediencia de la reflexión de la Iglesia, y de Cristo en ella. Por eso oramos con palabras previas que se ponen en nuestros labios, con la oración litúrgica.
Que la mente se una a la voz. “Mens concordet voci”, que decía San Benito y repite el Papa. Van Thuan cuenta que durante períodos largos tenía que orar con las oraciones que aprendió de niño.
En la oración tiene que haber esa interrelación entre la oración pública y la personal porque así podemos hablar a Dios y Dios nos habla a nosotros. Nos purificamos del orgullo, del individualismo, del juicio, puesto que hacemos una oración pobre, universal, donde obedecemos.
A través de estas purificaciones nos volvemos idóneos para servir a los demás. Y les servimos abriéndonos a la esperanza, puesto que nos volvemos capaces de esperanza y la damos a otros. Así evitamos que este mundo acabe perversamente , manteniendo por la oración al mundo abierto a Dios.
Por la oración vivimos, pues, superando las esperanzas simplemente humanas, una esperanza que es verdaderamente digna del ser humano, una esperanza donde entran todos los hombres y todo lo humano.

(Actuación y sufrimiento, lugares de esperanza) También aprendemos a esperar (35), evidentemente, en el actuar y en el sufrir .
“Toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto”, lo es cuando tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas, solucionar éste o aquel otro cometido, colaborar con nuestro pequeño esfuerzo para que el mundo ruede algo más luminosa o humanamente y se abra así el futuro.
Pero existe la decepción, el fracaso. Si eso no está tocado por la esperanza total de Dios, todo se vuelve oscuro. Porque Dios está también en el fracaso levantando la esperanza humana a la sobrenatural. No todo lo podemos esperar de las autoridades políticas o económicas. Sólo la gran esperanza, que está custodiada por el poder indestructible del Amor, puede dar sentido a las frustraciones diarias y a los problemas y evitar el hundimiento de la persona.
No podemos construir el Reino de Dios con nuestras fuerzas, lo que hacemos es siempre humano, un reino del hombre. Pero precisamente porque el Reino de Dios no queda destruido por la destrucción del reino del hombre es por lo que podemos conservar la esperanza de que ese don, el Reino de Dios, persiste. Se trata de una plusvalía a todas nuestras pequeñas realizaciones, que resultan valiosas en orden a ese Reino. Ninguna lágrima se pierde, ninguna buena obra deja de abrir el Reino a los hombres, ningún perdón de Dios sobre el mal del hombre, es simplemente un nudo feo, sino que es una reconstrucción y una lección.
Aunque humanamente parezca todo fracasado, podemos liberar el mundo de las intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro simplemente con la verdad y el amor al bien, y limpiar las fuentes de la creación. La autoridad de la verdad es eterna porque Dios la defiende. No importa demasiado el aparente fracaso.
Y también el sufrimiento forma parte de la existencia humana.
El sufrimiento debe ser evitado en lo posible (36). De algún modo está relacionado con la culpa y con la limitación humana.
Disminuirlo o impedirlo, sobre todo en los inocentes, aliviarlo en cuantos se pueda, son deberes de la vida realmente humana y de la experiencia cristiana .
Extirparlo totalmente, desde nosotros, es imposible, porque no podemos dejar de ser limitados y porque el pecado estará hasta el fin del mundo.
Pero ahora queremos ver qué puede hacer Dios contra el sufrimiento.
Ha eliminado la culpa sustituyéndola por el perdón. Ha venido hasta el buen ladrón para que sepa que Dios sabe lo que está pasando. Ha acompañado a Zaqueo haciéndole capaz de enfrentar la pobreza o la humildad.
En todos ha puesto esperanza. Pero la superación de la limitación totalmente está sólo en esperanza. Esa esperanza da el valor para ponernos de parte del bien, como los Apóstoles en Pentecostés. La presencia terrible que marca la culpa en la historia es vencida por esa esperanza.
Ocurre algo, cuando intentamos evitar todo dolor nos volvemos esclavos de cualquier dolor. Cuando asumimos la vida completa, también con sus dolores, con la fuerza enorme de la esperanza, con la confianza puesta en Dios, entonces el miedo huye y el dolor ya no quita el sueño.
La capacidad de madurar en la tribulación y encontrar en el sufrimiento un sentido mejora al hombre (37).
“Dios está siempre conmigo. Con su gracia reboso de alegría” grita Pablo Le-Bao-Thin, mártir vietnamita, en su prisión. Su carta, escrita desde el infierno, donde el mal está desencadenado, manifiesta la presencia de Dios ahí. Y llena de esperanza. El ancla del corazón llega al trono de Dios. El sufrimiento se vuelve alabanza.
La grandeza del ser humano está en relación directa con su relación con el sufrimiento y el que sufre. La esperanza es la que da motivo a la compasión.
El hombre y la sociedad están llamados a la compasión. Ésa es la grandeza del ser humano (38). Pero es imposible encontrar en el sufrimiento ajeno un sentido si uno no logra encontrarlo en el propio. Es más, cuando encuentro un sentido al sufrimiento propio puedo cargar con el ajeno. Cuando ese sufrimiento queda transfigurado por el amor ya no prevalece mi comodidad o mi incapacidad de sufrir, sino que prevalece la verdad y la justicia en vez de la violencia y la mentira. El amor siempre exige renuncias a mi yo en las cuales me dejo modelar y herir. No existe el amor sin ese dolor.
Si esa capacidad de sufrir se perdiera se perdería la humanidad. Pero ¿es posible en nosotros esa capacidad de sufrimiento por el amor al otro?
El pecado ha destruido precisamente esa capacidad. El perdón y la renovación del hombre por Cristo es precisamente por eso la reconstrucción del ser humano auténtico puesto que le devuelve el amor que le permite la capacidad de dar y sufrir. Incluso ha devuelto al ser humano su valor, puesto que si un ser humano no tuviera valor estaríamos imposibilitados para sufrir por él. El valor de un ser humano es la sangre de Cristo.
En cada pena humana está Jesucristo padeciendo. La consolación de Cristo consiste en su presencia junto al crucificado por la vida, estando Él mismo también crucificado. En ese consuelo aparece la esperanza. La esperanza es la que hace pasar las pequeñas o grandes pruebas. Pero en las grandes necesitamos grandes esperanzas. Sólo así anteponemos la verdad a la profesión a la posesión o a la comodidad. El mártir sabe que la verdad es Cristo, que vive y por eso lo antepone a la misma vida. Los santos han estado repletos de la gran esperanza.
Ofrecer cada día las pequeñas penas en el holocausto de la gran esperanza. Consolar y animar mientras nosotros mismos necesitamos descanso o consuelo es, justamente, posible dentro de ese milagro del ser humano que es la esperanza puesta en el Señor, ese milagro que es la participación, la unión con el Crucificado. Es perfectamente sensato y es la esperanza del mundo.Y esa compasión debe ser de toda la sociedad.
Porque una sociedad que excluye al que sufre no es digna de ser llamada humana.
Pero no se trata de que no quiere compadecerse, se trata de que no es capaz de encontrar un sentido al sufrimiento y opta por lo más fácil: suprimir al sufriente para que el sufrimiento, que hace la vida invivible, no le perjudique más.
Sin embargo, cuando yo me compadezco, hago mío el sufrimiento del otro, lo comparto y considero que es una grandeza poder sufrir con esperanza. Consolar significa, etimológicamente, compartir la soledad del sufrimiento.
Cuando sufro por amor al bien, el sufrimiento adquiere un valor enorme. En un mundo corroído por la mentira y la violencia, el sufrimiento por la verdad y la justicia, sufrir por el amor, es verdaderamente algo valioso en sí mismo, aunque sería imposible si no se diera la esperanza. Y todo amor exige renuncia. Porque cuando no hay renuncia el amor es imposible, sólo queda el egoísmo.
La pregunta sobre si somos capaces de ese amor sufriente, henchido de esperanza viene de la mano con aquella de si el otro es digno de tal amor (39).
Sólo la fe cristiana, en la historia de la humanidad ha respondido que sí. Desde que Jesucristo ha sufrido por nosotros, hemos reconocido el valor del hombre, pecador incluso, cuando es amado y subsiste la esperanza en su propia conversión, esperanza que Dios siempre mantiene, en la que Dios nunca se da por vencido.
Sin embargo, el compasivo, es decir, el impasible que padeció, para poder salvar ha saltado la muralla entre Dios y el hombre, porque sabía que la con-solación no podía venir simplemente del sufrimiento, sino del encuentro. Porque padecer con nosotros es lo que cambia nuestro padecimiento. Eso es lo que se observa en el buen ladrón. Su esperanza disuelve nuestra desesperación, sin eliminar las condiciones objetivas.
Por eso es posible lo que se ha observado en los mártires. En las grandes pruebas sólo sostiene la gran esperanza. Ésta hace preferir el bien a la comodidad, e incluso a la vida.
Resumiendo, la capacidad de sufrir por amor a la verdad es el criterio de humanidad, pero ésta es imposible sin una gran esperanza. Y ésta es imposible sin Jesucristo, que consuela y acompaña.
Cada día se incluyen las pequeñas dificultades en esa capacidad de confiar que Jesucristo sostiene desde la cruz, desde su amor y su compasión (40). Es, precisamente, la voluntad eucarística de levantarnos cada día a la gran esperanza.

(El juicio, lugar de esperanza). Cada día debemos de ver la vida desde la esperanza, es decir, juzgarla desde el final (41). El fin, que es lo primero en el orden de la intención, debe ordenar cada instante de nuestra vida, y, por tanto, levantarla, porque le da sentido.
Cuando hablamos de que Dios juzgará a vivos y muertos no queremos simplemente acentuar el miedo. También la seriedad de los momentos de nuestra vida y su valor provienen de este juicio objetivo. Pero queremos, sobre todo, venir a subrayar el valor inprescriptible de cada obra de amor, puesto que, en el juicio tiene un valor eterno.
La fe en Cristo no mira sólo atrás (el amor con que hemos sido amados que nos pide una correspondencia, una fidelidad), ni arriba (el amor con que ahora somos auxiliados y valorados) sino adelante, al futuro (el amor con que seremos salvados que confiere su valor definitivo al mismo presente).
El juicio no debe ser, pues, contemplado sólo como amenaza, lo cual cautiva, evidentemente y de modo espontáneo, el alma de los artistas y de los pecadores, sino como momento de salvación, que cautiva el alma de los santos, pero también debe llenar de esperanza el alma de todos los hombres.
El ateísmo de estos últimos siglos ha sido una protesta contra un Dios que, si consiente el mal en el mundo, es cruel, o es incapaz. Por eso queda al hombre restablecer el bien, la moral, y el mundo debe ser devuelto al hombre.
Pero ese asumir las injusticias haciendo justicia por la propia mano, sin esperanza muchas veces ni siquiera humana, ha resuelto la crueldad con mayor crueldad. El problema del hombre es que cuando cree inocentemente en sí mismo, se equivoca y mata. Pero cuando cínicamente mangonea todo, yerra y mata más. No hace falta decir que Horkheimer y Adorno han criticado, como ateos, a Dios, pero han llegado a la conclusión de que, cuando el hombre lo sustituye, todavía todo es peor. Dicen que Dios es algo que debemos amar, pero que no existe, nadie puede pretender hacerse una imagen de Él porque sería radicalmente falsa. Se trata de algo semejante a la teología negativa.
Sólo queda, en oposición al idealismo, la resurrección de los muertos, donde el sufrimiento pasado quede irrevocablemente vencido y la justicia hecha. Pero eso, para los ateos, infinitamente deseable, es imposible.
Sin embargo, dice el Papa (43), el IV Concilio de Letrán, que habló de que nuestras imágenes de Dios eran siempre inadecuadas, no se opone a ese “Dios darse a sí mismo una imgen” en Cristo venido en carne” y crucificado. En este crucificado Dios ha revelado su rostro en el que sufre y comparte la condición del hombre abandonado de Dios, de modo que la compasión es el rostro de la esperanza, del hombre y de Dios. En esa compasión se ha dado la reconciliación y la paz. Dios existe, y sabe crear la justicia de un modo inconcebible para el hombre.
La justicia es el argumento más fuerte para la vida eterna. La injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, y por eso es necesaria la vuelta de Cristo y la vida eterna, la vida nueva.
La protesta contra Dios en nombre de la justicia no vale. La injusticia la ha hecho el hombre, la esperanza Dios (Ef 2,12). La imagen del juicio no es terrorífica, sino esperanza. Pero exige responsabilidad.
Nuestro miedo es no tener un amor digno del que merece un Dios que ama a los hombres. Dice San Hilario (44). Por eso el perdón no es un cepillo que borra todo, sino la esperanza de la justicia, tanto para el opresor como para el oprimido, en nombre del amor. Y eso significa que el mal sólo con el amor se vence. No con el olvido del juez.
Platón piensa en el desnudo de cada alma ante el Señor, de modo similar Jesús en el pobre Lázaro ve la inocencia. El perdón no consiste en poder engañar a Dios. El que cava su abismo respecto del pobre, tiene su abismo para siempre.
El judaísmo antiguo, reflejado en esta parábola de Lc 16, 19-31, pensaba en imágenes de castigo provisionales aunque también de bienaventuranza (45).
Pero eso no es el modo habitual de la existencia humana. En los hombres hay una última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios. “Pero en las opciones concretas de la vida, esa apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal”, dice el Papa. La pureza está allá en el fondo y provoca una sed que brota siempre detrás de la inmundicia y que la purifica. ¿Qué ocurre cuando todos estos aparecen ante Dios? La suciedad persiste, no es irrelevante, no queda simplemente olvidada. San Pablo en 1Cor 3, 12-15 nos dice que el juicio resulta distinto según las condiciones en que está el ser humano. Habla de que esa casa construida, fundada sobre Jesucristo, que resiste, será probada por el fuego de Dios y posiblemente queme mucho de ella. Todo saldrá a la luz. La persona se salvará pero como quien pasa por el fuego. Atravesar el fuego en primera persona es el purgatorio, aunque finalmente el ser purificado ya no presente ningún recuerdo de sus antiguas suciedades. Algunos dice que el fuego son los mismos ojos ardientes de amor de Jesucristo (47) que provocan un dolor salvador, un llanto por el hijo único, una mirada al que traspasamos, una participación en el lamento de todas las naciones por su causa. Posiblemente ahí se ve la profunda compenetración e identidad de justicia y gracia.
Es necesario permanecer en la esperanza, destruyendo con ella aquello que nos aparta de Cristo.
Ahí observamos que seremos transformados, que seremos perdonados, que seremos justificados, pero tan profundamente que no dejará de causar un dolor sanante.
No puede ser la declaración de lo irrelevante de nuestros pecados, porque no haría justicia a todos los dolores causados en la historia. No puede la gracia causar simplemente temor tampoco. Es una gracia que hace justicia y que salva al hombre verdadero que ha amado y se ha dolido de muchas cosas que, ciertamente, ha hecho. Nuestra salvación la esperamos con temor y temblor (Fil 2,12) pero nuestro juez es a la vez nuestro abogado.
¿Podemos ayudar a los difuntos durante esta situación intermedia por medio de la oración y las obras de caridad o penitencia? Así lo pensaban los antiguos judíos en 2Mac 12,38-45.
La Eucaristía es el gran alivio de los difuntos. El amor de Cristo crucificado, la oración de los fieles, viaja hasta el trono del Altísimo y extrae la gracia de la purificación. Nunca ha sido una oración tan eficaz como ésta, puesto que cae en el corazón de quien la desea y necesita. Nunca se pudo decir con mayor razón de que dos o más se unen para pedir una cosa. Ese instante de purificación se ve acompañado en el tiempo por la oración de los peregrinos, cuya intercesión es doblemente aceptada. Nadie peca, nadie se salva, nadie vive solo. Nunca es inútil tocar el corazón y nunca demasiado tarde si ese corazón todavía existe. Nuestra esperanza es así esperanza para todos, para los otros también (48).
María, camino en el mar de la historia, Maris Stella, es luz en la oscuridad, luz de esperanza, sonrisa en la noche, esperanza durante el día en que la noche se vuelve camino de luz. La luz del bienestar es tiniebla, pero la noche se vuelve camino del navegante puesto que en ella luce María. Ella, con su sí ha abierto el Arca a los náufragos, ha abierto el Arca de la Alianza a los hombres, ha hecho carne al Hijo de Dios, ha hecho de Dios uno de nosotros. Es el poder de la oración, del sí que es cada oración (49).
En María brilla la humildad y la esperanza puesto que en ella estuvo la dulce paciencia y la dulce confianza que dieron origen a la elección divina, el santo temor a la humildad en la que el hombre es indigno de la visita divina, y también la respuesta a la invitación ineludible y expectante tanto de Dios como de los hombres. Ella visitó llena de alegría y del Espíritu a su Prima Isabel para cantar el magníficat en el que se fundía el sufrimiento antiguo de tantos profetas y justos que sin esa exultación carecería de sentido. Ella hizo cantar de júbilo a los ángeles de Dios en torno al pesebre, y ella dejó que una espada maravillosa de amor traspasara su corazón por la soledad y por la muerte.
Ella, que nos ha recibido en la cruz de su propio Hijo, puede engendrarnos de nuevo también con la compasión y la esperanza para quitarnos el temor y hacer nacer en nosotros el reino que no tiene fin, puesto que quiere que reproduzcamos a su Hijo por el Espíritu y la Iglesia.
Madre de la Iglesia, guíanos, llévanos por el camino de la esperanza, a su Reino.

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