Escatología 2012

atología bíblica
Lo primero que escandaliza es que Dios no se haya revelado desde el principio con todas sus promesas.
Pero este escándalo se ve aminorado por la progresión de la revelación, concomitante con la progresiva manifestación de Dios y la progresiva capacidad humana de acoger la revelación.
Lo primero que vemos que cambia las cosas es la revelación del Dios de la historia en contraposición con el Dios de la naturaleza. El de la historia hace lo imposible, y el futuro no está escrito ni en el pasado ni en el destino. Las fiestas agrícolas, por la experiencia religiosa del éxodo, están historizadas.
Ya decir, por otro lado, como dice el documento sacerdotal, que el ser humano es imagen de Dios en cuanto que domina la creación pone una diferencia entre la creación y el hombre, y, en consecuencia entre su dignidad y su destino final.
Por otra parte, observamos que en este mandato de dominar la tierra hay una sensación de un mundo que tiene que ser completado por la intervención humana para que llegue a su fin. Es algo como el tiempo. El tiempo bíblico ya no es un tiempo cíclico sino lineal, que tiene un fin. En eso, quitando el pecado original, no hay una nostalgia del pasado, sino una construcción del futuro.
Por otro lado, la intervención de Dios en la historia de Israel crea las condiciones humanas necesarias para comprender las promesas que van a surgir como una revelación: Dios cuida del ser humano. Los hechos del pasado son símbolo de lo todavía no conocido pero esperado de algún modo. Y esto tiene relación directa con la idea de creación. Como Dios hace lo nuevo, hizo el mundo de nuevo, de la nada. El mundo tiene principio, no es eterno, por eso el tiempo es nuevo, y por eso podemos esperar lo jamás visto o conocido.
Los dos atributos que surgen de este pensamiento sobre la historia son la fidelidad y el amor de Dios. La fidelidad o la verdad de Dios se refiere al cumplimiento de sus promesas. Como he dicho, quizá no se sabe en qué consisten exactamente, pero la fidelidad de Dios lo es a un amor demostrado, a una alianza evidente.
Tal idea exige siempre una respuesta. Abrahám es sacado de su tierra por una palabra de Dios que le envía adelante: será padre y tendrá patria (Gen 12, 1-4). Posteriormente la promesa tiene un fundamento mayor en aquello de que Dios será suyo y de sus hijos (17,19). El patriarca cree y ve a Isaac, y en Isaac a Dios. Por eso ése será el argumento que Dios emplee en la zarza ardiente ante las vacilaciones de Moisés: Yo soy el de Abrahám. Y Moisés cree y el desierto será el lugar de la prueba de Dios y del hombre.
Basado en esa prueba, el pueblo entra en Canaán. Y Dios cumple. A primera vista se acabó todo. Pero la promesa sigue abierta porque la historia sigue. El pueblo de Dios observa en la profecía de Natán cómo Dios será suyo (2S 7,4-16). Todo se condensa en la casa real cuya estabilidad será semejante a la divina.
No podemos olvidar en este contexto lo que significa el arca y el templo. Son los signos de Dios, con el don de su nombre, en medio del pueblo. La promesa en el fondo consiste en ello: Yo seré vuestro Dios. Yo seré el don.
La última etapa, la apocalíptica, continuación de la profética, hablará especialmente de novedad, es decir de discontinuidad con todo lo conocido. En primer lugar el día de Yahveh de Am 5,18 se perfila como el día de la libertad por la acción salvadora de Dios, juicio sobre todo y final feliz de los elegidos. Lo negativo de la destrucción de lo malo no es lo principal. Pero se produce también una novedad: un nuevo y superior David, mi Señor, una nueva Alianza y un Nuevo éxodo en el deutero-Isaías(Jer 31,33; Is 55,3 y Ez 36,28). Pero en este caso no se trata sólo de un futuro para Israel, sino para el mundo entero (Is 65,17-18) y una vuelta al paraíso (Os 2, 23-24). La Apocalíptica señala un futuro más allá de la historia, lo cual significa un futuro con Dios, eterno, fuera del tiempo y fin del mismo. Sobre todo Daniel (7; 2, 44; 4, 31; 6, 27), en un mundo arquetípico del mundo terrestre. En ello Dios y la promesa coinciden (Jer 31,33; Is 55,3 y Ez 36,28).

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