NEW AGE

LA RELIGIOSIDAD DE LA “NUEVA ERA” POR ESTEBAN ESCUDERO

1. LA RELIGIÓN OLVIDADA

Al analizar detenidamente la actual situación religiosa, es preciso preguntar¬nos: la indiferencia religiosa y la cultura de la increencia, que parecen predo¬minar en nuestra sociedad, ¿significan realmente que nos hallamos ante un vacío religioso? Los datos que proporcionan las encuestas socio-religiosas ¿significan principalmente un apartamiento de las formas y creencias religio¬sas tradicionales cristianas, o apuntan más radicalmente hacia la eliminación de toda experiencia religiosa? ¿El hombre secular no tiene ya ninguna nece¬sidad de Dios y, por lo tanto, ha prescindido definitivamente de él?
Los penetrantes estudios realizados por el gran historiador de las religiones Mircea Eliade pueden ayudarnos a comprender ciertos comportamientos y creencias que se dan en nuestra sociedad y que parecen desmentir la tesis de una completa secularización del hombre actual.
“El hombre moderno arreligioso -afirma Mircea Eliade- asume una nueva situación existencial: se reconoce como único sujeto y agente de la historia, y rechaza toda llamada a la trascendencia… Lo sacro es el obstáculo por excelencia que se opone a su libertad… No será verdaderamente libre hasta no haber dado muerte al último dios…”. (Ahora bien) el hombre profano, lo quiera o no, conserva aún las huellas del comportamiento del hombre religioso, pero expurgadas de sus significados religiosos. Haga lo que haga, es heredero de éstos. No puede abolir definitivamente su pasado, ya que él mismo es su producto… El hombre arreligioso en estado puro es un fenómeno más bien raro, incluso en la más desacralizada de las sociedades modernas. La mayoría de los hombres ‘sin religión’ siguen comportando religiosamente, sin saberlo. No sólo se trata de la masa de ‘supersticiones’ o de ‘tabús’ del hombre moderno, que en su totalidad tienen una estructura o un origen mágico-religioso. Hay más: el hombre moderno que se siente y pretende ser arreligioso dispone aún de toda una mitología camuflada y de numerosos ritualismos degradados… No pensamos las innumerables ‘pequeñas religiones’ que pululan en todas las ciudades modernas, en las iglesias, en las sectas y en las escuelas pseudoocultistas, neoespiritualistas y sedicentes herméticas, pues todos estos fenómenos per¬tenecen aún a la esfera de la religiosidad, aunque se trate casi siempre de aspectos aberrantes de pseudomorfosis. Tampoco hacemos alusión a los diversos movimientos políticos y profetismos sociales, cuya estructura mitoló¬gica y fanatismo religioso son fácilmente discernibles. Bastará, para poner sólo un ejemplo, recordar la estructura mitológica del comunismo y su senti¬do escatológico…
Pero no es sólo en las ‘pequeñas religiones’ o en las místicas políticas donde se encuentran comportamientos religiosos camuflados o degenerados: se los reconoce incluso en los movimientos que se proclaman francamente laicos, o incluso anti-religiosos. Así en el desnudismo o en los movimientos en pro de la libertad sexual absoluta, ideologías donde se pueden entrever las huellas de la nostalgia del Paraíso, el deseo de reintegrarse al estado edénico anterior a la caída, cuando no existía el pecado y no se daba una ruptura entre la biena-venturanza carnal y la conciencia”.
Y concluyendo su análisis, afirma Eliade: “En cierto sentido, podría casi decirse que, entre los modernos que se proclaman arreligiosos, la religión y la mitología se han ocultado en las tinieblas de su inconsciente… El hombre arreligioso ha perdido la capacidad de vivir conscientemente la religión y, por lo tanto, de comprenderla y asumirla; pero, en lo más profundo de su ser, con-serva aún su recuerdo… (La religión) ha caído… a los subsuelos del subcons¬ciente: ha sido olvidada” ELIADE, M., Lo sagrado y lo profano Ed. Labor, Barcelona 1992 pp 171-174 y 179).

2. LA FASCINACIÓN POR LO MISTERIOSO

Al filo de la reflexión de Mircea Eliade, podemos descubrir la presencia de nuevas formas religiosas o pseudorreligiosas (mitologías camufladas, ritualis¬mos sociales, creencias esotéricas, grupos sectarios, misticismos panteístas, etc.), que nos proporcionan algunos indicios sobre el punto de llegada de la “emigración religiosa” que se ha producido en estos últimos años, con la sali¬da del ámbito institucional de las Iglesias de un porcentaje importante de sus anteriores fieles y la no entrada en ellas de un amplio sector de las nuevas generaciones. Veamos brevemente tan sólo algunos ejemplos:
Vivimos en una sociedad en la que todo lo que está rodeado de un halo de oscuridad o de misterio produce inmediatamente un gran interés entre las gen¬tes. En un mundo tan marcado por la racionalidad científica, podría pensarse que estas dimensiones ocultas de la existencia humana serían dejadas de lado en espera de una investigación rigurosa. Pero, paradójicamente, ocurre justa¬mente lo contrario.
Se intenta penetrar en la oscuridad del destino humano a través de las artes adivinatorias como la quiromancia, el tarot o las cartas astrales (MARDONES, J. M., Las nuevas formas dela religión, editorial Verbo Divino, Estella 1994, pp. 133-145). Proliferan los horóscopos en revistas y periódicos serios y éstos son consultados cada vez con mayor avidez. Libros esotéricos, como las profecías de Nostradamus, están en todas las librerías y obtienen grandes éxitos editoriales. Igualmente se da una presencia regular en programas de radio o de TV con mucha audiencia de personajes que ofrecen sus pretendidas dotes paranormales para adivinar el futuro de los que les consultan.
Se vive igualmente una fascinación por lo maravilloso-curativo. Son muchos los que acuden con credulidad a curanderos o a sanadores dotados de pode¬res paranormales, que apelan a ritualismos más o menos religiosos o a viejos conocimientos de la sabiduría tradicional para producir la curación sorpren¬dente. Cuando no, se cree ciegamente que brazaletes, colgantes o amuletos, dotados de propiedades magnéticas insospechadas, producirán con toda seguridad alivio o curación de la enfermedad.
Lo sorprendente y misterioso aparece también vinculado al mal. En nuestra sociedad, tan reticente muchas veces a aceptar las doctrinas cristianas sobre Dios y la salvación del hombre, se vive la fascinación de los relatos de pose¬siones diabólicas, de exorcismos o de cultos satánicos. Ciertas películas de exorcismos gozan del favor de un sector del público y en ellas se mezclan el espanto ante las fuerzas diabólicas con la violencia y el sexo. Y tampoco fal¬tan noticias en los periódicos de prácticas de magia y misas negras, con resul¬tados muchas veces de aberraciones sexuales y de muerte.
Finalmente, la fascinación por lo misterioso alcanza su cumbre en la atrac¬ción que provocan todas las informaciones relacionadas con los ovnis y los seres de otros mundos. No se trata aquí de hipótesis científicas sobre la posi¬bilidad de vida en otros lugares del universo, sino de la creencia extracientífica, alimentada por revistas especializadas, de encuentros y mensajes tenidos con personajes de planetas lejanos, a los que se les dota de cierto halo sobre¬natural. Estos extraterrestres son también identificados, en ocasiones, con los ángeles de los que habla la Biblia, asegurándose que ya han intervenido muchas veces en la historia de la humanidad para transmitir a los hombres mensajes de salvación.
Esta fascinación por lo misterioso, en cualquiera de las variantes anterior¬mente estudiadas, es, si se observa más detenidamente, un intento trivializado de entrar en relación con el Misterio -esta vez con mayúsculas- de la exis¬tencia. El hombre moderno se muestra indiferente ante las creencias religio¬sas tradicionales, pero sigue buscando en lo paracientífico, en lo marginal, las huellas de lo sagrado, intentando a su vez dominarlo por procedimientos dudo¬samente racionales, cuando no claramente mágicos. En contra de las tesis de la completa secularización de la sociedad, se asiste a un “re-encantamiento” esotérico del mundo, buscando en lo oculto y lo oscuro un sucedáneo de lo absolutamente Otro, del Dios de la religión. Ello tranquiliza el ansia de relacio¬narse con lo desconocido e indisponible de la realidad, sin comprometer existencialmente demasiado al hombre individualista de finales del siglo XX.

3. LA DIVINIZACIÓN DE LA TIERRA

Por efecto de una industrialización descontrolada durante los dos últimos siglos, nuestro planeta se está viendo seriamente amenazado por los efectos de la polución ambiental, los cambios climáticos, la desforestación y la des¬trucción de la capa de ozono. Ello ha despertado en las personas más avisa¬das la preocupación por la ecología y el compromiso en favor de la defensa de la naturaleza.
Pero, yendo más lejos, se está difundiendo un pensamiento que descubre la tierra como un ser vivo, del cual los hombres procedemos. Es ahora la tierra, concebida como una totalidad vital, la que tiene la primacía por ser el origen de la vida. El paso final de esta “ecología profunda” o radical es considerar a la tierra como “un ser vivo que respira, siente y piensa, que autorregula con voluntad propia la delicada homeostásis que mantiene la vida sobre ella”. La especie humana es vista en esta concepción como el “cerebro global de la tie¬rra”. La tierra es presentada con rasgos divinos, creadores, evolucionando hacia grados de conciencia superiores, pero con un “cerebro” enfermo (la humanidad). En esta concepción, “no tenemos un planeta, somos un planeta”. Hay una suerte de panteísmo ecológico que busca una última realidad o fondo originario universal de todo cuanto existe. Bajo la superficie de las cosas y fenómenos de este mundo, se descubre una unidad fundamental, al estilo de la “sustancia” de Spinoza: un cosmos vivo y animado, repleto de una energía universal que renueva constantemente todo lo que existe (IDEM, pp. 106-107).
“En este contexto ecológico no se tiene reparo en hablar abiertamente de la necesidad de una nueva religión, dado que la crisis ecológica hunde sus raí¬ces en problemas de carácter religioso que las “viejas religiones” no han sabi¬do solucionar. Una sacralización que no consistiría… en una pura sacralización de la naturaleza, sino en la energía (vital) que une al hombre y la naturaleza, y está presente en todo, también en el hombre” (IDEM, PG. 107-108).

4. LA “NUEVA ERA”. CARACTERÍSTICAS GENERALES
Un exponente privilegiado de esta nueva religiosidad es el movimiento deno¬minado genéricamente “Nueva Era”. Esta expresión no designa a una secta o a una nueva religión, en el sentido técnico de la palabra, sino que se refiere principalmente a un conjunto de características peculiares de la cambiante mentalidad actual en las sociedades occidentales.
Juan Bosch intenta explicar el origen y los límites de esta “nebulosa” cultu¬ral afirmando que la Nueva Era (New Age) es un “movimiento religioso-cultu¬ral, sumamente complejo, cuyas raíces próximas se sitúan en la obra de Alice Ann Bailey (1880-1949), y en la literatura de sus mejores divulgadores, como David Spangler, Herbert Benson, Marilyn Ferguson, Michael Harner, Frijtof Capra… Se habla de New Age porque estamos a punto de presenciar el paso del sol del signo Piscis al de Acuario. Fracasaron las visiones racionalistas y materialistas del pasado. Se impone ahora la primacía de lo espiritual. Atrás quedaron la era de las antiguas religiones e imperios de Mesopotamia (Tauro), del judaismo (Aries), de la religión cristiana dogmática (Piséis), y amanece, finalmente, un ciclo nuevo… En el 2.160 entrará el sol en el signo Acuario. Entonces una nueva religiosidad, capaz de reconciliar las Iglesias y todas las religiones, será la luz de hombres y mujeres nuevos” (BOSCH, J., Para conocer las sectas, Editorial Verbo Divino, Estella 1993, pp. 113 s.).
Su eje central es la búsqueda de una vida diferente a la que la cultura de la modernidad, imperante en las últimas centurias, nos ha abocado en Occidente; un mundo donde se pueda alcanzar una mayor felicidad a través de un mayor desarrollo personal y de unas nuevas relaciones con los demás y con la naturaleza. Las prácticas que se ofrecen para conseguirlo son muy vanadas y constituyen en su conjunto un nuevo estilo de vida, que se caracte¬riza por “defender una vida suave, sana y placentera; mantener actitudes paci¬fistas, no violentas, respetuosas y dialogantes; la búsqueda de la sabiduría, de la ampliación de la conciencia y de la interioridad; la práctica de la relajación y de la meditación; la defensa del medio ambiente, la utilización de medicinas alternativas, la vuelta a la autenticidad de la naturaleza” (MORALEDA, J., Las sectas hoy. Nuevos movimientos religiosos. Editorial Sal terrae. Santander 1992, p. 11). Por ello, quienes en nuestra sociedad practican el yoga, el vegetarismo o las medicinas alternati¬vas, quienes se dedican a técnicas y métodos de relajación o meditación según la psicología humanista, quienes participan en sesiones de espiritismo o telepatía, o creen en poderes ocultos y en seres extraterrestres venidos de otros mundos a traernos mensajes de salvación, pueden estar imbuidos de las ideas de la Nueva Era, aún sin ser conscientes de ello.
El movimiento no cuenta con una organización central, ni con una jerarquía definida, ni con unos dogmas o ritos determinados. Es, en palabras de uno de sus representantes más cualificados, la escritora norteamericana Marilyn Ferguson, una “conspiración pacífica”, una gran “red” de individuos y de gru¬pos que se sienten como alternativa a la cultura e instituciones de la moderni¬dad. “Una vasta y poderosa red -afirmará en su difundida obra La conspira¬ción de Acuario-, que carece no obstante de dirigentes, está tratando de intro¬ducir un cambio radical en los EEUU. Sus miembros han roto con ciertos aspectos clave del pensamiento occidental, y pueden incluso haber quebrado la misma continuidad con la historia.
Esta red es la conspiración de Acuario. Se trata de una conspiración des¬provista de doctrina política, carente de manifiesto… Más amplia que una refor¬ma, más profunda que una revolución, esta especie benigna de conspiración en pro de un nuevo programa de actuación humana ha desencadenado el rea¬lineamiento cultural más rápido de toda la historia. El vasto, estremecedor e irrevocable movimiento que se nos está viniendo encima no es un nuevo sis-tema político, religioso ni filosófico. Es una nueva mentalidad, el surgimiento de una sorprendente visión del mundo, en cuyo marco hay cabida tanto para la ciencia de vanguardia como para las concepciones del más antiguo pensa¬miento conocido”(FERGUSON, M., La conspiración de Acuario, Kairòs, Barcelona 1990, 4 edic. p. 23.).
Este movimiento se halla extendido entre personas de las clases medias y altas de las naciones industrializadas de Occidente y cuenta con sus principa¬les adeptos entre los miembros de los llamados movimientos sociales alterna¬tivos, como pueden ser los adversarios de la energía nuclear, los movimientos ecologistas, pacifistas, feministas, y entre los practicantes de la medicina natu-rista o las nuevas terapias psicológicas conocidas como “psicología humanís¬tica” o “psicología transpersonal”.
El punto de partida de este movimiento es la constatación de que la historia se encuentra en un momento crítico y la preocupación por las crisis de la sociedad moderna y los riesgos que implican para su pervivencia. Fritjof Capra, otro de los grandes teóricos de la Nueva Era, lo expresa así en su libro El punto crucial: “Hoy, al comienzo de la penúltima década de nuestro siglo, nos hallamos en un estado de profunda crisis mundial. Se trata de una crisis compleja y multidimensional que afecta a todos los aspectos de nuestras vidas: la salud y el sustento, la calidad del medio ambiente y la relación con nuestros semejantes, la economía, la política y la tecnología. La crisis tiene ascensiones políticas, intelectuales, morales y espirituales. La amplitud y la urgencia de la situación no tienen precedentes en la historia de la humanidad. Por primera vez el hombre ha de enfrentarse a la posibilidad amenazadora y -sal de extinguirse de la haz de la tierra junto con la vida vegetal y animal” (CAPRA, F., El punto crucial, citado por M. KEHL, “Nueva Era frente al cristianismo” Editorial Herder, Barcelona 1990, pp. 33-34).
La solución que propugnan los teóricos de la Nueva Era es una urgente transformación de la humanidad a través de un cambio de conciencia. La era de Acuario será la época en que los hombres accedan a una conciencia holística (global), de dimensiones planetarias y cósmicas. Cuando esta conciencia 55 consiga, todos los seres del universo se verán como seres animados, tras-casados por una misma energía o conciencia, de carácter espiritual y divino. Esta nueva conciencia proporcionará al desorientado hombre de finales del siglo XX un sentido para su vida, una esperanza en un futuro feliz de la humanidad y un nuevo modo de vivir en armonía con los demás hombres, con la naturaleza y con el entero Cosmos, sintiéndose miembro del mismo Todo viviente y consciente, de Dios, espíritu del Universo.

5. CONCEPCIÓN DE Dios EN LA “NUEVA ERA”

En el libro ya mencionado “La conspiración de Acuario”, Marilyn Ferguson(1) intenta dar una explicación de lo que el movimiento Nueva Era entiende por Dios. Este punto es crucial para comprender la cualidad religiosa del movi¬miento y para no confundirnos al escuchar expresiones como “divino”, “funda¬mento del ser”, “Cristo” o “Espíritu”, que a oídos cristianos pueden significar realidades totalmente distintas de las aludidas por los newagers. Para la escri¬tora americana, “a Dios se le experimenta como flujo, como totalidad, como infinito caleidoscopio de la vida y de la muerte, como última causa, fundamen¬to del ser, lo que Alan Watts llamaba ‘el silencio del que nace todo sonido’.
Dios es la conciencia que se manifiesta como lila, el juego del universo. Dios es la matriz organizadora, que podemos experimentar, pero no expresar, lo que da vida a la materia” (FERGUSON, M., o.c., p. 444).
Lo primero que constatamos en esta extensa descripción de la realidad divi¬na es que Dios, en la religiosidad de la Nueva Era, no es un Tú personal. No es Alguien, sino “algo”. Se trata, más bien de una realidad impersonal que lo inunda todo y que está en todo. Por eso se dice de él que es “flujo”, que es “totalidad”, que es “lo que da vida a la materia”. Pero esta realidad universal y omnicomprensiva es de naturaleza espiritual, ya que se dice de él que es “con¬ciencia” y “matriz organizadora” del universo y se rechaza abiertamente en otros momentos de la obra toda forma de materialismo.
Frijtof Capra, aclarará esta concepción de lo divino cuando afirma: “En pala¬bras de Jantsch: ‘Dios no sólo es el creador, sino también el espíritu del uni¬verso’. Desde luego, en esta concepción Dios no es una figura masculina o femenina, ni tampoco se manifiesta de forma personal, y sin embargo repre¬senta la dinámica ‘autoorganizadora’ de todo el cosmos” (CAPRA citado por KEHL, p. 49 y ANGLARÉS, M., Nueva Era y fe cristiana. Ed. San Pablo, Madrid 1994, p. 18).
Estamos, pues, ante una concepción panteísta de lo divino, en la que Dios y mundo se confunden. Dios sería así la energía cósmica que constituye todos los seres, desde el ser humano hasta los átomos más alejados del universo, y, al mismo tiempo, su orden racional, su “conciencia”, en el sentido del Logos de la antigua filosofía de Heráclito y de los estoicos. En ningún caso sería la rea¬lidad distinta ontológicamente de lo mundano, el ser personal, creador tras¬cendente y señor soberano de la tradición religiosa monoteísta, a pesar de que los teóricos de esta nueva religiosidad quieren hacer ver que no existe contra¬dicción entre ambas representaciones, sino más bien el paso de una concep¬ción antigua, propia de las religiones dogmáticas y autoritarias, a otra más cien¬tífica y evolucionada, de la que todos pueden tener una experiencia directa.
Para llegar a esta configuración de lo divino, de claras resonancias hinduístas, la Nueva Era alude a la nueva y compleja visión del mundo proporciona¬da por la física moderna, extrapolando sus conclusiones sobre la composición última de las partículas materiales y su mutua interacción a una concepción de Dios, que termina por identificarse con la energía fundamental, organizadora del universo. De esta forma, el dios de la nueva religiosidad quiere ser más racional, y estar al alcance del conocimiento directo de todos. Por ello podrá decir Marilyn Ferguson que “hoy en día… la doctrina está perdiendo su autoridad, y el conocimiento está sustituyendo a las creencias”. Dios ya no es el Misterio inefable, lo totalmente Otro, inaccesible radicalmente a la razón huma¬na, a no ser que se nos manifieste por la revelación en la historia, sino la com¬posición última de la realidad cósmica, accesible a los descubrimientos de la física cuántica. La espiritualidad que propugna la Nueva Era no necesita de intermediarios para llegar hasta Dios, como la Iglesia, la Revelación, la liturgia o el clero, sino el conocimiento superior que proporciona la nueva conciencia del mundo.
Consecuentemente, toda la realidad, no sólo los seres humanos, es “vivien¬te”, e incluso “consciente”, ya que toda ella es divina. “Por consiguiente -dirá F. Capra-, la Tierra es un sistema vivo: no sólo funciona como un organismo, sino que en realidad parece ser un organismo: Gea, un ser viviente planetario (CAPRA, Kehl, p. 48). La nueva religiosidad tendrá así un fuerte componente ecologista, en el que la figura de un Dios personal, trascendente al mundo, queda sustituida por a divinización de la Madre Tierra, Gea, la gran diosa del paganismo griego(2).
Cristo no es una figura personal única, que vivió y murió en Palestina hace 2.000 años. El personaje histórico Jesús de Nazaret fue uno de los grandes cristos o maestros espirituales de la humanidad, que sucesivamente aparecen en el mundo para guiar a los hombres hasta el conocimiento de la verdad suprema. También Buda, Confucio, Moisés y, después de Jesús, Mahoma, pertenecen a esta larga serie de “avatares” del Cristo universal. Para inaugu¬rar la era de Acuario se espera incluso la llegada de un nuevo “salvador”, últi¬ma encarnación del Cristo Cósmico, que llevará a los hombres al encuentro definitivo con la Energía divina.
El Espíritu, del que habla la Nueva Era, no es tampoco el Espíritu Santo de la Teología cristiana. No es una persona, sino la misma energía cósmica o con¬ciencia universal, presente en todos los seres del mundo.
Concluyendo este apartado, podemos decir que la Nueva Era no quiere ser una religión, en el sentido tradicional de la palabra, sino la superación de todas las religiones que hasta ahora han existido. Las religiones de la historia, debi¬do precisamente a sus dispares y dogmáticas concepciones de lo divino, han sido intolerantes y han dividido a los hombres. La concepción de Dios en la nueva religiosidad que se anuncia será fruto de una visión “científica” de la rea¬lidad cósmica, esclarecida por el saber arcano de la especulación teosófica y las enseñanzas tradicionales de las religiones orientales. Todos podrán con¬cordar en ella, pues será fruto de la experiencia religiosa de cada uno.

6. El HOMBRE Y LA SALVACIÓN EN LA “NUEVA ERA”

La conciencia del hombre occidental está marcada decisivamente por la cul¬tura de la modernidad. Esta cultura divide tajantemente la realidad en una serie de dualidades irreductibles entre sí: sujeto-objeto, espíritu-materia, fe-razón, Dios-mundo, etc. Desde Descartes y Newton, se tiende a considerar al hombre sobre todo como un sujeto pensante frente a un mundo objetivo, una realidad espiritual frente a un universo material, una voluntad libre frente a un mundo regido por leyes deterministas. Ante él y fuera de él está Dios, Creador del mundo y del hombre, distinto y trascendente a toda la realidad creada. Sólo la fe religiosa es capaz de llegar hasta Él, mientras que la razón se restringe al conocimiento científico de la realidad mundana.
Esta cultura dualista, según la opinión de los teóricos de la Nueva Era, ha provocado, con la progresiva secularización de la cultura a partir de la moder¬nidad, un olvido, cuando no una negación, de la primera parte del binomio. Frente a la subjetividad y la espiritualidad ha prevalecido la consideración obje¬tiva de toda la realidad, incluido el mismo ser humano, que ha pasado a con¬siderarse como una cosa más del mundo. El resultado ha sido el predominio absoluto de la visión técnico-científica de la realidad, con sus secuelas de dominio despótico sobre la naturaleza, que ha provocado graves daños ecoló¬gicos, y la violencia y la impersonalidad en las relaciones humanas. Además, la separación Dios-mundo y la insistencia de las religiones históricas en hablar de Dios como de una realidad diferente e inefable, ha provocado el desinterés del hombre moderno por lo religioso y el olvido de Dios en su vida ordinaria. La fe ha tenido que ceder su puesto de privilegio de antaño frente a la exclu¬sivista consideración de la realidad según los métodos de la ciencia empírica.
La solución a esta situación deplorable está, según los partidarios de la Nueva Era, en un cambio radical de la conciencia, en una transformación del modo de ver el mundo y el yo, y de la forma de relacionarse con Dios, con la naturaleza y con los demás seres humanos. Esta nueva forma de conciencia conservará todo lo que de positivo han tenido las anteriores formas de consi¬derar la realidad: la conciencia mágica del hombre primitivo, la conciencia míti¬ca de las grandes culturas antiguas, la conciencia lógica nacida en Grecia y extendida por toda la cultura occidental, etc. Pero, esta nueva forma de con¬ciencia las superará a todas, porque profundizará e intensificará las anteriores, haciéndola ascender a un nivel superior y nuevo. Esta expansión de la con¬ciencia individual se denomina conciencia integral y su peculiaridad reside en tener siempre muy presente la fundamental unidad del todo, el pensamiento global de toda la realidad.
No es fácil explicar con detalle los rasgos concretos de esta nueva con¬ciencia y mucho menos determinar los diversos caminos para poder ascen¬der a ella. Diversos autores, simpatizantes o meros estudiosos del movi¬miento de la Nueva Era, han tratado de describirla con mayor precisión. El teólogo francés Bernard Franck, en su Diccionario de la Nueva Era, la expli¬ca de la siguiente manera: “Gracias a una toma de conciencia más intensa de la presencia divina en uno mismo y en todas las cosas, el hombre se transformará profundamente en su propio ser, que es esencialmente ‘espiri¬tual’; logrará realizar la ambición más alta y el deseo más loco que lo anima: coincidir con todo y con el Todo en la percepción de la unidad orgánica, cós¬mica y armoniosa de todo lo que vive y existe: los seres espirituales, los seres humanos, los seres llamados inferiores; como todos ellos están dota¬dos de un ‘alma’, participan al unísono de la misma realidad última que es ‘espíritu’ o ‘energía’ (FRANCK, B., citado por BOSCH, J., Nueva Era, una expresión de lo religioso, Editorial San Esteban, Salamanca 1995, pp. 39-40). Otro autor cristiano, J. Vernette, afirmará que esta con¬ciencia global es “una experiencia de fusión con el ser universal y primordial, con la conciencia cósmica, de la que no soy más que una chispa; experiencia de felicidad plena, de belleza y de amor universales” (citado por ANGLARÉS, M., o. c., p. 27). Finalmente, Medard Kehl dirá de ella: “Esa nueva conciencia, en lo más hondo, es con¬ciencia de identidad: no son los grandes dualismos sujeto-objeto, etc. los que determinan ya la concepción del mundo y la relación con él, sino la unidad, condicionada por la historia de la naturaleza y del ‘espíritu’, de todos los seres en el contexto único y total de la autoorganizacíón cósmica. La sintoni¬zación consciente y global con esa identidad universal libera al individuo de las crisis de sentido que puedan asaltarlo, y libera a la humanidad de sus cri¬sis de supervivencia” (KEHL, M., o. c., p. 92).
Se trata por lo tanto de saberse una pequeña partícula divina dentro del Todo infinito; reconocerse idéntico al otro tú humano que se dirige a mí y me habla; considerar las cosas del mundo, hasta los más alejados astros, como miembros de una única y misma realidad, de carácter espiritual. El Todo está en mí y yo soy el Todo, como cada fragmento del holograma refleja la totali¬dad de la imagen, de la cual el fragmento forma parte integrante. Esta nueva conciencia elimina el miedo a la muerte, ya que ésta propiamente no existe como acabamiento del ser, ya que el Todo al que pertenezco es eterno e imperecedero, y permite afrontar con serenidad de espíritu las contradiccio¬nes de la vida, esperando fundirse definitivamente en la unidad última del Cosmos divino.
Todo esto recuerda inevitablemente la doctrina del hinduismo de la unidad del atmán o conciencia individual con el Brahmán o Conciencia universal y la salvación por la fusión del alma del individuo con el Todo divino, tras una serie de reencarnaciones. Y, efectivamente, parece que los teóricos de la Nueva Era han tomado esta noción clave del panteísmo oriental, incluyendo la serie inde¬finida de migraciones, a través de las sucesivas encarnaciones del alma indi¬vidual en distintos cuerpos materiales, hasta liberarse del karma pecaminoso y diluirse en la serena paz de la eterna unidad universal.
Multitud de espíritus intermedios, llamados genéricamente “entidades”, ángeles o extraterrestres, espíritus de los difuntos o grandes maestros del pasado, vienen en nuestro auxilio para ayudarnos a obtener esta conciencia universal. Para comunicarse con estos espíritus y recibir la energía divino-cósmica que irradian, es preciso el auxilio de los channels, médiums o viden¬tes, que nos transmiten los mensajes del más allá encaminados a nuestra salvación. De ahí la afición de los new agers al espiritismo o channelling. Jesús mismo es considerado como uno de los grandes “canales”, a través del cual los hombres comprendieron su ser divino y se abrieron al Dios universal3. Los seguidores de la Nueva Era y quienes están influidos por esta men¬talidad recurren también frecuentemente a la astrología y a los horóscopos como forma de adivinar el futuro o el pasado y conocer mejor la propia vida.
En resumen, la salvación del hombre, según las doctrinas de la Nueva Era, está en una ampliación y profundización del conocimiento. La conciencia glo¬bal proporcionará la paz interior y la armonía con los demás y con la unidad universal divina. Los medios para lograr esta conciencia son diversos y tienen relación con los métodos terapéuticos de la llamada “psicología humanista” o “transpersonal”, que buscan justamente la toma de conciencia de la unidad del hombre con la realidad total del Cosmos.

7. REVISIÓN CRÍTICA

El movimiento de la Nueva Era tiene indudablemente ciertos rasgos que pueden ser denominados “religiosos”. Buscan una salvación, que se concibe como promesa de liberación y de felicidad, escuchan a maestros, entre los cuales aceptan algunos místicos cristianos, utilizan pensamientos positivos, que ellos llaman “oraciones”, hablan de amor universal e intentan dar un sen¬tido a sus vidas. Por otra parte, rechazan el materialismo y buscan una espiri¬tualidad que les eleve de la rutina de las acciones de la vida cotidiana.
A primera vista, toda esta difusa corriente de espiritualidad parecería anun¬ciar un resurgir de los valores genuinamente religiosos en nuestra sociedad. El hombre moderno, cansado de un cientismo materialista extenuante, habría vuelto a descubrir su dimensión religiosa olvidada. Ahora bien, no parece ser éste el caso de la llamada “nueva religiosidad”. Esta reconfiguración de la reli¬gión en la modernidad sería, en opinión de muchos sociólogos, la forma que adopta actualmente el proceso de secularización que ha venido produciéndo¬se en la cultura occidental desde hace ya varios siglos (MARDONES, J. M., Análisis de la sociedad y fe cristiana, PPC, Madrid 1995, p. 261).
Refiriéndose concretamente al fenómeno de la Nueva Era, afirma Michel Anglarés: “¿Asistimos entonces a una rehabilitación de las raíces religiosas de la humanidad en oposición al proceso de secularización? Cabe dudar de ello, por¬que, al invitar al hombre a ser autor de su propia liberación, al considerarle como un ser privilegiado animado por las energías cósmicas calificadas de divinas, al preconizar el más amplio sincretismo justificándolo todo de manera racional, la New Age coloca también al hombre y al universo en el centro de todas sus pre¬ocupaciones. Rechaza toda idea de trascendencia, lo mismo que la de un Dios revelado. Con ello se encuadra plenamente en la lógica de la sociedad seculari¬zada. En fin de cuentas, la nebulosa Nueva Era podría muy bien ser la expresión última del proceso de secularización, y no su antídoto” (O. c., pp. 156-157).
Serias son, como vemos, las objeciones que se pueden aducir en contra de la religiosidad de la Nueva Era, y junto a ella, a toda la llamada “nueva religio¬sidad”, que parece querer suplantar a la espiritualidad tradicional de las gran¬des religiones históricas. Su intento de superar a las anteriores religiones de la humanidad no es precisamente un deseo más puro de alcanzar el “Mysterium tremendum” y de reconocerle mediante la adoración y el sacrificio. Al contra¬rio, al identificar a Dios con las fuerzas cósmicas, parecen poner a la natura¬leza en el lugar de Dios, insertándose así en la gran tradición panteísta de la humanidad. No cabe en esta espiritualidad la revelación de Dios ni la sumisión a su Misterio inefable.
Tampoco la salvación parece consistir en la entrega al “Mysterium fascinosum”. En la Nueva Era no hay necesidad de un Redentor trascendente. La renovación de la conciencia por la profundización en los secretos del Cosmos y de la propia interioridad producirá por sí misma un estado de serenidad y bie¬nestar interiores, una paz y fraternidad con los demás seres humanos y una armonía con la naturaleza. Y si esa transformación no se consigue en los estrechos márgenes de la vida presente, una cadena de reencarnaciones futu¬ras asegurará la conciencia global productora de la salvación… De nuevo resurge la idea prometeica del hombre como autor de su propia salvación, complementada aquí, dentro de la más pura tradición gnóstica, con la creen¬cia de una liberación por el mero saber humano y la afirmación gratuita de un tiempo indefinido, asegurado por la sucesión de las migraciones del alma.
A la Nueva Era, como por otra parte al resto de la “nueva religiosidad”, no le preocupan las cuestiones relacionadas con el pecado y la muerte. “A la mane¬ra del hombre moderno -afirma un buen conocedor de este movimiento-, el hombre posmoderno de Acuario detesta que le hablen de pecado. A primera vista, el reproche de autojustificación que le hacen no deja de ser pertinente” (KELLER, C. A., New Age. Entre nouveauté et redécouverte, citado por M. ANGLARÉS, o. c., p. 131).
El pecado viene resuelto por la afirmación injustificada de que una nueva etapa de la humanidad va a eliminar definitivamente la injusticia y la enemis¬tad entre los hombres. “Al poner lo esencial de nuestra liberación y de la recon¬ciliación universales en ejercicios físicos y psíquicos, apenas privilegian otros caminos, en particular el perdón. A fuerza de exaltar las energías cósmicas y humanas, carecen de realismo sobre nuestra finitud. Intentan eliminarla en lugar de asumirla” (ANGLARÉS, p. 133). En efecto, la dramaticidad de la muerte viene escamote¬ada por su negación práctica en nombre de las experiencias gratificantes de los que han dejado el cuerpo en estado de coma avanzado, según ha recogi¬do el conocido libro del Dr. Moody, “Vida después de la vida” (MOODY, R. A., Vida después de la vida. Edaf, Madrid 1977).
Resumiendo, podríamos considerar a Nueva Era como un intento de vivir una religiosidad nueva, resacralizando un mundo desencantado por el racio¬nalismo de los últimos siglos. Pero, su sincretismo religioso, su tendencia a la autoliberación por el conocimiento, su concepción impersonal de Dios como energía cósmica, su intento de rechazar el Misterio, explicándolo todo desde la ciencia o desde las doctrinas esotéricas transmitidas desde tiempos anti¬guos por los movimientos herméticos, hacen de esta nueva forma de vivir la religión un exponente moderno de la ambigua religiosidad natural del hombre, siempre expuesta a errores y a autoengaños.
Hablando de ella en un libro reciente, ha dicho el Papa Juan Pablo II: “Cuestión aparte es el renacimiento de las antiguas ideas gnósticas en la forma de la llamada New Age. No debemos engañarnos pensando que ese movimiento pueda llevar a una renovación de la religión. Es solamente un nuevo modo de practicar la gnosis, es decir, esa postura del espíritu que, en nombre de un profundo conocimiento de Dios, acaba por tergiversar su Palabra sustituyéndola por palabras que son solamente humanas” (JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza. Plaza y Janés, Barcelona 1994, ppp. 103-104).

1 FERGUSON, M., o. c., p. 430. Dos son los principios fundamentales invocados por estos nue¬vos teólogos para explicar su concepción de Dios. Por una parte la visión “holográfica” del mundo, según la cual “todo está de algún modo en cada uno y cada uno está en el todo”, como la fotografía obtenida por rayos láser la veremos completa en cada una de las sucesivas mita-des en que podemos dividir el holograma. En efecto, en cada fragmento del cliché holográfico está la imagen entera de la foto original, por muy sorprendente que esto nos pueda parecer. Según esto, y refiriéndose a la realidad del universo, hablarán de que cualquier partícula de la realidad cósmica es una imagen del todo universal y que cualquier acción en uno de sus pun¬tos repercute inmediatamente en el entero conjunto (“si uno tose en la tierra, tiembla Venus”). El otro principio explicativo de su cosmovisión panteísta viene proporcionado por la física cuán¬tica. La materia, que nos parece tan sólida y consistente, si la analizamos hasta sus últimos componentes, nos aparece formada por infinitas partículas subatómicas elementales, los quarks, que a su vez son concebidas como concentraciones de energía. El materialismo clási¬co queda sustituido por una visión del mundo en la que todo es una energía inmaterial, que los partidarios de la Nueva Era identificarán con el espíritu, la conciencia, y, en definitiva, con Dios. La realidad divina sería así el océano infinito de energía espiritual, de la cual todo está forma¬do y de la que todo participa. “Hoy vivimos en un mundo globalmente unido -dirá Capra- en el que todos los fenómenos biológicos, psicológicos, sociales y ambientales dependen unos de otros… El nuevo paradigma… está caracterizado por una visual integral y ecológica. Abraza nuevos conceptos del espacio, del tiempo y de la materia derivados de la física subatómica; los conceptos sistemáticos de la vida, del espíritu, de la conciencia y de la evolución”. En SUD¬BRACK, J., La nueva religiosidad, Ediciones Paulinas, Madrid 1990, p. 31.

2 ‘Tal religión ecológica -dirá Hubertus Mynarek- realiza el sentido auténtico y más profundo de la religión, libera, prepara y despliega ese núcleo al que ya apuntaban todas las religiones desde siempre y que, sin embargo, nunca a lo largo de la historia pasada, alcanzaron por com¬pleto”. H. MYNAREK, Ökologische Religión. Ein neues Verständis der Natur, en SUDBRACK, J., o. c., p. 44.

3 Es importante destacar el uso y abuso que hacen estos teóricos de la Nueva Era de las doc¬trinas cristianas, mutilándolas, deformándolas y poniéndolas al servicio de su particular con¬cepción de Dios y de la vida religiosa. Por otra parte, su insistencia en la salvación por la “nueva conciencia”, por el conocimiento en último término, es una constante en la corriente místico-filosófica denominada “gnosis”, contra la que ya tuvo que luchar S. Agustín en el siglo IV de la era cristiana. Véase al respecto, el capítulo IV del libro de Kehl, M., que lleva por títu¬lo, precisamente, La “nueva era” y la gnosis de la antigüedad tardía, pp. 101-124.
Véase MARDONES, J. M., Análisis de la sociedad y fe cristiana, PPC, Madrid 1995, p. 26

RESUMEN

1. LA RELIGIÓN OLVIDADA.
– El hombre profano, lo quiera o no, conserva aún las huellas del comportamiento del hombre religioso. El hombre irreligioso en estado puro es un fenómeno más bien raro.
– El hombre irreligioso ha perdido la capacidad de vivir conscientemente la religión, pero, en lo más profundo de su ser, en su inconsciente, conserva aún su recuerdo.
– En nuestra sociedad, podemos descubrir la presencia de nuevas formas religiosas o pseudorreligiosas: mitologías camufladas, ritualismos sociales, creencias esotéricas, grupos sectarios, misticismos panteístas, etc.
2. LA FASCINACIÓN POR LO MISTERIOSO.
– Vivimos en una sociedad en la que todo lo que está rodeado de un halo de oscuridad o de misterio produce inmediatamente un gran interés entre las gentes.
– Se intenta penetrar en la oscuridad del destino humano a través de las artes adivinatorias como la quiromancia, el tarot o las cartas astrales.
– Se vive igualmente una fascinación por lo maravilloso-curativo. Son muchos los que acuden con credulidad a curanderos o a sanadores dotados de poderes paranormales.
– Lo sorprendente y misterioso aparece también vinculado al mal. Se vive la fascinación de los relatos de posesiones diabólicas, exorcismos o cultos satánicos.
– Finalmente, la fascinación por lo misterioso alcanza su cumbre en la atracción que provocan todas las informaciones relacionadas con los ovnis y los seres de otros mundos.
– El hombre moderno sigue buscando en lo paracientífico, en lo marginal, las huellas de lo sagrado, intentando a su vez dominarlo muchas veces por procedimientos mágicos.
3. LA DIVINIZACIÓN DE LA TIERRA.
– Se está difundiendo un pensamiento que descubre la tierra como un ser vivo, del cual los hombres procedemos. La tierra es concebida como la totalidad vital originaria.
Necesidad de una nueva religión, dado que la crisis ecológica hunde sus raíces en problemas de carácter religioso que las “viejas religiones” no han sabido solucionar.
– Sacralización de la energía (vital) que une al hombre y la naturaleza, presente en todo.
4. “LA NUEVA ERA”. CARACTERÍSTICAS GENERALES.
– El punto de partida de este movimiento es la constatación de que la historia se encuentra en un momento crítico y la preocupación por las crisis de la sociedad moderna.
– Su eje central es la búsqueda de un mundo donde se pueda alcanzar una mayor felicidad con un desarrollo personal y unas nuevas relaciones con los demás y con la naturaleza.
– Defienden una vida suave, sana y placentera; mantener actitudes no violentas, respetuosas y dialogantes; la búsqueda de la sabiduría, la ampliación de la conciencia y la interioridad; la práctica de la relajación y de la meditación; la defensa del medio ambiente, la utilización de medicinas alternativas, la vuelta a la naturaleza, etc.
– La solución que propugnan los teóricos de la Nueva Era es una urgente transformación de la humanidad por la adquisición de una “conciencia holística”. La era de Acuario.
5. CONCEPCIÓN DE DIOS EN LA “NUEVA ERA”.
– Dios es la energía cósmica que constituye todos los seres y su orden racional, su “conciencia”. Concepción panteísta de lo divino, en la que Dios y mundo se confunden.
– Para llegar a esta configuración de lo divino, de claras resonancias hínduistas, la Nueva Era alude a la nueva y compleja visión del mundo proporcionada por la física cuántica.
– Religiosidad ecologista, en la que la figura de un Dios personal, trascendente al mundo, queda sustituida por la divinización de la Madre Tierra (Gea).
– Buda, Confucio, Moisés, Jesús, Mahoma etc., pertenecen a una larga serie de “avatares” del Cristo universal que van guiando a los hombres hacia la verdad suprema.
– El Espíritu del que habla la Nueva Era no es una persona (el Espíritu Santo), sino la misma energía cósmica o conciencia universal, presente en todos los seres del mundo.
– La Nueva Era no quiere ser una religión, en el sentido tradicional de la palabra, sino la superación de todas las religiones que hasta ahora han existido.
6. EL HOMBRE Y LA SALVACIÓN EN LA “NUEVA ERA”.
– La conciencia del hombre occidental está marcada decisivamente por la cultura de la modernidad. Esta cultura divide tajantemente la realidad en una serie de dualidades irreductibles entre sí: sujeto-objeto, espíritu-materia, fe-razón, Dios-mundo, etc.
– La solución a esta situación, según la Nueva Era, está en un cambio radical de la conciencia, en una transformación del modo de ver el mundo y el yo, y de la forma de relacionarse con Dios, con la naturaleza y con los demás.
– Se trata de saberse una pequeña partícula divina dentro del Todo infinito; de saberse idéntico al otro tú humano; de reconocer en las cosas del mundo, hasta en los más alejados astros, a los miembros de una única y misma realidad, de carácter espiritual.
7. REVISIÓN CRÍTICA.
– Su sincretismo religioso, su tendencia a la autoliberación por el conocimiento, su concepción impersonal de Dios como energía cósmica, su intento de rechazar el Misterio, explicándolo todo desde la ciencia o desde las doctrinas esotéricas de los movimientos herméticos, hacen de esta nueva forma de vivir la religión un exponente moderno de la ambigua religiosidad natural del hombre, siempre expuesta a errores.

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