mi homilia de ayer

Sobre Juan Bautista y su manía de bautizar

El signo profético era la misma persona. No sólo era Elías, al que era imposible reducir con lo políticamente correcto. Era alguien que había vencido al demonio, al demonio de lo conveniente, al demonio de la vanidad, al demonio del placer, al demonio de la tristeza…

Por eso atraía, porque creía lo que decía. Era el encargado de preparar al pueblo, y ¡qué bien lo hacía!

En su presencia se desnudaban los publicanos y los militares. En su presencia se desnudaban y se hacían bautizar los ricos y los pobres. Ciertamente su libertad era un descanso, un refrigerio, un encuentro con los sueños, con lo mejor de cada uno. Con él todo parecía posible.

Parecía el hombre que mira y ve, desnudaba con su mirada los pecados y los pecadores se sentían amados y urgidos.

¿Qué tenemos que hacer?

Y el pobre profeta les decía palabras de madre: no cobres de más, comparte lo que tienes. Y todos se sentían tratados con la delicadeza de una madre.

Sólo veían al profeta terrible cuando se daba el cinismo y la hipocresía. Ahí no había nadie que le pudiera toser. Porque hablaba en ese caso con la misma ira de Dios.

No era el Mesías, pero creía que el Mesías vendría con Espíritu Santo. Lo sabía. Y lo temía. Como yo lo temo.

Porque el Espíritu no es una palabra de profeta, ni agua, es fuego.

Y vale la pena recibir agua a fuego. El agua lo apaga. El bautismo lo conjura. Sólo queda la madre.

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