Magisterio sobre el Sacerdocio 3

2.- Pío XI escribió la encíclica  “Ad catholici sacerdotii” el 20 de diciembre de 1935.

 

  • Esta encíclica es  resumen de la teología del sacerdocio (Repite la declaración de Trento: “El mismo Dios, pues, y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre, una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna; con todo, como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte; para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos; al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el orden de Melchisedech, constituido para toda la eternidad, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, y lo dio a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del nuevo Testamento, para que lo recibiesen bajo los signos de aquellas mismas cosas, mandándoles, e igualmente a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofreciesen, por estas palabras: Haced esto en memoria mía” SEss.XXI,c.1. Nm 17).
  • Valor descendente del sacerdocio. En este documento, Pío XII profundiza la espiritualidad sacerdotal en torno a la mediación del sacerdote como instrumento de Cristo resucitado( (1Cor 4,1 Nm 15.), sentido descendente del sacerdocio, y su carácter de identificación con el mismo Cristo-víctima ([1] El sacerdote es presentado desde la carta a los Hebreos como el que tomado de entre los hombres ha sido constituido para bien de los hombres en las cosas tocantes a Dios (5,1. Nm 12). Alter Christus: “Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros” Jn 20,21. Nm 16), carácter intercesor o ascendente del sacerdocio. Es claro, a partir de esto, que la Iglesia, que prolonga en la Eucaristía la presencia y el sacrificio de Cristo (El objeto principal por el que es necesario el sacerdocio es la ofrenda eucarística: “Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad divina: Porque, aplacado el Señor con la oblación de este sacrificio, concede su gracia y el don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes” Trento Sess XXII, c. 2  Ad c. s. nm. 19)..

El sacerdocio, de un valor inigualable en vista a la reconciliación y a la salvación, es necesario. El mundo y la Iglesia necesitan del sacerdote para santificar a sus miembros, pastorearlos y dirigirlos. Su servicio es al Cuerpo eucarístico y místico a la vez (Nm 21).

 El aprecio por el sacramento de la penitencia, especialmente, sin detrimento de los demás, es motivo suficiente para la admiración por la providencia, que ha concedido a seres débiles como son los sacerdotes la misión de reconciliar (Nm. 22-24). Ello es motivo de alegría y exige un esfuerzo sincero de disponibilidad y configuración con Cristo en el orden de las obras, de la caridad y de los sentimientos. Pero la gracia necesaria es objeto de la fe en el mismo sacramento del orden recibido con humildad y temblor (Nm 25). En el sentido descendente de la misión sacerdotal (ad homines) ocupa un lugar eminente el servicio de la Palabra. Este ministerio es especialmente importante en un mundo caracterizado por la mentira y las desviaciones (Nm 26-32).

Valor ascendente del sacerdocio.

La tarea ascendente de la oración, semejante y unida a la de Cristo (Lc 6,12; Heb 7, 25), es un sacrificio de alabanza que constituye una oración de intercesión, el salterio, oración en nombre de la Iglesia, poderosísima, según Crisóstomo (nm. 33-34).

Valor de la santidad sacerdotal.

Plenamente unida al valor ascendente del sacerdocio en cuanto impetración y victimación, y al valor descendente del sacerdocio en su oficio ejemplar y profético, la santidad sacerdotal comparta deberes específicos.

En su afán de recordar todas las obligaciones sacerdotales, el Papa insiste en la necesidad de la específica santidad sacerdotal, correspondiente a su elección o dignidad, y la necesidad de la misma en orden al ex opere operantis (nm. 36). Esa santidad, puesto que el oficio es ser instrumento de Cristo, consiste en la unión con Cristo por el sacrificio eucarístico (nm 41) y la imitación. Se trata de llegar a ser otro Cristo (nm. 44). A más dignidad, mayor santidad, mayor carga por mayor responsabilidad. Porque las palabras conmueven, mas el ejemplo arrastra, y es de experiencia que Dios bendice a los que humildemente buscan su propia santificación.

Y que nadie diga, con la excusa de la actividad, que con ésta es suficiente. Existe el peligro de que ésta sea excusa (nm 43) y que no logre nada puesto que todo depende de la santidad verdadera y del Espíritu Santo cuya gracia hay que vivir y suplicar.

La piedad debe ser sólida (1Tim 4,8), no simplemente sentimental, sino de convicciones profundas. Debe ser mariana, puesto que ocupamos un lugar mariano por la semejanza de nuestra posición ante Cristo y la de María. Debe ser casta( (Concilio de Elvira, año 306), y la ruptura de la castidad es sacrilegio. Debe ser la santidad desprendida o desinteresada y en este sentido absolutamente “casta”, puesto que Dios se merece la absoluta pureza y el rebaño la absoluta dedicación (Nm. 45-55). La castidad tiene, pues, en este sentido, una relación con la ausencia de otros esposos otros dioses, otras dependencias, otras fidelidades.

El celo ardiente del Corazón de Jesús consagra a ese sacerdote a buscar a las ovejas perdidas, a los infelices, en obediencia al propio Obispo, en la unidad y en imitación de Cristo cuyo servicio fue en obediencia al Padre (Heb 10,5-7). Si todos trabajamos en esa misma heredad tenemos que trabajar en el mismo sentido (Nm.58-61).

No falta en este documento orientaciones sobre la ciencia conveniente. No puede enseñar quien no sabe. En consecuencia, por amor al pueblo que espera de él la sana doctrina (Mal 2,7; Os 4,6), debe él mismo amarla y darla. Porque la santidad no suele suplir la ciencia, como los milagros no suplen la naturaleza. El ministerio, sin embargo, se hace con los laicos y para ellos (nm 62-66).

La insistencia final está puesta en el seminario, con la importancia de la elección de los superiores y la selección de los candidatos:

 

“Y aunque lo mejor es hacer esta eliminación desde el principio, porque en tales cosas el esperar y dar largas es grave error y causa no menos graves daños, sin embargo, cualquiera que haya sido la causa del retardo, se debe corregir el error, tan pronto como se advirtiere, sin respetos humanos y sin aquella falsa compasión que sería una verdadera crueldad no sólo para con la Iglesia, a quien se daría un ministro inepto o indigno, sino también para con el mismo joven, que, extraviado ese camino, se encontraría expuesto a ser piedra de escándalo para sí y para los demás, con peligro de eterna perdición” (Nm 71). Los requisitos son también claros: “No será difícil, repetimos, asegurarse de si uno tiene o no verdadera vocación sacerdotal. La cual, como bien sabéis, venerables hermanos, más que en un sentimiento del corazón, o en una sensible atracción, que a veces puede faltar o dejar de sentirse, se revela en la rectitud de intención del aspirante al sacerdocio, unida a aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que le hacen idóneo para tal estado” (Nm 72).

 

Sólo por este consejo sería justificable esta encíclica. En cuanto a los estudios, y, por un lado, con la preferencia por la seriedad de la escolástica, por otro insiste en la conveniencia de seminarios diocesanos, o, en todo caso, de seminarios regionales donde no sea posible que sean diocesanos.

Es evidente que somete criterio de selección antedicho también a los religiosos, y que  prefiere calidad a cantidad, así como considera más seguro evitar un mal sacerdote que arriesgar una vocación dudosa. La insistencia en la oración por las vocaciones, la necesidad de movimientos de jóvenes y la importancia de la familia cristiana como semillero de vocaciones, así como una exhortación a los sacerdotes a cumplir su vocación y a poner los medios, entre los que están los ejercicios espirituales anuales, ocupa la última parte de esta preciosa encíclica de tanta actualidad.

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