Magisterio sobre el Sacerdocio 6

Sacerdote

 

La primera pregunta no es cómo se hace o cómo se vive, sino para qué sirve.

Y la contestación es sencilla, sirve para que Cristo Encarnado, Muerto y Resucitado siga presente en la Iglesia y en el mundo y siga realizando en el corazón de cada uno y en la sociedad el proyecto de Dios, y siga muriendo por los hombres, intercediendo por ellos.

Porque los sacerdotes son los Apóstoles y éstos son la continuación de Jesús, los embajadores de Cristo (2Cor 5,20), los administradores de los misterios de Dios (1Cor 4,1). Ésa va a ser la nota distintiva del Magisterio (por ejemplo Haerent animo 14). De ahí que sea imposible, y ni siquiera eso hizo Lutero, negar la necesidad de un ministerio en la Iglesia. Negó que Jesucristo hubiera destinado para ello a algunos olvidando que lo hizo con los Apóstoles para toda su vida.

Un somero repaso por algunos de los últimos documentos magisteriales puede arrojar luz sobre esta función. Pero, aunque no necesariamente, a distinta función distinto órgano, el sacerdote debe distinguirse del laico no sólo en su función sino en su ser.

Veamos estos documentos:

El sacerdocio fue atacado  por primera vez en el primitivo protestantismo: como un elemento nuevo, como una especie de invento de la Iglesia, y con él los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia, el primero atribuyéndoselo a la Iglesia y no al sacerdote y el segundo negando que viniera de Jesucristo:

 

 A la nobleza cristiana de la nación alemana: “Por esta razón, la consagración por el obispo no es nada más que la elección por él de uno de entre la multitud, en lugar y en nombre de la asamblea —todos ellos tienen el mismo poder— al que le ordena ejercer ese mismo poder para los demás; de igual manera que si diez hermanos, hijos del rey, herederos por igual, eligieran a uno para que gobernara la herencia por ellos: todos ellos serían reyes y con igual poder, y, sin embargo, se encomienda a uno su administración…Por ello, en la cristiandad un orden sacerdotal no debería ser otra cosa que un cargo: mientras está en el cargo, va delante; si es destituido es un campesino o un ciudadano como los demás. Es igualmente verdad que si un sacerdote es destituido ya no es sacerdote. Pero ellos se han inventado los characteres indelebiles y dicen la tontería de que un sacerdote destituido es, sin embargo, diferente a un simple laico.” M. Lutero

 

y entonces el sacerdocio ministerial fue defendido por el Concilio de Trento que le atribuyó como elementos diferenciadores dichos sacramentos[1]:

CAN. I. Si alguno dijere, que no hay en el nuevo Testamento sacerdocio visible y externo; o que no hay potestad alguna de consagrar, y ofrecer el verdadero cuerpo y sangre del Señor, ni de perdonar o retener los pecados; sino sólo el oficio, y mero ministerio de predicar el Evangelio; o que los que no predican no son absolutamente sacerdotes; sea excomulgado.

Pero, dejando por sentado que lo especial en el sacerdote es el poder de Cristo Resucitado de hacerle presente por esos dos sacramentos, el magisterio actual no ha dejado de señalar, y no de modo eventual, la necesidad del sacerdote en otros campos y menesteres de muchos modos.

 

1.- Repasemos brevemente la exhortación apostólica “Haerent animo” de Pío X del año 1908:

 

 El objetivo es el aumento de la santidad en los sacerdotes (nm.2) definiendo al sacerdote como hombre de Dios según 1Tim 6,11 (Nm. 10). Ciertamente está en la línea de ex opere operantis como complemento del ex opere operato. Afirma el Papa que si el sacerdote descuida su santificación no podrá ser sal de la tierra, y si no lo es no aprovecha para nada. Pero no se trata simplemente de que el sacerdote es un ejemplo para el pueblo, sino de que su intercesión consiste en victimarse ante Dios por el pueblo a imitación y en unión con Jesucristo (nm. 16). Refiriéndose en esto al concilio de Trento, indica que las faltas en un sacerdote son más graves que en un fiel, y que, por tanto, lo que más afecta a la santificación del pueblo de Dios es la santidad personal del sacerdote, aunque ésta quede en el secreto (nm.27). Pero ciertamente el olvido de sí, la negación de sí mismo, es el alma de la santidad sacerdotal, es decir, del hombre nuevo cuyo ejemplo reciente ha sido el cura de Ars, hombre crucificado para el mundo (nm.38-39). Esta vida de encuentro con Dios se vive especialmente por la oración sacerdotal, la de intercesión (nm. 45), pero también aquella que se mueve humildemente por motivos propios (nm. 44), porque sin ella es imposible perseverar en la virtud (nm. 41). Pide el examen de conciencia… y la obediencia, pero sobre todo  la caridad (nm. 76-78), a la cual llama ya pastoral (nm. 50). El presbítero es aquel que tiene a Dios por herencia y tesoro (nm. 20), en consecuencia , confiando en su gracia, se convierte en instrumento de la misma (nm. 34-35).

 

2.- Pío XI escribió la encíclica  “Ad catholici sacerdotii” el 20 de diciembre de 1935.

 

  • Esta encíclica es  resumen de la teología del sacerdocio (Repite la declaración de Trento: “El mismo Dios, pues, y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre, una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna; con todo, como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte; para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos; al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el orden de Melchisedech, constituido para toda la eternidad, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, y lo dio a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del nuevo Testamento, para que lo recibiesen bajo los signos de aquellas mismas cosas, mandándoles, e igualmente a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofreciesen, por estas palabras: Haced esto en memoria mía” SEss.XXI,c.1. Nm 17).
  • Valor descendente del sacerdocio. En este documento, Pío XII profundiza la espiritualidad sacerdotal en torno a la mediación del sacerdote como instrumento de Cristo resucitado( (1Cor 4,1 Nm 15.), sentido descendente del sacerdocio, y su carácter de identificación con el mismo Cristo-víctima ([1] El sacerdote es presentado desde la carta a los Hebreos como el que tomado de entre los hombres ha sido constituido para bien de los hombres en las cosas tocantes a Dios (5,1. Nm 12). Alter Christus: “Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros” Jn 20,21. Nm 16), carácter intercesor o ascendente del sacerdocio. Es claro, a partir de esto, que la Iglesia, que prolonga en la Eucaristía la presencia y el sacrificio de Cristo (El objeto principal por el que es necesario el sacerdocio es la ofrenda eucarística: “Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad divina: Porque, aplacado el Señor con la oblación de este sacrificio, concede su gracia y el don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes” Trento Sess XXII, c. 2  Ad c. s. nm. 19)..

El sacerdocio, de un valor inigualable en vista a la reconciliación y a la salvación, es necesario. El mundo y la Iglesia necesitan del sacerdote para santificar a sus miembros, pastorearlos y dirigirlos. Su servicio es al Cuerpo eucarístico y místico a la vez (Nm 21).

 El aprecio por el sacramento de la penitencia, especialmente, sin detrimento de los demás, es motivo suficiente para la admiración por la providencia, que ha concedido a seres débiles como son los sacerdotes la misión de reconciliar (Nm. 22-24). Ello es motivo de alegría y exige un esfuerzo sincero de disponibilidad y configuración con Cristo en el orden de las obras, de la caridad y de los sentimientos. Pero la gracia necesaria es objeto de la fe en el mismo sacramento del orden recibido con humildad y temblor (Nm 25). En el sentido descendente de la misión sacerdotal (ad homines) ocupa un lugar eminente el servicio de la Palabra. Este ministerio es especialmente importante en un mundo caracterizado por la mentira y las desviaciones (Nm 26-32).

Valor ascendente del sacerdocio.

La tarea ascendente de la oración, semejante y unida a la de Cristo (Lc 6,12; Heb 7, 25), es un sacrificio de alabanza que constituye una oración de intercesión, el salterio, oración en nombre de la Iglesia, poderosísima, según Crisóstomo (nm. 33-34).

Valor de la santidad sacerdotal.

Plenamente unida al valor ascendente del sacerdocio en cuanto impetración y victimación, y al valor descendente del sacerdocio en su oficio ejemplar y profético, la santidad sacerdotal comparta deberes específicos.

En su afán de recordar todas las obligaciones sacerdotales, el Papa insiste en la necesidad de la específica santidad sacerdotal, correspondiente a su elección o dignidad, y la necesidad de la misma en orden al ex opere operantis (nm. 36). Esa santidad, puesto que el oficio es ser instrumento de Cristo, consiste en la unión con Cristo por el sacrificio eucarístico (nm 41) y la imitación. Se trata de llegar a ser otro Cristo (nm. 44). A más dignidad, mayor santidad, mayor carga por mayor responsabilidad. Porque las palabras conmueven, mas el ejemplo arrastra, y es de experiencia que Dios bendice a los que humildemente buscan su propia santificación.

Y que nadie diga, con la excusa de la actividad, que con ésta es suficiente. Existe el peligro de que ésta sea excusa (nm 43) y que no logre nada puesto que todo depende de la santidad verdadera y del Espíritu Santo cuya gracia hay que vivir y suplicar.

La piedad debe ser sólida (1Tim 4,8), no simplemente sentimental, sino de convicciones profundas. Debe ser mariana, puesto que ocupamos un lugar mariano por la semejanza de nuestra posición ante Cristo y la de María. Debe ser casta( (Concilio de Elvira, año 306), y la ruptura de la castidad es sacrilegio. Debe ser la santidad desprendida o desinteresada y en este sentido absolutamente “casta”, puesto que Dios se merece la absoluta pureza y el rebaño la absoluta dedicación (Nm. 45-55). La castidad tiene, pues, en este sentido, una relación con la ausencia  de otros esposos otros dioses, otras dependencias, otras fidelidades.

El celo ardiente del Corazón de Jesús consagra a ese sacerdote a buscar a las ovejas perdidas, a los infelices, en obediencia al propio Obispo, en la unidad y en imitación de Cristo cuyo servicio fue en obediencia al Padre (Heb 10,5-7). Si todos trabajamos en esa misma heredad tenemos que trabajar en el mismo sentido (Nm.58-61).

No falta en este documento orientaciones sobre la ciencia conveniente. No puede enseñar quien no sabe. En consecuencia, por amor al pueblo que espera de él la sana doctrina (Mal 2,7; Os 4,6), debe él mismo amarla y darla. Porque la santidad no suele suplir la ciencia, como los milagros no suplen la naturaleza. El ministerio, sin embargo, se hace con los laicos y para ellos (nm 62-66).

La insistencia final está puesta en el seminario, con la importancia de la elección de los superiores y la selección de los candidatos:

 

“Y aunque lo mejor es hacer esta eliminación desde el principio, porque en tales cosas el esperar y dar largas es grave error y causa no menos graves daños, sin embargo, cualquiera que haya sido la causa del retardo, se debe corregir el error, tan pronto como se advirtiere, sin respetos humanos y sin aquella falsa compasión que sería una verdadera crueldad no sólo para con la Iglesia, a quien se daría un ministro inepto o indigno, sino también para con el mismo joven, que, extraviado ese camino, se encontraría expuesto a ser piedra de escándalo para sí y para los demás, con peligro de eterna perdición” (Nm 71). Los requisitos son también claros: “No será difícil, repetimos, asegurarse de si uno tiene o no verdadera vocación sacerdotal. La cual, como bien sabéis, venerables hermanos, más que en un sentimiento del corazón, o en una sensible atracción, que a veces puede faltar o dejar de sentirse, se revela en la rectitud de intención del aspirante al sacerdocio, unida a aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que le hacen idóneo para tal estado” (Nm 72).

 

Sólo por este consejo sería justificable esta encíclica. En cuanto a los estudios, y, por un lado, con la preferencia por la seriedad de la escolástica, por otro insiste en la conveniencia de seminarios diocesanos, o, en todo caso, de seminarios regionales donde no sea posible que sean diocesanos.

Es evidente que somete criterio de selección antedicho también a los religiosos, y que  prefiere calidad a cantidad, así como considera más seguro evitar un mal sacerdote que arriesgar una vocación dudosa. La insistencia en la oración por las vocaciones, la necesidad de movimientos de jóvenes y la importancia de la familia cristiana como semillero de vocaciones, así como una exhortación a los sacerdotes a cumplir su vocación y a poner los medios, entre los que están los ejercicios espirituales anuales, ocupa la última parte de esta preciosa encíclica de tanta actualidad.

 

3.-  Pío XII publica “Menti nostrae” el 23 de septiembre de 1950

 

Insistirá de nuevo en la santidad sacerdotal, pero esta vez con acentos más litúrgicos y eclesiales, puesto que quiere fundar en la eficacia objetiva del sacramento del orden, en la transformación del sacerdote, por la caridad, en otro Cristo y en el alimento litúrgico diario la facilidad para la santidad personal, que adquiere una dimensión de servicio. Se nos hablará de directores espirituales para el clero, de vida común y de seminarios.

Sin embargo hay novedades. La perfección sacerdotal, que debe ser ejemplo para los laicos, empieza por la mortificación (nm 7). La perfección es la caridad, y proviene de mantener la mirada en Jesús, unirse profundamente a Él de quien es colaborador, y cuya vida reproduce (Cristo es el Verbo de Dios, que no se desdeñó de tomar la naturaleza humana; que vivió su vida terrena para cumplir la voluntad del eterno Padre; que difundió en torno a Sí el perfume del lirio; que vivió en la pobreza; “que pasó haciendo el bien y sanando a todos”, y que se inmoló como hostia por la salvación de los hermanos” nm 12), y vivir la humildad, que nos remite, ante la imposibilidad de vivir sin Él, a Él mismo como salvador. De hecho, es imposible reflejar a Cristo sin negarse a sí mismo, ponerse al servicio de los demás y evitar el juicio, la autocomplacencia y el amor a lo terreno (nm 13-14).

La autoinmolación se produce por la obediencia, la castidad y la pobreza voluntaria. La obediencia a la autoridad establecida por el Señor es al mismo Señor (nm 15-16). El principio de autoridad no puede ser discutido de forma absoluta, no sólo porque es una subversión del mismo orden social, sino porque destruye la propia santificación (nm 16). “Fueron encontrados dignos de sufrir por el nombre de Cristo” (Hech 5,41).  La castidad celibataria es una renuncia para una entrega completa al Señor sin división (1Cor 7,32-33) y significa que se ama al Señor con todo el corazón y ello se expresa de este modo: es hostia pura, santa e inmaculada para Dios.

Ese amor es paternal y empuja a la entrega absoluta. La castidad, por ser difícil, debe unirse a la vigilancia y a la sobriedad (1Pe 5,8). Disolución de costumbres, insinuaciones y libertad en las relaciones entre sexos son otros tantos peligros. “Vigilad y orad” (Mc 14,38) nos recomienda Jesús. La deshonestidad es un adulterio contra Dios. Confiemos nuestra castidad a la protecciòn de María (nm 18). En todo caso, siempre debemos presentarnos como sacerdotes, y nunca disimulando nuestra condición. Limítese a lo que requiere el sagrado ministerio en las asociaciones femeninas.

En cuanto a la pobreza, el dinero es otro modo de esclavitud, como lo es el capricho o el placer. Para poder librarse hay que creer en la Providencia y no tener afecto a las cosas de esta tierra. No tener que hacer este voto no significa no amar esta virtud: ello significa sencillez, amor a los pobres y no mezclarse en empresas económicas que impiden cumplir los propios deberes sagrados y merman la consideración de los fieles. Que se pueda decir: “No busco vuestras cosas, sino a vosotros” (2Cor 12,14).

Así, con estas y las demás virtudes, el sacerdote se convierte en imagen de Cristo, en aceptable sacrificio (nm 23). Descubrir que la vida del sacerdote debe convertirse en lo que celebra es lo que va a proponer ahora:

 

“Al encomendar su espíritu en las manos del Padre, se encomendó a sí mismo a Dios como hombre, para recomendarnos a todos los hombres (San Atanasio. De incarnatione 12. Migne, PG, XXVI 1003s. Nm. 24). Lo mismo ocurre en el sacrifico eucarístico, que es renovación incruenta del sacrificio de la cruz: Cristo se ofrece así mismo al Padre por la gloria y por nuestra salud.

Y en cuanto que Él, sacerdote y víctima, obra como Cabeza de la Iglesia, se ofrece e inmola, no solamente a sí mismo, sino a todos los fieles, y en cierto modo a todos los hombres (San Agustín. De civitate Dei X,c 6. Nm 25). Ahora bien, si esto vale de todos los fieles, con mayor título vale de los sacerdotes, que son ministros de Cristo, principalmente por la celebración del sacrificio eucarístico.

Precisamente en el sacrificio eucarístico, cuando en la persona de Cristo consagra el pan y el vino, que pasan a ser cuerpo y sangre de Cristo, el sacerdote bebe en la fuente misma de la vida sobrenatural y puede alcanzar los inagotables tesoros de la salvación y todas aquellas ayudas que le son necesarias, no sólo personalmente sino también ara el cumplimiento de su misión (nm. 26).

El sacerdote, mientras está en tan estrecho contacto con los divinos misterios, no puede menos de tener hambre y sed de justicia o dejar de sentir los estímulos de igualar su vida a su excelsa dignidad y orientarla hacia el sacrificio, debiendo ofrecerse e inmolarse a sí mismo con Cristo.

De este modo no solamente celebrará la santa misa, sino que íntimamente la vivirá; y sólo así podrá alcanzar aquella fuerza sobrenatural que le transformará totalmente y hará partícipe de la vida de sacrificio del Redentor (nm. 28)….

Esto implica un trabajo largo y arduo que transforme nuestra alma en una víctima, para que participe íntimamente en el sacrificio de Cristo… debe ser ejercicio de piedad que lo refiera todo a la gloria de Dios; debe ser ejercicio de penitencia que frene y gobierne los movimientos del alma; debe ser esfuerzo de caridad que inflame el alma de amor hacia Dios y hacia el prójimo y estimule a todas las obras de misericordia; debe ser, finalmente, voluntad activa de lucha y de fatiga por hacer lo que sea más perfecto (nm 28).

El sacerdote debe, pues, intentar reproducir en su alma todo lo que ocurre sobre el altar…nos advierte San Pedro Crisólogo: Sé sacrificio y sacerdote de Dios; no pierdas lo que te dio la divina autoridad. Revístete de la estola de la santidad; cíñete con el cíngulo de la castidad; sea Cristo velo sobre tu cabeza; esté la cruz como baluarte sobre tu frente; pon sobre tu pecho el sacramento de la ciencia divina; quema siempre el perfume de la oración; blande la espada del espíritu; haz de tu corazón como un altar y ofrece sobre él tu cuerpo como víctima a Dios… Ofrece la fe de modo que sea castigada la perfidia; inmola el ayuno para que cese la voracidad; ofrece en sacrificio la castidad para que muera la pasión; pon sobre el altar la piedad para que sea depuesta la impiedad; invita a la misericordia para que se destruya la avaricia; y para que desaparezca la necesidad, conviene inmolar la santidad; así tu cuerpo será tu hostia, si no está herido por ningún dardo de pecado (Sermo CVIII . MIGNE PL LII 500501 Nm 29)… Valgámonos de la sangre de Jesuscrito con la mayor largueza para ser con el sacrifico total de nosotros mismos ofrecidso al Padre con Jesucristo, los verdaderos mediadores sde usticia en aquellas scosas que se refieren a Dios y para merecer que nuestrs plegarias sean aceptadas e impretrar gracias… sólo cuando hayamos llegado a ser como una sola cosa con Cristo…. Podremos bajar para llevar a todos los hombres la vida y la luz…a través del ministerio sacerdotal (Nm 31)”

 

A partir de aquí observamos que el Papa invita a orar, como comunicación continua con Dios, con el oficio divino (Heb 13,15). Sabe que será escuchado cuando ore con poderoso clamor y lágrimas (Heb 4,7) en nombre de Cristo, mediador junto al padre e intercesor nuestro y haciendo de voz de la Iglesia, que recoge los votos y deseos de todos los fieles. El oficio divino es medio de santificación porque eleva la mente y el alma a Dios, nos une a los santos y, por eso, debe realizarse digna, atenta y devotamente. Para hacerlo hay que tener la misma intención de Cristo, que suplica al Padre por los hombres. Medio de santificación es también el año litúrgico cuando se meditan sus misterios, que son los de la vida del Señor.

El santo Padre nos pide también no olvidar la meditación diaria, la oración vocal y el espíritu de oración y, con la devoción a María, la visita al Santísimo, el examen de conciencia, la confesión frecuente, la dirección espiritual y los ejercicios espirituales (hasta el nm. 47). No está de más que en estas cosas tengamos en cuenta los consejos de ese hombre que buscaba la santidad: Pío XII. En la devoción a María invita a recitar y meditar el Rosario, cuyos misterios llevan a Jesús por María, diariamente. La visita nocturna al Santísimo hace presente el amor de Cristo, reaviva el propio y repara la ingratitud inferida por tantos hombres contra ese mismo amor del que la Eucaristía es sacramento. El examen diario de conciencia es condición de progreso en la virtud y reaviva los compromisos y los propósitos. Pero el perdón, obra maestra de Dios, se nos ofrece por el sacramento de la Penitencia que socorre nuestra fragilidad. Por eso, hombres débiles como somos, debemos subir al altar limpios, y por eso, reconciliados. Ese sacramento desarrolla nuestra humildad, aumenta el recto conocimiento de nosotros mismos, desarraiga la perversidad, resiste la negligencia y el sueño espiritual, purifica la conciencia, vigoriza la voluntad, procura la recta dirección de conciencias y aumenta la gracia (Mystici Corporis Christi). Amar la dirección espiritual significa reconocer que hay cosas que sólo los demás pueden decirnos: peligros, medios, y consejos y, como el sacramento de la penitencia, la humildad de la obediencia. Los ejercicios son el modo de prestar oído atento a la voz de Dios y, a la vez que nos llaman a cumplir más santamente los deberes de nuestro ministerio y contemplar los misterios del Redentor, refuerzan nuestra voluntad para servirle en santidad y justicia todos nuestros días (Lc 1,74-75).

Comienza la segunda parte, que lleva por título “la santidad del ministerio sagrado”. Nos resulta impresionante a sacerdotes tan superficiales como somos los actuales este título.

La meditación en la función sacramental del presbítero es el motivo fundamental de su propia santidad. Comienza reflexionando sobre la virtud salvadora de la muerte del Señor:

 

“En el monte Calvario le fue abierto al Redentor el costado, del que fluyó su sagrada sangre que se derrama en el curso de los siglos como torrente que inunda, para purificar las conciencias de los hombres, expiar sus pecados y repartirles los tesoros de la salvación. A la ejecución de tan sublime ministerio están destinados los sacerdotes… órganos del desarrollo del Cuerpo místico porque deben dar a la Iglesia continuamente nuevos hijos, educarlos, cultivarlos, guiarlos… dispensadores de los misterios de Dios. Deben por ello servir a Jesucristo con perfecta caridad y consagrar todas sus fuerzas a la salvación de los hermanos (1Cor 4,1)” (Nm 48-49).

 

Apóstoles de la luz, de la gracia y del perdón, los sacerdotes

 

“deben consagrarse totalmente a la salvación y atraer a los hombres al altar de Dios para que se nutran del pan de la vida eterna”

 

y,  apóstoles de la caridad, deben promoverla. Ello invita a la acción y por ello en esas acciones necesarias, crece también la santidad del sacerdote.

El Papa señala el apostolado litúrgico y el de la oración, la acción católica y la acción misional, y la preparación de los laicos. Pero el Papa ve que  podemos poner en alternativa esa acción con la acción profunda de unirnos al Señor, y es sin embargo una misma acción, puesto que hemos de dejarnos llevar por el Espíritu y el amor de Cristo.

 Otra cosa sería una simple agitación y la exposición a desviaciones y a soberbias, así como a ausencia de gracia. Es la herejía de la acción. Nuestro auxilio es el Señor. Sólo a Él la gloria, sólo en Él la confianza. El que obra unido a Jesucristo le transparenta: “El que habla, hable palabras de Dios, el que realiza un servicio, que lo haga con la gracia que Dios le comunica” (1Pe 4,11). Todos le imitarán como él a Jesucristo (1Cor 4,16). Así el principal deber del sacerdote, aun en medio de tantas necesidades, es la santificación propia. Y los medios son aquellos que el propio Señor ha puesto, los sacramentos y su Palabra. Pero hay otro camino errado, “el de aquellos que no se apresuran según sus posibilidades, a hacer penetrar el espíritu cristiano en la vida cotidiana en todas aquellas formas que requiere” nuestro tiempo. Porque desconfían de la eficacia de la ayuda divina (hasta el nm 53).

El Papa continúa. Quiere que cumplamos  aquellas palabras de Pablo: “Con gusto me gastaré y desgastaré en bien de vuestras almas” (2Cor 12,15) imitando a los santos anteriores que mostraron el poder de la gracia divina, quiere que amemos y confortemos a quienes se debaten en sus dudas y dolores, que seamos otros Cristos y que servirle sea manifiesto a todos. Esto es vivir la caridad cristiana, que todo lo soporta, que a todos perdona.

Pero ¿qué es la caridad? Es aquella virtud por la que uno ama a pesar de no ser amado, virtud que vive la paciencia y que soporta incluso hasta la muerte con tal de que Dios, capaz de hacerlo, resucite a los muertos. Pero, en nuestra empresa, no se deja llevar por el éxito, sino por la esperanza, porque uno es el siembra y otro el que siega (Jn 4,37) (Nm 54-55). Esa caridad no consiente el mal, ni acepta el error, pero se compadece del pecador, es, por eso, benigna. Cuando hay arrepentimiento hay que recordar a Pedro que escuchó que había que perdonar siempre (Mt 18,22). Esa caridad no busca lo suyo sino el bien de las almas y la gloria de Dios. Esta caridad abrasa con celo, pero está inspirada por la Palabra que da el discernimiento y por la ciencia cuando busca la verdad, por el Magisterio de la Iglesia. Y el Papa insiste que ese celo una a los sacerdotes con otros colaboradores porque el bien de las almas lo exige (Hasta el nm 58).

El Papa pide colaboración entre sacerdotes seculares y  religiosos. Es de caridad básica en la Iglesia y de gran eficacia en el apostolado. Pide a los obispos reclutar nuevos operarios, es decir, no confiar a la Providencia sin nosotros lo que la Providencia hace con nuestra colaboración. En ello pide la oración según la promesa del Señor (Lc 10,2). Insiste en el examen de intenciones y en la idoneidad necesaria y entre las recomendaciones que da es que los jóvenes seminaristas dispongan del espacio necesario, que su formación sea en moralidad, en responsabilidad y en un ambiente de abnegación. En cuanto a la formación intelectual pide una formación general semejante o superior a la de los jóvenes de su edad y se insiste en la formación escolástica. En los aspectos espirituales insiste el Papa en la necesidad de vivir la experiencia religiosa a nivel personal y no rutinariamente, la necesidad de formar en las virtudes y en la obediencia, castidad y devoción al Santísimo y a la Virgen, evitar que la inexperiencia exponga a peligros a los sacerdotes jóvenes y disponer de instituciones que ayuden a ese encuentro primero. Invita a la vida común en el clero  y a la caridad entre sacerdotes, así como al derecho a recibir ayuda de los poderes públicos en compensación por los beneficios enormes que ellos aportan, y pide arbitrar modos de formación permanente de sacerdotes. Pide finalmente que el sacerdote tenga en cuenta a pobres y a ricos en fidelidad a la doctrina social de la Iglesia.

 

4.- La encíclica de Juan XXIII de 1959 “Sacerdotii nostri primordia”

 

Ya no os llamo siervos sino amigos. Estas palabras de Jn 15,15, aplicables a todo cristiano, el Papa las recuerda especialmente como referidas a los sacerdotes, porque así aparecen en el Pontifical Romano.

El Santo Cura de Ars, admirable por el celo pastoral y un deseo ininterrumpido de oración y penitencia, según dice la oración de su fiesta, es modelo por muchos motivos: en primer lugar, sus penitencias eran por el apostolado. Y ello conseguía milagros de conversión. Era severo consigo y dulce con los demás. Ése es el modelo (nm 10). En segundo lugar, porque creía y por eso vivía su sacerdocio. Y en eso hay una diferencia fundamental con muchos que confunden la pastoral con la propaganda. En tercer lugar, al menos, porque meditaba constantemente el evangelio, de noche y de día. Es importante esta inmersión en el Evangelio para ser un trasunto de Cristo. Por último, porque oraba ante el sagrario. La fe en la Eucaristía es la fe en la Encarnación, y, por eso, en que el pastor no es otro que el que obedece al Pastor auténtico y presente, Cristo.

El sacerdote, no obligado por ley divina a seguir los consejos evangélicos, necesita mayor santidad que la del estado religioso, por su misma responsabilidad (nm 12). Pero quizá por su propia naturaleza, de consejos y no de preceptos, debe tener la flexibilidad necesaria para vivirlos a la manera del pastor. Pero negar la conveniencia práctica de un consejo sería negar su propia naturaleza. En ocasiones esa conveniencia viene a ser necesidad. E incluso para todo cristiano: Si alguno quiere seguirme, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16,24).

Pero ¿cómo podremos hoy vivir esas palabras? Nos resulta imposible sin la oración. Es en realidad un regalo divino porque procede del amor.

Era el Santo Cura rico con los demás, pobre consigo mismo, desprendido de los bienes, compasivo con las miserias, su ideal era darlo todo y no quedarse con nada. Trataba a los pobres con consideración y respeto y recomendaba lo mismo porque estaba tratando a Dios. Alegremente quería contarse entre ellos y por eso no tenía nada suyo. El mundo corrompido donde todo se puede comprar en que vivimos nos invita a evitar el egoísmo. Ello no significa que no sea legítimo e incluso aconsejable conservar algunos bienes para poder hacer el bien mejor (22).

La castidad en la sociedad actual es difícil. Más para el sacerdote, habitualmente solo. Es necesario conservarse limpio, por ello se debe renunciar a las imprudencias, evitar el ocio o la exageración de actividad, etc. La mortificación tiene, decía el Santo Cura, un bálsamo y un gusto al que no se puede renunciar cuando se ha probado. En este camino lo que cuesta es sólo el primer paso. Esos medios no encierran al sacerdote en el egoísmo sino que le abren a todas las necesidades de sus hermanos. El corazón casto, decía el Santo, ama porque ha encontrado la fuente del amor, que es Dios. Da una libertad que le prepara para la entrega. Para Juan XXIII ése era el deseo del corazón de Jesús al amar el sacerdocio, según la afirmación de San Juan María.

La obediencia era el cumplimiento de las promesas de su ordenación para el Santo Cura de Ars. En realidad constantemente se sintió inútil para su misión. La cumplió por obediencia. Cuando escuchaba al Obispo escuchaba a Cristo según aquellas palabras: Quien a vosotros oye a mí me oye (Lc 10,16). Y el cumplimiento de sus obligaciones más onerosas la hizo en el confesonario. Ciertamente la efectividad del apostolado y la santidad de vida descansan en el respeto fiel y constante a la sagrada jerarquía, como decía también Pío XII. Se trata de servir a la Iglesia, de actuar en su nombre y de unirnos más perfectamente a ella (nm. 37).

El corazón de la Iglesia de Ars, del pueblo y de su cura, era el sagrario, y ante él pasaba el cura las horas de la intercesión. A sus lados el confesonario. Eran los lugares de la vida y de la fuerza para él y para todos. “Conservaba una constante unión con Dios en medio de su vida, extraordinariamente ocupada” (nm. 39).

La oración es la contemplación del amor que Dios nos tiene, es la felicidad del hombre sobre la tierra y es el trabajo más productivo cuando como pobres intercedemos por otros (nm. 40), así, como ocurría en el Santo Cura, la oración era el trabajo más sacerdotal de todos.

Juan XXIII, no olvidemos que la encíclica es un comentario de la vida del Santo Cura, que Juan XXIII propone como ejemplo de sacerdocio, quiere que nos convenzamos de la posibilidad de esta meta, la oración. Pero eso es imposible sin fe viva. Tengamos en cuenta que eso responde a normas como la oración mental cotidiana, la visita al Santísimo, el rosario y el examen de conciencia y sobre todo el oficio divino, algunas de las cuales aparecen en el canon 276.

“Se santificaba a sí mismo para estar en condiciones de santificar a los demás”. Un principio que da luz a aquel de la PO 2 de santificarse santificando. Es imposible sin oración desempeñar dignamente nuestro cargo.

La oración de este santo cura de Ars era eucarística, era en la Iglesia. “Está allí aquel que nos ama tanto… no es necesario hablar mucho para orar bien… nos alegramos de su presencia. Y ésta es la mejor oración” (Nm 45).

“Precededlos en la Iglesia con el ejemplo”, decía Pío XII al clero de Roma. Un sacerdote en oración es modelo e invitación a la plegaria. “Ésta fue el arma apostólica por excelencia del joven cura de Ars. No dudamos de su valor en cualquier circunstancia de tiempo y lugar” dice Juan XXIII (Nm 47). Y en esta plegaria eucarística ocupaba el centro de su vida la Misa. Pero esta asignatura es difícil, por eso Juan XXIII intenta explicarla. Es la tarea del sacerdote para la que fue ordenado, de modo que es lógico que sea la fuente de su actividad apostólica y santificación personal. La tarea del Santo Cura fue congregar en torno al altar al pueblo regenerado en el bautismo y purificado en la confesión para ofrecer con él el divino sacrificio en el que Jesús renueva la inmolación cumplida sobre el calvario para redención y gloria. Cuando los cristianos se inmolan con el sacerdote en el sacrificio de Cristo, la gracia llena al hombre, se restaura la unidad de la Iglesia y se construye en la caridad el cuerpo de Cristo.

Siempre es la eucaristía la meta del ministerio aunque a veces las dificultades son enormes.

La eucaristía es la fuente primaria de santificación personal: imitad lo que tratáis, dice el Pontifical Romano; la vida del sacerdote debe ser un sacrificio, con Él, por Él y en Él. La causa del relajamiento del sacerdote es que no pone atención a la misa, decía el Santo Cura. Él se ofrecía por los pecadores y derramaba lágrimas pensando en la desgracia de los sacerdotes que no corresponden a la santidad de su vocación (nm 54).

El secreto del celo pastoral del Santo Cura era la unidad con Cristo. Sin mí nada podéis hacer, dice Jn 15,5. La fe y las costumbres se resentían en Francia de la revolución. Atento a las necesidades, buscando a los jóvenes, retando con su testimonio y sus actuaciones a los que pretendían ridiculizarle y con él a la Iglesia, conviviendo con los pobres, estableciendo escuelas, misiones, fue el buen pastor que conoce a sus ovejas. Realmente un pastor bueno es el mejor regalo que Dios puede dar a una parroquia, como él mismo dijo.

En tres cosas fue admirable, como pastor de almas, como predicador y catequista y como apóstol del confesonario.

Como pastor de almas, el sentido de la dignidad del pastor y la importancia de las almas le hizo llevar con temor esta responsabilidad: “No sabéis lo que es pasar un cura por el tribunal de Dios”. “Concededme la conversión de mi parroquia” era su oración dando a cambio permiso al Señor para los sufrimientos. Y los sufrió. Pero la parroquia se convirtió. El martirio fue la confesión y el instrumento el confesonario, pero no el único. Se trata de la cruz llevada con amor. La cruz es el silencio de Dios, que parece vencerse con oración y ayuno. “La cruz es el gran medio sobrenatural de cooperar a la salud de las almas, comenta el Papa. A un compañero que se queja del poco éxito pastoral, le replica San Juan María Vianney: “¿habéis ayunado, habéis velado, habéis dormido en el suelo, os habéis disciplinado?” (nm 60). “La peor desgracia para nuestras almas es que el alma se nos atrofie”. Comenta el Papa que tal parálisis consiste en que no lloremos por las ovejas que se pierden, en habituarse. Pero “Para hacer bien a los hombres es necesario amarles” dice el Cura. En consecuencia, todo esto es objeto de nuestro examen de conciencia. La salvación de los hombres está ligada a nuestro celo y a nuestro ejemplo.

Como predicar y catequista se preparaba con gran celo cada vez que tenía que hablar. No se apoyó en las dificultades de sus estudios para excusarse del trabajo de la predicación. En realidad no era tonto. Pero cada uno tiene unos dones. Es con ellos con los que debe luchar. Pero, nuestro maestro, con su cruz nos ilumina. Su obispo decía de él que estaba lleno de luz sobrenatural más que de cultura humana. Se trata de la convicción que animaba con su fe sus palabras. Esta fuerza sugería las imágenes que cautivaban. Sus lágrimas, sus gemidos, su dolor ante el pecado hablaban más que muchas homilías perfectas; se trataba del testimonio de una vida entregada al amor de Cristo. Nunca dejó de ser fiel a ese ministerio, a la denuncia clara del mal y a mostrar el lado atrayente de la virtud, por encima de la fealdad del vicio. Sabía de la importancia de la palabra y de la misión de enseñar. Así lo manda el canon 528 de nuestro código. Para que la palabra no parezca ni sea capricho irracional es necesario, sin embargo, el estudio. Ese estudio en el que no destacó el Santo Cura pero que el Señor sustituyó con su luz y al que dedicó el Santo el esfuerzo semanal de la preparación de la homilía. Sólo soy testigo de Cristo y éste crucificado, porque no se trata de persuasivos discursos de sabiduría humana sino de manifestación del Espíritu y su poder (1Cor 2, 4).

Buscaba la conversión de los pecadores. Para ello estaba quince horas diarias confesando, por ellos lloraba, y oraba, y expiaba. Si tuviésemos fe y viésemos un alma en estado de pecado mortal, moriríamos de terror, decía. Tenía un sentido del pecado enorme: de la ruina que causa y de su espantosa malicia. Lo acerbo de su pena venía del miedo a la pena eterna y de la pena del amor divino ofendido y desconocido. Las lágrimas brotaban: “lloro porque vos no lloráis” (Nm. 73). La misericordia de Dios, de la que él participa, que “como torrente que arrastra” arrastra los corazones, tierna y veloz como “la solicitud de una madre que saca del fuego a su hijo” era el argumento que llenaba de esperanza los corazones. Ése es el ejemplo que pone ante nosotros para que nos consagremos a este ministerio. Es aquel por el que Dios triunfa sobre la malicia de los hombres y el pecador se reconcilia con Dios. Juan XXIII insiste en la necesidad de confesar los pecados veniales para el progreso en la virtud recordando el magisterio de Pío XII (Nm. 75).

Como exhortación final, Juan XXIII indica que el principal deber del sacerdote es buscar su propia santificación y alcanzarla. Cuando todos dependen del sacerdote, la fidelidad del sacerdote es la máxima urgencia de la pastoral: “Si quieres convertir tu diócesis haz santos a tus sacerdotes” dice el Cura de Ars a su Obispo. A los obispos, el Papa les recomienda, teniendo en cuenta que deben ser amigos de ellos, conocerles y lograr su confianza, que les ayuden en este tema tan importante. Recomienda a los fieles que necesitan de un sacerdote entregado, que les ayuden y colaboren para su felicidad. Recomienda a los jóvenes que no desprecien la posible vocación a la que están llamados. Advierte que el sacerdote es el objetivo por el que se va a destruir la fe y por ello les exhorta a la fidelidad y al sacrificio en la confianza en la providencia, porque la misión que tienen es la más importante: la redención de las almas y el crecimiento del cuerpo místico.

 

5.- Carta apostólica “Summi Dei Verbum” en el cuarto centenario de la institución de los seminarios por el Concilio de Trento, del Papa Pablo VI el 4 de Noviembre de 1963

 

El decreto de Trento “Cum adolescentium aetas” de 1563 valió tanto como un concilio e iluminó a los grandes sacerdotes como San Carlos Borromeo, San Juan de Ávila y los franceses del XVII, como Pierre de Bérulle o Condren, Seguenot, Gibieuf, Bourgoing, Eudes, la Salle, o como Olier y San Vicente de Paul que sostuvieron la fe de la Iglesia desde entonces. El Papa Pablo VI hablará de la vocación. Esta carta se emitió en pleno concilio y presenta las pautas de un seminario renovado.

Presenta el Papa, en primer lugar, el seminario de Jesús como su estancia en Nazaret, donde crecía en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres (Lc 2,52) bajo la atenta mirada de José y María, escuela de oración y trabajo. Después dice que la imitación de Cristo, especialmente con la santidad de vida, aunque también con la predicación y los sacramentos, es trabajo especial de los sacerdotes, que le representan ante los hombres. En pocas palabras ha puesto ante los ojos todo un programa de vida. Presenta la meta y presenta el camino.

Es claro, sin embargo, que el seminario intenta ser un lugar donde se preserve la fe, pero es difícil lograrlo, porque los jóvenes seminaristas parten de ambientes donde debe la fe poner en primer lugar los valores no materiales que son eternos (2Cor 4,18), y donde las promesas de Cristo, referidas al cielo (Mt 18,20: “Vosotros que me habéis seguido, al tiempo de la regeneración, cuando se sentare el Hijo del Hombre en el trono de su gloria, os sentaréis también sobare doce tronos para juzgar las doce tribus de Israel”) deben de ser las que dirijan el comportamiento, y eso no se debe dar por supuesto, aunque el Papa señala que es deber de todo cristiano vivir así (nm 9).

La vocación, que viene de Dios que elige, debe ser suplicada (Jn 15,16 y Mt 9,37-38), porque la vocación es la mediación entre Dios y los hombres, y ninguno puede arrogarse ese honor (Heb 5,1-4), que es el de Cristo,  “ya que Cristo no se glorificó a sí mismo en hacerse pontífice… y consumado vino a ser para todos los que le obedecen causa de salvación eterna, proclamado por Dios sumos sacerdote, según el orden de Melquisedec” (Heb 5,5-9). Así pues, el sacerdocio que es la mediación necesaria entre Dios y los hombres, es siempre en unión con Cristo y debe ser pedido, puesto que a través de él se realiza la salvación del mundo.

El Papa medita sobre el siguiente tema: ¿es posible que sea llamada por Dios una persona que carece de las dotes necesarias físicas o psíquicas? Responde negativamente. “Dios prepara de tal forma y dispone a los que elige de tal modo que hace que sean aptos para la función a que han sido elegidos”, según dice Santo Tomás (S Th 3, 27, 4c), de donde se deduce que la vocación divina la poseen los que poseen las facultades necesarias, tanto psicológicas y espirituales como intelectuales y físicas.

Eso nos hace pensar en que el sacerdote tiene también que cuidarse para dar lo que deba dar de sí. El Papa en el nm 12 nos anima a descubrir y preparar a todos los niños y jóvenes, que hayan dado pruebas suficientes de aspiración e idoneidad, cuanto antes. “Sólo así quedarán salvaguardados de la corruptela del mundo y podrán cultivar la semilla de la vocación divina en el sitio más apto”. Después comienza la combinada tarea del director espiritual, del profesor y del superior para lograr la educación en sus cuatro dimensiones: humana, intelectual, moral y religiosa, de modo quese logren los dos objetivos, aclarar y discernir las pruebas de la elección y vocación y preparar para la misión.

La prueba más característica de vocación es la recta intención, es decir, la voluntad constante, clara y decidida de servir como sacerdotes, como dice Trento, y, como dice Pío XI en su “Ad catholici sacerdotii”: aceptando el celibato y la perpetuidad del servicio, así como siendo capaz de poner el esfuerzo necesario para adquirir la doctrina, y  no teniendo otro fin que la gloria de Dios y la salvación propia y de los demás.

El catecismo de Trento indica que son llamados por Dios los llamados por los legítimos ministros de la Iglesia.

El Papa insiste en que esa selección debe ser severa para prevenir las deplorables defecciones que se producen actualmente: “A nadie impongas las manos ligeramente ni te hagas cómplice de pecados ajenos” (1Tim 5,22) (nm 14-15).

Son peligros y desviaciones de los seminarios la crítica indiscriminada y la ambición de una libertad sin freno, incluso una libertad sin freno moral. Esto debilita la ascesis necesaria de las facultades superiores del hombre y las hace escapar a la gracia y a las virtudes sobrenaturales. Por ello, cuando la conducta del adolescente parezca inclinada a formas de hablar y de actuar que están en discordancia con las normas de humildad, obediencia, modestia y castidad necesarias para la dignidad de un ser racional  y sobre todo de un cristiano… exigiendo muchos derechos y admitiendo pocos deberes, se da consiguientemente, un peligro muy grande para el nacimiento y desarrollo de convencidas y generosas vocaciones sacerdotales (nm.16).

Para conjurar estos peligros el Papa llama a educar en los seminarios la oración, la humildad, la obediencia, la entrega y el sacrificio, el espíritu reflexivo y la rectitud de intención, la libre y personal elección del bien, el dominio de la voluntad y de los sentidos ante las manifestaciones del amor propio, del mal ejemplo, de las inclinaciones al mal, del mundo y del demonio, y estar constantemente, interiormente ante los ojos de Dios (nm 17). “Dado que la gracia no anula la naturaleza sino que la perfecciona es bueno que la inclinación natural de la mente esté al servicio de la fe y la de la voluntad lleve a la caridad” (S Th  1,1, 8c).

No se puede recurrir solamente a los principios de la recta razón  y a los métodos humanos, como la psicología experimental y la pedagogía “pues es doctrina católica que sin la gracia saludable del Redentor no se pueden cumplir todos los mandamientos de la misma ley natural y en consecuencia adquirir perfectas y sólidas virtudes” (S Th 1-2, 1 100 4c): así la formación del hombre ha de ir al mismo paso que la del cristiano y futuro sacerdote, de modo que las energías naturales estén purificadas y auxiliadas por la oración, los sacramentos, las virtudes sobrenaturales, mientras que las naturales son defensa y ayuda de las otras cuando son dóciles a la fe y a  la caridad, de modo que “realizadas en el nombre del Señor Jesucristo merezcan el premio eterno” (Col 3, 17; 1Cor 13,1-3) (Nm 18).

Tengamos en cuenta  que si lo que van a aceptar es el celibato y convertirse en “víctimas, con el Salvador, de amor y obediencia, por la salvación de los hombres”  despreciando las riquezas del mundo, e incluso aceptando la renuncia a los legítimos deseos de la naturaleza, en el oficio del Buen Pastor, que es hacerse débil con los débiles… para ganar… (1Cor 9,22-23), e incluso aceptando la muerte (Nm 19), entonces deben poner todo al servicio de Cristo desde el principio.

Lenguas, historia, ciencia, matemática, geografía, arte, en fin cultura, es algo que hay de dominar en sus principios, pero sobre todo filosofía y teología, con perfecta adhesión al magisterio y a la revelación, según método, doctrina y principios de Santo Tomás; además, exégesis según la hermenéutica católica, derecho canónico, historia eclesiástica, sagrada liturgia, arqueología, patrología, historia de los dogmas, teología ascética y mística, hagiografía, elocuencia…teología pastoral, canto gregoriano… todo como en una unidad, pues todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1Cor 3, 22-23). Después debe ir participando responsablemente en la vida diocesana: liturgia, catequesis, juventud católica, misiones… de modo que vaya conociendo el campo de su futura actividad y preparándose para ella para ser, en medio de un mundo que le desprecia como hizo con Cristo, pues es testigo y hombre de Dios, y otro Cristo.

Finalmente les recomienda a los seminaristas la santidad, el amor a la Eucaristía y, bajo la mirada de la Virgen, como los Apóstoles esperando Pentecostés, la perseverancia en la vocación (1Cor 7,20).

 

6.- Constitución dogmática, “Lumen Gentium” del Concilio Vaticano II. Capítulo III. 21 de Noviembre de 1964

 

Tiene el capítulo III la síntesis del tema sacerdotal que después explicarán decretos específicos.

Lo fundamental del Vaticano II en este tema es la idea de que cada cristiano es signo de Cristo pero el sacerdote lo es como cabeza y pastor (PO 2), de donde se deriva que tiene la función de prolongar la palabra, el sacrificio y la acción salvífico-pastoral del Señor. ¿Cuál es la diferencia entre la doctrina anterior y posterior al Vaticano II? Antes se presentaba la doctrina del sacerdocio indicando la dignidad del mismo a partir del carácter que configura con Cristo y da la gracia necesaria. Ahora se presenta esta doctrina insistiendo en que el punto de partida, Cristo, consagra a sus miembros pero de distinta manera, y al sacerdote en especial  para ejercer en nombre de Cristo Cabeza ciertos servicios. Así el sacerdote es instrumento vivo de Cristo para prolongar su palabra, su sacrificio y su acción salvífica, siendo ministros del Buen Pastor. Es pues, una orientación más eclesial y pastoral. Se trata de la función del sacerdote en el mundo de hoy.

La Lumen Gentium en particular, y sin querer agotar el magisterio específico de esta constitución, pone las bases de la legitimidad y la vocación del ministerio.

El número 18 habla de fe inconmovible, recordando el Vaticano I, y dice que Cristo fundó la Iglesia enviando a los apóstoles y quiso que fuesen los pastores de la Iglesia hasta la consumación de los siglos, poniendo como fundamento visible de unidad a Pedro y a sus sucesores.

El número 19 nos invita a contemplar cómo Cristo eligió a los doce y los constituyó como grupo estable al frente del cual puso a Pedro, enviándolos a hacer discípulos de todos los pueblos, santificarlos y gobernarlos con su autoridad. En esta misión fueron confirmados por el Espíritu Santo como repite en el nm 21. Así la Iglesia se congrega alrededor de los apóstoles.

Del mismo modo, en el nm. 20 habla de los obispos como sucesores suyos ya que el ministerio debía durar cuanto durara la Iglesia. Entendieron que era voluntad del Espíritu Santo y aporta como testimonio Hech 20,28, donde Pablo indica a sus sucesores que tienen la misión de Pablo y la de Cristo, pastorear en nombre del Señor («Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo. Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles”) se hicieran cargo de este ministerio. En ese ministerio, conservado sin interrupción, como atestigua Ireneo, los obispos y sus colaboradores, sacerdotes y diáconos, y aquí cita a San Ignacio de Antioquía en sus cartas a los Filadelfios y Magnesios, presiden a la grey como pastores y maestros, sacerdotes y ministros. Finaliza este importante número indicando que quien escucha a los obispos escucha a Cristo, como dice Lucas 10,16.

El número 21 indica que siendo que en el Obispo está Cristo, y es él quien a través de ellos hace presente su Palabra y sus Sacramentos y congrega su Cuerpo hasta llegar al cielo. Recuerda 1Cor 4,1: los pastores son ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (Rom 15,6, 2Cor 3,8-9 llama a su ministerio el del Espíritu). Indica que por la imposición de manos transmitieron a sus sucesores este don espiritual y cita 1Tim 4,14: “No descuides el carisma que hay en ti que te fue transmitido por la imposición de manos”. Y 2 Tim 1,6-7: “Te recomiendo que reavives el carisma que hay en ti por la imposición de manos”).

“Enseña este santo sínodo que la consagración episcopal confiere la plenitud del sacramento del orden”. Ésa es una afirmación de tipo dogmático importante a la que hay que añadir que dicha consagración da la gracia correspondiente e imprime carácter, y les concede hacer las veces de Cristo, indicando, además, que sólo ellos incorporan nuevos elegidos al Cuerpo Episcopal. Indica también que teniendo los tres oficios inseparablemente, no son ejercibles  el de regir y enseñar independientemente de la Iglesia y su cabeza, por su propia naturaleza, ya que si hay una Iglesia y una verdad, no se puede decir u ordenar en la caridad sino de modo unido a la Cabeza.

El número 22 habla de los vínculos de comunión y los instrumentos que los hacen presentes como son los Concilios Ecuménicos, que debe convocar el Papa, en los cuales brilla la unidad de la Iglesia en la única fe. Ello significa que el orden episcopal tiene por naturaleza forma colegial. Sin embargo, no tiene autoridad si no  están en comunión con el Romano Pontífice, Vicario de Cristo, pastor de la Iglesia con autoridad plena, suprema y universal (el CIC añade inmediata). El Colegio también la tiene pero no puede ejercerla sin la comunión con el Papa. Esto está en el Nuevo Testamento con la imagen del Pastor, de las llaves, y de atar y desatar (Mt 16,18-19;21,15ss; 16,19; 18,18 y 28,16-20), pues se dice tanto de Pedro en particular como de los Apóstoles en general. Cada obispo tiene potestad propia  en su diócesis como fundamento de unidad, como el Papa lo es en la Iglesia universal.

El  número 23 sigue hablando del mismo tema y señala cómo el obispo tiene una potestad particular y otra como miembro del Colegio sobre la Iglesia Universal, así como una potestad en su propia Iglesia Particular y sin embargo una preocupación por la Universal. Como deberes habla de guardar y promover la unidad de fe y disciplina, lo cual implica obediencia, instruir en el amor a la Iglesia especialmente en sus miembros pobres o sufrientes, y participar en la dilatación de la fe; y en cuanto a esa preocupación caritativa por las demás iglesias particulares, se impone la obligación moral de colaboración, especialmente a las iglesias más vecinas y pobres. Por último habla de la posible creación y fecundidad apostólica como instrumento de unidad y ayuda mutua de las Conferencias Episcopales.

El número 24 indica cómo se hace la colación de la misión canónica de los obispos, pero es claro que ninguno puede ser elevado a tal oficio contra la voluntad del Papa o cuando el obispo niega la comunión apostólica.

El número 25 habla del oficio del predicar de los obispos, señalando que ellos poseen la autoridad en materia de fe, por ser auténtico su magisterio. Su misión es ser testigos de la revelación.

El obsequio o adhesión de la fe lo deben ejercer los fieles especialmente con el magisterio del papa cuando hable ex cathedra: ello se colige por la frecuencia, forma o índole de los documentos, pues se expone y se trata de una doctrina expuesta de forma definitiva e irreformable.

Se trata de la infalibilidad, que atribuye, también, al Magisterio ordinario y universal, que es a una con el Papa y que sólo atañe a fe y costumbres cuando se entiende que éstas coinciden con la doctrina de Cristo, aunque esto se ve con mayor claridad en el caso de Concilio Ecumènico. Así la Revelación es la norma suprema. Y, recuerda, no habrá otra revelación pública distinta de la que se nos ha dado en Cristo, en el cual Dios nos lo ha dado todo.

El número 26 habla del oficio de santificar en los obispos, sumos sacerdotes, sobre todo en la Eucaristìa, mediante la que la Iglesia vive y crece. Es claro, por lo que sigue, que siendo la Eucaristìa el sacramento de la unidad la misión del Obispo es favorecerla y hacerla visible. Por eso dice una frase extraña: la Eucaristía o él mismo la celebra o procura que se celebre. Da a entender que toda eucaristía se hace en su nombre y, de algùn modo, lo hace el mismo Obispo, con lo que pone en su lugar el ministerio de los presbíteros. Los obispos, como administradores de los sacramentos son ministros originarios de la confirmación, dispensadores de las sagradas órdenes y moderadores de la disciplina penitencial. Exhorta finalmente a llamar a los fieles a la liturgia vivida con fe y reverencia, y a vivir una vida  ejemplar para caminar con su pueblo a la vida eterna.

El número 27 comienza a hablar de la misión de gobernar de los obispos hablando de autoridad y potestad (propia, ordinaria e inmediata, aunque regulada en su ejercicio por la del Papa) para  indicar, a renglón seguido, que tal don de Cristo sólo al modo de Cristo se ha de ejercer: haciéndose el menor y sirviendo (Lc 22,26-27). Son legisladores, jueces y tienen la misión de regular el culto y el apostolado de sus “súbditos” u ovejas, no como vicarios de los papas, cuya misión es apoyarles, sino como apóstoles de Cristo, Buen Pastor (Jn 10,11 y Mt 20,28: El hijo del Hombre ha venido no a ser servido sino a servir y dar la vida). Los consejos siguientes, que constituyen la labor fundamental de los obispos, sirve para todos los ministros del Señor y aun para todos los fieles: la misma debilidad propia sirve para la compasión (Hb 5,1-2), para la entrega, escuchando siempre, pues ha de dar cuenta a Dios de las almas (Hb13,17), incluso de los que no son de la única grey, pues también ellos les han sido encomendados (Rom 1,14-15),  para constituir esa unidad y crecer para gloria de Dios (2Co 4,15).

El 28 habla de la sucesión. Indica que Cristo ha hecho partícipes de su consagración y misión, por medio de los Apòstoles, a sus sucesores, los Obispos, los cuales encomiendan legítimamente el oficio en distintos grados a diversos sujetos en la Iglesia: obispos, presbíteros y diáconos. Indica que el sacerdocio es propio de los presbíteros y las tres funciones que ejercen en nombre y a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote, dependiendo de los obispos en el ejercicio de esta sagrada potestad. Pone de manifiesto la importancia de los sacramentos de la penitencia y la unción, con la suprema misión de celebrar la Eucaristía uniendo las oraciones de los fieles al sacrificio de la Cabeza y aplicando sus méritos en ella. El oficio que desempeñan es el de Cristo, Pastor y Cabeza, que reúne a su pueblo y lo conduce al Padre. Deben adorar a Cristo, creer en Él e imitar lo que enseñan.

Si su misión es ayudar al Obispo, los presbíteros, colegialmente en torno  al obispo, forman un solo presbiterio, que naturalmente debe sentirse una fraternidad. Representan al Obispo, y, por todo ello, hacen presente la Iglesia Universal en cada comunidad parroquial.

El 29 indica que los diáconos son confortados por la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su presbiterio, lo cual significa que el diaconado es sacramento, indica sus funciones y establece de nuevo el diaconado permanente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] CÁNONES DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

CAN. I. Si alguno dijere, que no hay en el nuevo Testamento sacerdocio visible y externo; o que no hay potestad alguna de consagrar, y ofrecer el verdadero cuerpo y sangre del Señor, ni de perdonar o retener los pecados; sino sólo el oficio, y mero ministerio de predicar el Evangelio; o que los que no predican no son absolutamente sacerdotes; sea excomulgado.

CAN. II. Si alguno dijere, que no hay en la Iglesia católica, además del sacerdocio, otras órdenes mayores, y menores, por las cuales, como por ciertos grados, se ascienda al sacerdocio; sea excomulgado.

CAN. III. Si alguno dijere, que el Orden, o la ordenación sagrada, no es propia y verdaderamente Sacramento establecido por Cristo nuestro Señor; o que es una ficción humana inventada por personas ignorantes de las materias eclesiásticas; o que sólo es cierto rito para elegir los ministros de la palabra de Dios, y de los Sacramentos; sea excomulgado.

CAN. IV. Si alguno dijere, que no se confiere el Espíritu Santo por la sagrada ordenación, y que en consecuencia son inútiles estas palabras de los Obispos: Recibe el Espíritu Santo; o que el Orden no imprime carácter; o que el que una vez fue sacerdote, puede volver a ser lego; sea excomulgado.

CAN. V. Si alguno dijere, que la sagrada unción de que usa la Iglesia en la colación de las sagradas órdenes, no sólo no es necesaria, sino despreciable y perniciosa, así como las otras ceremonias del Orden; sea excomulgado.

CAN. VI. Si alguno dijera, que no hay en la Iglesia católica jerarquía establecida por institución divina, la cual consta de Obispos, presbíteros y ministros; sea excomulgado.

CAN. VII. Si alguno dijere, que los Obispos no son superiores a los presbíteros; o que no tienen potestad de confirmar y ordenar; o que la que tienen es común a los presbíteros; o que las órdenes que confieren sin consentimiento o llamamiento del pueblo o potestad secular, son nulas; o que los que no han sido debidamente ordenados, ni enviados por potestad eclesiástica, ni canónica, sino que vienen de otra parte, son ministros legítimos de la predicación y Sacramentos; sea excomulgado.

CAN. VIII. Si alguno dijere, que los Obispos que son elevados a la dignidad episcopal por autoridad del Pontífice Romano, no son legítimos y verdaderos Obispos, sino una ficción humana; sea excomulgado.

 

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