Sacramentos

 Qué es un sacramento.

Sobre la cuestión 60 de la parte tercera de la suma de Santo Tomás de Aquino

 

Introducción

 

Signo es algo que hace referencia a otra cosa. Más o menos así es la definición que San Agustín nos refiere (De doctrina christiana 1.2 c.I N. I: ML 34, 35-36) y por ello también aquello a lo que se refiere Santo Tomás, su discípulo, cuando afirme que los sacramentos son un tipo de signos.

Volvamos al signo. Todo signo hace referencia a otra cosa bien por sí mismo o bien por libre voluntad. Lo segundo deberíamos llamarlo convencional y lo primero natural.

Hugo de San Víctor entiende de este modo que el sacramento es signo: “corporale vel materiale elementum foris sensibiliter propositum ex similitude repraesentans”.

Sin embargo, a cualquiera se le ocurre que esta definición no es totalmente adecuada a lo que se entiende por sacramento en la Iglesia, puesto que lo único que causa un signo es un efecto en el entendimiento del que lo percibe, si ésta es la única definición de signo. El sacramento, para que hable de una nueva realidad objetiva en sí (y esto se ve muy claro en la Eucaristía donde se habla de presencia real) no debe tener simplemente un efecto en el que lo percibe, sino un efecto en sí. Por eso, Hugo de San Víctor, contradiciendo a Berengario, que habla de sacramento como mero símbolo de lo que creemos, añade a lo anterior “et ex sanctificatione continens aliquam determinatam invisibilem et spiritualem gratiam” (Sent. 4, d. I q. I a.I).

De todo ello se derivan tres ideas: la necesidad de la institución divina para santificar, lo cual sólo Dios lo puede hacer, de un signo de esta misma capacidad de santificar que debe constar en el mismo sacramento, y de una cierta aptitud para significar ese efecto. Dicho de otro modo: debe significar lo que realiza, quién lo realiza y, y, viceversa, debe realizar lo que significa.

Si lo importante en los sacramentos es lo que realizan, a nadie se le oculta que debería primar en ello la idea de causa antes que la de signo. Sin embargo, para Santo Tomás, los sacramentos pertenecen al género de signo (S Th3,60,1-3) ¿por qué?

A primera vista da la impresión que si esto es así la eficacia es la eficacia que logran en un sujeto atento y no la eficacia que tendrían en sí mismos, lo cual contradice lo que hemos dicho y nos acerca  aparentemente a la postura de Berengario.

Sin embargo, hemos de reconocer en los sacramentos dos causalidades, al menos en la Eucaristía: la causalidad por la que el pan y el vino se vuelven cuerpo y sangre de Cristo y la causalidad por la que la misma Eucaristía causa la gracia.

En el primer sentido los signos lo son independientemente de la recepción de los mismos por parte del hombre. En el segundo, lo que el hombre debe percibir en ellos es su eficacia objetiva, y, por tanto, conociendo esa eficacia, el término de la misma, en la Eucaristía la presencia real, la gracia se produce en el que la recibe con la disposición suficiente, es decir, con la fe.

Ahora bien, si se entienden por sacramentos también los de la Antigua Alianza, habremos de elevar a algo más general la definición de sacramento para que ellos también puedan ser incluidos: Aquellos eran signos de la gracia sin ser necesariamente signos eficaces de la misma. Así, lo que tienen de común unos y otros es que son signos de la gracia más que causas de la misma.

Los sacramentos son sólo signos en cuanto que hacen referencia a la pasión de Cristo , a la gloria futura y al efecto propio santificante del alma (a.3).

Todo sacramento hace referencia a la pasión de Cristo, ya que toda gracia se deriva de ella, a la gloria, puesto que la gracia en ella debe acabar, y a la misma gracia, que debe suscitar, suplicar o infundir.

En ese sentido hay muchos más sacramentos que los siete conocidos como del Nuevo Testamento.

Pero es evidente que la plenitud de lo antedicho son aquellos signos que realmente infunden la gracia, y, en ese sentido, realizan aquello que significan: “sacramento es el signo de lo sagrado en cuanto que santifica al ser humano” (a.2).

No es, pues, el signo que distingue a los cristianos, o que recuerda a los cristianos la presencia del Dios providente, es el signo que da la gracia, y, en ese sentido, signo necesario.

Y es necesario porque nos pone en contacto con el Dios Encarnado, muerto y resucitado, verdadero sacramento, en cuanto hombre, de todas las gracias (plenitud de la misma por su unión hipostática y por la redención donde manifiesta hasta el colmo su misericordia (3  q 1 a. 1-3; 3, q 7, a 9-10 y 3, q.8), que tiene absoluta libertad para fijar los medios de comunicárselas a los hombres.

 

Pero si los sacramentos son el signo, que, por otro lado es eficaz, habremos de distinguir la causa y el efecto. El sacramento se refiere al signo, el efecto es la gracia.

 

Q. 60: Que es un sacramento

 

(Artículo 1) Es un signo

 

La palabra sacramento es una palabra que se toma rectamente para significar el signo, e indirecta y análogamente para significar otras cosas, como el significado que es sagrado o el juramento. Pero en general es preferible llamar  al sacramento signo a causa porque  el fin del mismo, la gracia, entra más en el concepto de la causa final que en la causa eficiente.

En ese sentido

 

(Artículo 2)  todo signo de una realidad sagrada es sacramento

 

Pero entendamos por realidad sagrada aquello que nos santifica, no cualquier realidad. En ese sentido el mundo no es sacramento (ad 1) porque, aunque hace referencia al creador, no es signo de algo que nos santifique. Nos santifica aquello que Dios ha puesto para hacerlo, aquí “realidad sagrada destinada a los hombres” (corpus), cosa que no se puede decir del mundo completo en sentido de santificar. Del mismo modo distingue entre cosas que santifican y cosas que disponen, y así distingue los sacramentos de los sacramentales (ad 3). En este sentido no se pueden identificar los sacramentales con los sacramentos veterotestamentarios, porque los sacramentales disponen y los del Antiguo Testamento anunciaban.

 

Por ello

(Artículo 3) El sacramento es signo tanto de Cristo como de la Iglesia

 

Cómo es eso. Al ser signo de nuestra santificación significa a la vez la Pasión de Cristo, la gracia y las virtudes y la vida eterna, es decir, rememora la pasión de Cristo, manifiesta la gracia y anuncia la gloria (corpus). No es un signo equívoco porque equívoco es aquel que significa cosas que entre sí no tienen relación (ad 1).

 

Ahora va a estudiar cómo debe ser el sacramento, es decir el signo

 

(Artículo 4) El sacramento debe ser signo y por tanto algo sensible.

 

Y ello por razón de la propia naturaleza humana, ya que no podría acceder a lo inteligible, es decir a lo espiritual, sin lo sensible. Nada llega al entendimiento si no es por lo sensible. Tampoco es argumento afirmar que siendo Dios Espíritu el culto debería ser  espiritual y no sensible, porque lo sensible no pertenece en su materialidad sino en su significación al culto divino (ad 2 y 3).

 

En este sentido

(Artìculo 5) requiere el sacramento cosas sensibles determinadas

 

Para mí este es el texto más importante, porque aclara cómo una lengua debe tener signos determinados, y el sacramento, tanto en cuanto culto a Dios como en cuanto respuesta de Dios al hombre, requiere, por la misma naturaleza corporal del hombre que emplea signos, determinación en ellos, es decir, un lenguaje concreto, que, en este caso ha dispuesto el mismo autor de los sacramentos, Jesucristo. Ello no obsta a que, para quien no conozca los sacramentos, quede un culto a Dios a través de signos establecidos por el mismo hombre (ad 3). Pero queda claro que el culto exige signos y éstos son un lenguaje, y de por sí es concreto, y en nuestro caso, puesto por Cristo, ya que se ordenan a nuestra santificación.

 

Es claro, pues, que si los sacramentos son signos, pueden  y deben ser determinados por palabras puesto que ellas son, en la comunicación humana,  el medio principal de significación, (Artículo 6) aunque le acompañen los gestos correspondientes.

 

 El texto de Ef 5,25-26 (“Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola mediante el baño de agua y la palabra”)  que Santo Tomás aporta con el comentario de San Agustín (“se une la palabra al elemento y se produce el sacramento”) es especialmente apropiado. Pero en el cuerpo del artículo Santo Tomás aporta, en la analogía de la fe, tres motivos: el primero la encarnación del Verbo, el segundo la unión del alma y el cuerpo en el hombre, y el tercero la necesidad de la palabra para la fe, que constituye la disposición del sujeto y el efecto mismo del sacramento. En el cuerpo del artículo insiste también en que la aparente ambigüedad de los gestos queda determinada por las palabras, que, por eso, no son simple explicación del signo sino su auténtica determinación. De todos modos, una de las objeciones que dice que la unión de la palabra con el gesto es una unión no necesaria, es respondida perfectamente por el Santo indicando que esa unión es necesaria en cuanto signo (ad 2). La claridad de la Nueva Ley sustituye con su determinación la indeterminación de las profecías (ad 3).

 

 

En este sentido, Santo Tomás ve conveniente la determinación en las palabras del signo sacramental (Artículo 7). Esto podría ser impugnado por la moderna sacramentología, que habla mucho de la institución genérica de los sacramentos, pero a Santo Tomás le parece más que evidente.

 

La razón de autoridad de los dos sacramentos del bautismo y de la Eucaristía, donde la determinación de las palabras es muy clara (Mt 26,26 y Mt 28,19), parece ser el motivo principal de la defensa de la determinación de las palabras en los sacramentos por parte de Tomás. Pero él se funda además en la aplicación a los sacramentos de la doctrina hilemòrfica en la que la determinación siempre está en la forma y la indeterminación en la materia. Es evidente que los gestos están aquí determinados por las palabras. Y éstas aluden a la fe, que las necesita para creer, porque se cree justamente en esas palabras que se pronuncian (ad 1). Es tal la importancia que Santo Tomás da a la palabra y al sentido en que se pronuncia que en la medida en que son dichas con intención y pueden ser comprendidas, en esa misma medida, dice, producen el efecto que significan (ad 3).

 

Con esto no se quiere dar una impresión mágica respecto a las palabras del sacramento, ya que alude a la fe y a la significación, por lo que (Artículo 8) el santo afirma que se pueden añadir otras palabras a las que constituyen la forma sacramental

 

Y, en este sentido, son especialmente reveladoras las observaciones que hace, como argumento de autoridad, sobre la diferente fórmula de bautismo entre latinos y griegos, los primeros con fórmula indicativa, y los segundo con fórmula impetrativa (“Sea bautizado…”).

De que el sacramento es un acto de significación se deduce una intención y una significación en él. Por ello, el santo  afirmará en este artículo que debe haber intención de hacer lo que hace la Iglesia, y, por tanto no puede cambiar por su cuenta las palabras, porque entonces no realizaría un signo de la Iglesia, sino uno propio, y eso tendría el efecto de hacerlo inválido si la significación de las palabras alteradas hiciera desaparecer “el sentido apropiado de las mismas”. No se puede omitir, pues, nada que sea esencial, como por ejemplo una de las personas de la Trinidad o tampoco se puede aceptar la fòrmula arriana que habla del “Padre superior y del Hijo inferior”, aunque si se añade algo, mientras se conserve lo fundamental de la fe y del sentido del sacramento.

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