Suma Teológica III. Cuestión 69. Efectos del Bautismo.

Cuestión 69: Efectos del sacramento del bautismo

 

 

 

Introducción

Son cuatro los efectos: borra los pecados, especialmente el original aplicando los méritos de la pasión de Cristo,  y las penas consiguientes, la eterna y las penas temporales, imprime carácter, por el que el catecúmeno es miembro de Cristo y de la Iglesia y obtiene el derecho a recibir sus bienes y a ofrecerlos, e infunde  la gracia santificante y la sacramental, así como los hábitos infusos de las virtudes y los dones del Espíritu Santo (D 792; 696; 849-851; 852).

 

Artículo 1: Por el bautismo se perdonan todos los pecados.

 

Os purificaré, dice Ez 36,25. La participación en la muerte de Cristo por el bautismo (Rom 6,3) nos hace estar muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo. Todo pecado pertenece al mundo vencido por Cristo con su resurrección.

La primera dificultad nos indica que se puede perdonar sólo el pecado original y no los demás,ya que la semejanza con la generación carnal daría como resultado que la generación espiritual sólo borraría el pecado heredado por la carnal. La respuesta del Santo recuerda las palabras de Rom 5,15: “ por muchas transgresiones acabó en justificación”. Luego es de todas las transgresiones. La segunda objeción hace reconocer que la penitencia ya ha perdonado, por el arrepentimiento, los pecados actuales antes del bautismo, a lo que responde que no es la penitencia, sino la Pasión, la que perdona y la penitencia da el perdón por la fe en esa Pasión y el propósito de participar de la misma, recibiendo el bautismo o el sacramento de la penitencia, al que llama “las llaves de la Iglesia”. Así  “quando aliquis adultus poenitens ad baptismum accedit, consequitur quidem remissionem omnium peccatorum ex proposito baptismi, perfectius autem ex reali susceptione baptismi”. Qué quiera decir esa perfección en el perdón de los pecados, no lo sé. Pero sospecho que significa que el bautismo concede gracias superiores que quitan del ser humano el amor al pecado de modo más radical y aumenta la gracia de modo más pleno que si no se recibiera. La tercera dificultad, que observa que las medicinas son distintas para males distintos, hace responder al Santo con la siguiente reflexión: ciertamente, pero la Pasión de Cristo es remedio universal, luego el bautismo que la aplica también.

 

Artículo 2: El bautismo libera al hombre de toda pena por el pecado.

 

San Ambrosio (Ambrosiaster ML 17,161) había dicho que los dones y la vocación de Dios se prodigan sin penitencia y que la gracia de Dios condona gratuitamente todo en el bautismo. Y la explicación es ésta: el bautismo o incorporación a la muerte de Cristo significa que al bautizado se le aplican los méritos como si él mismo hubiera padecido y muerto, pero si esa pasión es suficiente para todos los pecados y sus penas de todos los hombres, al bautizado se le aplican como si hubiera satisfecho por todos los pecados.

La segunda objeción que habla de la semejanza entre el signo y el efecto (lavar, no pagar) es respondida por el  santo indicando que el agua limpia y refrigera, es decir, salva del pecado y de su pena. El santo indica que a un ladrón u homicida recién bautizado se le castiga entre los hombres porque el castigo humano representa la satisfacción por las deudas humanas, y aquí estamos hablando de las deudas ante Dios.

 

Artículo 3. El bautismo no suprime las aflicciones de la vida presente.

 

El bautismo podría destruir las penalidades de la vida presente, fuerza que se mostrará el día de la resurrección como dice 1Cor 15,54. Pero actualmente el hombre se incorpora a Cristo y es lógico que se haga en él lo que pasó en su cabeza, Cristo. Lleno de gracia, asumió un cuerpo pasible, como el cristiano que lleno de gracia, debe sufrir por Cristo mientras vive en el mundo (Rom 8,11), “padecer con Él para ser con Él glorificado” (8,17). Esto sirve para que logre la victoria luchando contra la concupiscencia y demás flaquezas (Rom 6,6: “sea destruido este cuerpo de pecado”. Jueces 3,1-2: “Pueblos que dejó Yavé para probar con ellos a Israel… para probar a las generaciones de los hijos de Israel, acostumbrando a la guerra a los que no la habían hecho antes”). También es conveniente para que nadie se acerque al bautismo por motivos humanos sino para disponerse a la gloria de la vida eterna de modo que tiene razón el Apóstol: “Si sólo mirando a esta vida tenemos la esperanza puesta en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Cor, 15,19).

Existe doble pena, eterna y temporal. La primera quedó eliminada . La segunda permanece aunque no totalmente. El motivo está según piensa Tomás, en la conveniencia de esa lucha (que el hombre ame la vida eterna y que no se una a Cristo simplemente por las ventajas temporales que se derivarían del bautismo si éste significara también la victoria contra las penalidades, la enfermedad y la muerte, que se fortalezca a través de esa lucha, siendo probado y conociéndose a sí mismo, que conozca de qué ha sido librado conociendo algunas de sus consecuencias, y, sobre todo (ad 3) que, después de salvar a la persona de la culpa y por tanto de la pena eterna. Aunque la naturaleza tenga que esperar a la gloriosa resurrección en que serán restituida en sí misma.

 

Artículo 4. El bautismo concede la gracia y las virtudes al hombre

 

El bautismo incorpora a Cristo a los bautizados y de la cabeza fluye a los miembros gracia y virtud pues “de su plenitud todos hemos recibido” (Jn 1, 16).

Ciertamente no cree Santo Tomás que sea necesario un argumento más fuerte para explicar todo esto, porque le parece evidente que la misma gracia que quita el pecado debe de por sí llenar de dones sobrenaturales, pero interesa explicar que mayor plenitud de los dones llega por el sacramento, es lo que dice respondiendo a la objeción segunda que argumenta que Cornelio ya los poseía antes de recibir el bautismo. Sin embargo, en la objeción tercera, en que el objetor presenta la concupiscencia posterior al bautismo como signo de la  inexistencia de los hábitos sobrenaturales, el Santo insiste en que la concupiscencia disminuye con los hábitos sobrenaturales que se infunden en el Bautismo, de modo “que el hombre no sea vencido”.

 

Artículo 5. La incorporación a Cristo, la iluminación y la fecundidad sobrenatural son efectos del bautismo

 

El bautismo sirve para que los bautizados se incorporen a Cristo, dice San Agustín, Dionisio que el bautismo ilumina, y la glosa a los Salmos de Lombardo que, siendo regado con agua el bautizado, se vuelve fecundo y vivo, espiritualmente hablando ( De baptismo n 12 y Graciano p. III, d. 4. cn 143; MG 3, 393; ML 191,242). El Apóstol dice que un regenerado a la vida espiritual, hecho cuerpo de Cristo por el bautismo, lo cual propiamente pertenece a los fieles de Cristo, vive en la fe del Hijo de Dios (Gal 2,20). La cabeza hace fluir a sus miembros el sentido y el movimiento, y “de modo parecido desciende de Cristo a sus miembros la sensibilidad espiritual que consiste en el conocimiento de la verdad y también un movimiento espiritual que procede del impulso de la gracia… por tanto los bautizados son iluminados por Jesucristo en el conocimiento de la verdad, y penetrándoles con su gracia, les transmite la fecundidad de la que brotan las buenas obras”.

La primera dificultad dice que la fe antecede al bautismo en los adultos, luego no es efecto del mismo. A esto contesta el Santo que la incorporación a Cristo por la fe es espiritual en los adultos, pero el bautismo lo incorpora a su cuerpo, porque el sacramento es exterior. Y sin el deseo del bautismo no podrían ni siquiera espiritualmente .pertenecerle. En el mismo sentido se dice que la doctrina, que ilumina al hombre, precede al bautismo en el adulto (Ef 3,8-9), a lo que contesta el Santo (ad 2) que Dios es el que ilumina interiormente (Jn 6,45). En cuanto a la fecundidad, la tercera objeción afirma que es más propia de Dios que del hombre, y por tanto más causa que efecto, a lo que el Santo contesta que el que ha sido engendrado es de algún modo padre de otros, es decir, engendra (1Cor 4,15).

 

Artículo 6. Los niños consiguen gracia y virtudes en su bautismo.

 

El Santo, para afirmar que los niños pueden recibir gracia y virtudes, vuelve a decir que la gracia y las virtudes proceden del centro de vida al que se han incorporado, Cristo, y Él las posee plenamente, y en consecuencia, en caso de morir, llegarían los niños a la vida eterna. El defecto de los que lo niegan está en la distinción entre hábito y acto. En el caso de los niños el impedimento está en la resistencia corporal no en la ausencia del hábito, como ocurre en los que duermen, que aun poseyendo virtudes no pueden ejercerlas.

Por ello, si la fe y la caridad residen en las facultades humanas, siendo así que están estas facultades, puede estar también la fe y la caridad, aunque no se realicen los actos que les corresponden (ad 1). El sacramento causa el hábito de la fe, según dice San Agustín en su “De baptismo parvulorum  (1c.  n. 17). No es necesario explicar que todas las palabras bíblicas en las que se pide la cooperación humana corresponden a los adultos (ad 2), y, además, la Iglesia presta a los niños la boca, el corazón y la libertad de los adultos para que se realice en ellos la salvación (ad 3). Más dificultad tendría el caso de una mala o errónea intención en los padres, pero la contestación del santo es que si es cierto que los bienes en este caso se comunican no es así con los males cuando no hay consentimiento y en los niños no lo puede haber (ad 4).

 

Artículo 7. El bautismo nos abre las puertas del reino celestial

 

Se abre la puerta cuando se quita el obstáculo, el cerrojo. El obstáculo es la culpa y la pena. Pero toda culpa y toda pena quedan eliminadas por el bautismo, luego éste abre el reino celestial. Comenta Lc 3, 21: “Se abrió el cielo” el día del bautismo de Cristo.

Las dificultades que se oponen son las siguientes: la primera dice que, una vez está abierto el cielo por la pasión de Cristo, ya no es necesario el bautismo, a lo que responde el Santo que lo que el bautismo hace es incorporarle a la pasión de Cristo, aplicándole sus méritos. La segunda objeción indica que los bautismos anteriores a su pasión no podían abrir esa puerta, lo cual extienden a todo bautismo, Santo Tomás les contesta que aquellos bautismos anteriores abrían la fe en la pasión futura, en la esperanza, aguardando el ingreso en el Reino. Pero eso no se puede aplicar a los posteriores. La tercera objeción insiste en el escándalo del sufrimiento. No es posible si Dios nos quiere dar el cielo, que carece de penas, que las permita a los bautizados en la tierra. A lo que el Santo responde que el bautizado no está sujeto a la muerte y demás penalidades actuales por la culpabilidad personal sino por el estado de la naturaleza. “Y, por ello, nada se opone a que entre en el reino celestial cuando el alma se separe del cuerpo por la muerte, si ya ha pagado por entero lo que debía a la naturaleza”.

 

Artículo 8. El bautismo produce en todos el mismo efecto

 

“Una sola fe, un solo bautismo” (Ef 4,5). Aunque los niños no son adultos, el efecto es el mismo en ambos, la diferencia es accidental, pues los niños no se pueden acercar por propia voluntad y los adultos sí. Pero el efecto sustancial, que es la regeneración de los hombres en la vida espiritual, se produce en ambos. Entre los adultos no todos tienen la misma disposición y por tanto hay diferencia en el grado de gracia. El efecto de que el pecado sea destruido totalmente es milagroso. Por eso el efecto accidental de la fortaleza contra el pecado depende de la divina Providencia y de otras causas que ahora señalaremos.

Por tanto, a la primera objeción de que en los niños solo borraría el pecado original y en los adultos todos, lo cual significaría que no obra igual en todos, contesta el Santo que la mínima gracia bautismal “bastaría para extirpar todos los pecados, luego el problema no está en el defecto de la gracia bautismal sino en el óbice que se le opone”. También (ad 2) ocurre que todos no usan de la gracia recibida de igual modo, unos más y otros menos. Tampoco influye en el grado de gracia las mayores o menores aptitudes naturales de los sujetos, ya que éstas vienen del cerebro, o sea, del cuerpo; las almas son todas iguales (ad 3). Y los milagros ocurridos a veces a los bautizados no significan diferencias en el efecto, porque son acciones extraordinarias de la Providencia y no efecto del bautismo (ad 4).

 

Artículo 9. La ficción impide al bautismo producir su efecto: la gracia.

 

En este caso se trata del sujeto que recibe el bautismo, no del ministro. “Sólo quedan justificados por el bautismo los que lo reciben voluntariamente y también reciben voluntariamente el efecto del sacramento”. En el caso de ficción el que es bautizado rechaza interiormente el bautismo o su efecto, sea porque no cree, porque lo desprecia, porque no se sigue el rito de la Iglesia o porque se recibe sin devoción. Estamos hablando de la gracia, no del carácter.

A la primera dificultad que habla de que quien se ha bautizado en Cristo se ha revestido de Cristo (Gal 3,27) responde el Santo diciendo que bautizarse en Cristo puede significar en conformidad con Cristo, es decir, con fe y caridad, y revestirse en consecuencia de la gracia de Cristo o puede significar simplemente recibir su sacramento, lo cual sería recibir el carácter, y, en ese sentido configurarse con Cristo, mas no por la gracia. La segunda dificultad indica que las dificultades de la voluntad del hombre pueden ser vencidas en el sacramento por la omnipotencia divina que actúa en él, a lo que el Santo responde que si eso ocurriera ya no habría ficción, pero que eso no ocurre siempre, porque la finalidad del sacramento no es ésa, sino justificar a los que sinceramente se acercan. La tercera dificultad se fija en la gravedad de la ficción, inferior a la de otros pecados que quedan sanados por el bautismo, a lo que el Santo responde que el que, disimulando la verdad, no desea apartarse del pecado mortal, no queda libre de él. No estamos hablando del venial.

 

Artículo 10. Al desaparecer la ficción el bautismo puede producir su efecto

 

San Agustín: “El bautismo comienza a ser eficaz para la salvación cuando por una confesión sincera cese la ficción que impedía se verificase la ablución de los pecados, persistiendo el corazón en la malicia o en el sacrilegio” (ML 43,119). Cuando se engendra un ser y desaparece el obstáculo que le impedía manifestarse como tal, el ser empieza a hacer bien lo que debía, porque estaba hecho para ello, de modo parecido el bautizado que ha recibido su “forma sustancial” a través del carácter, una vez desaparecen los pecados, aparece la gracia. El modo de remover el obstáculo, los pecados, es la penitencia, como sacramento si es posible.

A la dificultad primera que declara que el que no tiene caridad está muerto y que los muertos no resucitan opone el Santo la afirmación de que el bautismo es de Dios y no del hombre. A la segunda que habla de que el bautismo que no pudo dar la gracia no se le puede después atribuir el darla, contesta el Santo diciendo que no es sólo el Bautismo que sólo perdona los pecados anteriores a él sino también la Penitencia la que perdona los pecados posteriores al Bautismo y remueve el obstáculo que impedía la actuación del mismo Bautismo.

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