Suma teológica, parte III, cuestión 63. el carácter sacramental

Suma Teológica III parte. Cuestión 63, Sobre el segundo efecto de los sacramentos, que es el carácter

 

Introducción

 

Interesa poner de relieve lo que afirma el Magisterio en torno al carácter sacramental, que, teniendo como precedentes a Inocencio III en la Maiores Ecclesiae causas[1] donde el carácter, en el sentido de señal espiritual que configura con Cristo y consagra para el culto, como comúnmente se admitía en el siglo XIII, aparece ya como algo aceptado por el Magisterio y el decreto para los Armenios del concilio de Florencia, donde afirma ya que el carácter, que poseen los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Orden, es un signo espiritual irreiterable y distinto de los demás signos, que no confieren los otros cuatros sacramentos (D 695)  se define finalmente en el concilio de Trento, que elevará, con un anatematismo, esta doctrina a dogma irreformable de la Iglesia (D 852).

Es evidente que esta doctrina tiene su apoyo en la Escritura, que afirma que los designios de Dios son eternos, y su amor por nosotros también lo es (Is 41,10), tal como aparece en el hijo pròdigo (Lc 15), etc., pero, sobre todo, en la reflexión de Pablo sobre el bautismo, que, según Pablo piensa, nos configura con algo que no tiene retorno, la muerte y la resurrección del Señor. Por el bautismo hemos sido incorporados a Cristo muerto y resucitado (Rom 6,2-6).

También Jn 6, 27 nos habla de un sello, que parece referirse al bautismo de Cristo (Mt 3,16), y que se manifiesta en realizar señales (Mt 12,28, Hech 10, 38). Pero ya Rom 4,11 nos habla de la circuncisión como sello de la justicia de la fe, en Abrahám, es decir, como alianza inquebrantable por parte de Dios, signo de su elección, que resiste al pecado del hombre.

Esta palabra, sello, sphragis en griego, sirve pronto, por la analogía entre la circuncisión y el bautismo cristiano, sacramento de la fe, para señalar sus efectos (2Cor 1,22, donde el Amén de Cristo tiene como consecuencia el sello del Bautismo y Ef 1,13; 4,30). En Apocalipsis 7,2-9   y 9,4, el tema del sello es distinto, porque parece referirse más bien al juicio definitivo de Dios, que es irrevocable, pero posterior a la historia de cada hombre.

En los tres primeros siglos esta doctrina del carácter aparece clara en el sentido de la irrepetibilidad del bautismo, y su valor ante Dios, que marca  la diferencia entre cristianos y no cristianos. Pero es San Agustín el que más la explicita, precisamente por la herejía donatista, que reiteraba el bautismo, indicando que los soldados que han recibido su carácter (su signo distintivo marcado a fuego en su piel) no necesitan, hagan lo que hagan, recibirlo dos veces. Nunca después se discutió sobre su existencia.

En cuanto a la naturaleza del carácter, el pseudo-Dionisio afirmaba que el carácter es un signo de comunión y de ordenación a la santidad dado por la autoridad eclesiástica, y Santo Tomás afirma que está dado por Dios (IV Sent ), mas en los textos que observaremos indica que nos configura con la Trinidad porque crea en nosotros su imagen (a. 3), y con Cristo, porque nos hace participar de su vida (a. 5 y a. 3) y su sacerdocio. En este sentido, además de ser un signo de la predestinación, nos ordena al culto de la Nueva Alianza (a. 1, ad 1). Es una potencia, y un signo que permanece para siempre.

 

Artículo 1 El  sacramento imprime carácter en el alma

 

El texto del que parte en el sed contra o argumento de autoridad es el de 2Cor 1,21-22 que ya hemos comentado: “Es Dios quien nos ha ungido, nos ha sellado, y ha depositado las arras del Espíritu en nuestros corazones”. Santo Tomás va a intentar defender que eso significa una transformación objetiva del hombre.

Los sacramentos tienen como fin perfeccionar al hombre en lo tocante al culto a Dios que es uno de los dos fines que tienen de por sí los sacramentos. El otro es el remedio de los pecados. Toda cosa que tiene un fin debe tener también un signo apropiado               que lo señala y lo distingue,  y lo conforma a su fin. Pone como ejemplo los tatuajes de los antiguos soldados, que ya hemos mencionado, recordando lo de San Agustín de ML 43,71: “A un soldado que, lleno de terror, huyó del servicio, renunciando al carácter impreso en su cuerpo, si acude con rapidez a la clemencia de su general y obtiene su perdón a fuerza de súplicas y vuelve al combate, una vez corregido ¿se le vuelve a marcar?”. En ese caso el signo distintivo es también útil, puesto que a través de él se distingue al amigo del enemigo, y, además, obliga al honor que ese signo manifiesta.

El ejemplo es magnífico. Pero las objeciones también son muy inteligentes. La primera indica que no es necesario distinguirse ante Dios con ningún sello, argumentando que Dios conoce a los suyos[2]; Respuesta: no se trata de eso, sino de los actos que se refieren al estado presente de la Iglesia[3]. También, la segunda objeción, que habla de que no es signo lo que no se ve, es inteligente. La respuesta indica que lo impreso en el alma es signo en cuanto ha sido impreso por un sacramento sensible. Metafóricamente se llama signo a lo que distingue a un hombre de otro aunque no sea hecho por un signo sensible, así como se llama a Cristo figura del Padre en Heb 1,3. La tercera objeción indica que el sello antiguo, la circuncisión, era corporal, por lo que también debería ser el sello nuevo. El Santo responde indicando que el Antiguo Testamento no producía efectos espirituales.

 

Artículo 2:  El carácter es un poder espiritual

 

Esto significa que debe ser una potencia, ya que, según Aristóteles que en este caso es el argumento de autoridad, sólo hay tres cosas en el alma, potencia, hábito y pasión. Las pasiones son transitorias, el hábito determinado y el carácter permanente, y, en cierto sentido indeterminado, pues puede ser empleado para bien o para mal. Insistiendo en este punto, en el cuerpo del artículo indica el Santo que para que un cristiano pueda vivir lo divino hace falta un poder activo de transmitir y pasivo de recibir, habida cuenta de que Dionisio define el carácter como participación de Dios para ser divino y transmitir lo divino. Por tanto, el carácter es ese poder que hace que el hombre pueda vivir lo divino. Ese poder es instrumental, porque el ministro se comporta a modo de instrumento, y ministro es el que transmite lo divino. Como un poder sólo puede estar en un sujeto, y a ese poder le hemos de señalar con el título de cualidad y potencia.

Las objeciones en este caso son fácilmente resueltas. La que nos parece más importante es la tercera que habla de que el carácter debe ser una relación más que una potencia, pero el Santo responde que no es el alma sino algo que se le da y no puede ser relación porque hay que aceptar algo que fundamente la misma relación. Esta afirmación sirve también para concluir que no puede ser simplemente un signo transitorio como es el agua en el caso del bautismo, o un simple efecto, sino algo permanente y principio de acción (ad 4).

 

Artículo 3. El carácter sacramental es el carácter de Cristo

 

Comienza el argumento de autoridad con la definición de San Alberto Magno In Sent 4, d.6, a.4: “el carácter es señal distintiva, impresa en el alma racional por el sello eterno, según que ella es imagen que configura la trinidad creada con la Trinidad creadora y regeneradora, y que distingue a los que no están configurados según la condición estable de la fe”.  Digna del alemán autor de la misma. El Angélico dice en segundo lugar: “Ahora bien, el sello o carácter eterno es el mismo Cristo… carácter de su substancia, luego el carácter sacramental ha de atribuirse con toda propiedad a Cristo”. Ciertamente sería difícil para mí en este momento saber lo que es la trinidad creada. Lo demás está claro. Posiblemente se refiere a lo que dice Santo Tomás de que el ser, la inteligencia y la voluntad en el ser humano son imagen del Padre, Hijo y Espíritu en Dios. Al menos es evidente que San Alberto afirma que el hombre, por el carácter se configura con Dios.

En  la respuesta general o cuerpo del artículo dice que “el carácter es el sello que caracteriza a una cosa como ordenada a un fin determinado” y pone como ejemplo el sello del dinero o el tatuaje del antiguo soldado: indica su vocación, es decir, para qué está ordenado o llamado. La gracia marca a los santos, como dice Apo 7,3 y Ez 9,4. Pero, por otro lado, el fiel está destinado a Dios. Y a Dios se le ama, se le da culto. Santo Tomás dice que el carácter concierne al culto para dar o recibir. Pero eso es lo propio del sacerdocio. “Todo el rito de la religión cristiana deriva del sacerdocio de Cristo con cuyo sacerdocio están configurados los fieles”. Luego el carácter nos hace sacerdotes. “Los caracteres sacramentales no son otra cosa que ciertas participaciones del sacerdocio de Cristo derivados del mismo”.

En la primera dificultad se comenta Ef 4,30, donde habla del Espíritu (“No contristéis al Espíritu en el cual habéis sido sellados”) se arguye que el carácter corresponde más al Espíritu que a Cristo. El Santo contesta  que ahí se habla de la gracia que destina a la gloria, no del carácter, y la gracia se manifiesta en el amor por el que seremos juzgados y que es la característica del Espíritu (“El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” Rom 5,5). Y añade: “Las gracias son diversas, pero uno es el Espíritu” (1Cor 12,4).

La  segunda dificultad indica en principio que el carácter es signo de la gracia, mas ésta es infundida en el alma por la Trinidad, de modo que debería atribuirse el carácter más a la Trinidad que a Cristo. A esta observación responde nuestro autor indicando que el signo externo tiene como realidad el carácter, que a la vez es signo de la gracia. Y eso es cierto. Pero en cuanto a su razón propia, el carácter configura con otro, con el que manda, como en el caso del soldado con su jefe, y en el caso del dinero con el que lo garantiza, de modo que nos configura con Cristo, el que nos destina al culto cristiano, que con toda propiedad  ejerció  en la cruz, rogando por nosotros y ofreciéndose a sí mismo. Luego el carácter nos configura con Cristo y nos invita a dar culto a Dios.

La tercera dificultad pone el carácter en la caridad, que es propia del Espíritu, por el hecho de que los cristianos se distinguen de los demás por la caridad. Santo Tomás indica que si el tatuaje distingue a los soldados, porque les obliga a luchar, también el carácter de Cristo nos invita a amar y por tanto a conseguir la vida eterna, y en ese ejercicio hay algo especial: el culto cristiano en el presente. Por tanto, el carácter no es el amor, sino aquello que marca nuestra vocación al amor que es el modo de ejercer el culto cristiano.

 

Artículo 4: el carácter tiene por sujeto las potencias del Alma

 

En realidad aquí se trata de algo que al Santo le parece evidente. El alma posee potencias que realizan actos (inteligencia y libertad), pero como el carácter es un sello que está dirigido a realizar actos de culto en el sentido de recibir y transmitir, es claro que el sujeto del carácter son dichas potencias.

La primera dificultad indica que si el carácter es disposición a la gracia, que tiene por sujeto al alma, el carácter deberá tener por sujeto a la misma alma y no a sus potencias. El Santo le contesta que si el carácter es un accidente y para determinar el sujeto de un accidente hay que tener en cuenta la disposición próxima y directa, no la remota o indirecta, y la disposición que da al alma el carácter es para el ejercicio del culto, es claro que hay que tener en cuenta los actos más que la gracia, y ya hemos dicho que los actos residen en las potencias. La gracia viene para los que han de realizar dichos actos de modo que se cumplan dignamente.

La segunda  objeción dice que si el carácter es potencia y el sujeto de las potencias es el alma, el sujeto del carácter debe ser el alma. Contesta el Santo indicando que el alma es sujeto de la potencia natural que se deriva de su esencia. Pero siendo el carácter un tipo de potencia distinto, espiritual y externo al hombre, hemos de decir que no es lo mismo. Pero así como la gracia perfecciona al alma, el carácter perfecciona las potencias.

La tercera dificultad viene de que las potencias son dos y el carácter es uno. Santo Tomás indica en su contestación que el carácter, que sirve para el culto, atañe sobre todo a la fe, y la fe está en la potencia cognoscitiva.

 

Artículo 5: El carácter en el alma es indeleble

 

Con la autoridad de  San Agustín, el santo indica que siendo que el sacerdocio de Cristo permanece para siempre (Sal 109,4) de por sí, el sacerdocio participado, que es aquello en lo que consiste el carácter, debe ser perpetuo mientras  subsista la persona consagrada para el culto. Como el alma, y por tanto sus potencias, es inmortal, también lo es el carácter.

La primera dificultad sugiere que siendo la gracia más perfecta que el carácter y algo que se puede perder, es lógico que aquello que es menos perfecto también se pueda perder. Contesta el Santo que la gracia se encuentra en el alma como algo completo en sí misma. Y, sin embargo, como el alma cambia por su libertad, puede perder la gracia. Pero en una virtud instrumental como es el carácter “se considera más bien el modo de ser del agente principal”, el cual es Cristo, “del que procede el carácter como virtud instrumental”. Y Cristo no muere nunca.

Esto de entender el carácter como un instrumento que Cristo usa para a través de la libertad humana dar culto a Dios o dar su gracia a los hombres es iluminador.

La segunda dificultad recuerda a los donatistas: cuando uno apostata, el servicio que debería prestar al culto divino no lo da, luego lo pierde.  Pero en su contestación, Santo Tomás recuerda lo siguiente: la iglesia no rebautiza a los que se arrepienten y vuelven a ella. Y explica que un instrumento es movido, y cuando no lo es no se pierde su capacidad. Por eso no es lo mismo el carácter que la gracia, y no vale la razón de perfección.

El tercer argumento contrario a la tesis indica que, si en el cielo el matrimonio no existe, por no poder engendrar que es su fin,  lo mismo el carácter tampoco existirá en el cielo, pues sirve para el culto exterior que allí no existirá. Responde el Santo que el carácter tiene como fin el amor al Padre, y después de una batalla no se borra el distintivo de los soldados, el tatuaje, que les sirve de gloria en la victoria como en la derrota de vergüenza y castigo.

 

Artículo 6: Sólo algunos de los sacramentos de la nueva ley imprimen carácter

 

La práctica de la Iglesia reitera ciertos sacramentos. Por eso Santo Tomás responde que, aunque todos los sacramentos tienen como función el remedio del pecado y el culto divino, hay algunos que tienen la función del culto más directamente que otros. Los sacramentos se ordenan al culto divino de dos modos:  o bien en primer lugar,  con la misma acción sacramental, o proveyendo al culto de sus ministros o proveyéndole de sus sujetos pasivos. El primer tipo de sacramentos es la Eucaristía, en la que consiste el culto divino y que es el sacrificio de la Iglesia y no imprime carácter “porque no ordena a obrar o a recibir algo ulterior en el orden sacramental sino que es el fin y consumación de todos los sacramentos” (MG 3,424), ya que contiene al mismo sacerdote, Jesucristo. El segundo tipo es el sacramento del orden y el del Bautismo y la Confirmación. Por eso sólo Bautismo,Confirmación y Orden imprimen carácter.

A la primera dificultad, que indica que todos los sacramentos nos hacen participar del sacerdocio de Cristo, Santo Tomás contestará que todos participan en el sentido de que en todos se comunica de algún modo un efecto de dicho sacerdocio. Pero lo que se requiere para imprimir carácter es que conviertan a una persona en capaz de culto, sea como miembro activo o pasivo, es decir, para dar o recibir, lo que es propio del sacerdocio de Cristo.

La segunda dificultad viene de que todos los sacramentos dan la gracia santificante, luego todos consagran al sujeto. Santo Tomás contesta que la gracia purifica del pecado, mas los que imprimen carácter lo consagran para el culto divino como se dice que un cáliz está destinado al culto divino.

La tercera dificultad viene de que el carácter es “res et sacramentum”. Como todos los sacramentos obedecen a esta ley general de que el sacramento o signo causa la “res et sacramentum”, todos tienen carácter. Santo Tomás contestará que  la “res et sacramentum” es el género y el carácter es la especie.


[1] Habla ahí de que si el bautismo es administrado a uno que no lo consiente de ningún modo, el bautismo es nulo y no imprime carácter, pero si es administrado a otro hombre que de alguna forma consiente, sí lo imprime (D 411)

 

[2] 2Tim 2,19, que por cierto, afirma como herejía que la resurrección ya se ha dado.

[3] Esos actos son los actos para los que faculta la incorporación a Cristo en la Iglesia y las gracias que sobrevienen por ello.

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