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La conciliación desde los valores que promueve la fe.

Cuando la fe promueve la conciliación no lo hace sino desde la aceptación del supremo valor que es el ser humano. Hay   cosas que están por encima de cualquier consideración, y que son valores no negociables porque corresponden a la ley natural. El primero el valor de la vida humana, y el segundo el valor de los medios y las dimensiones que la favorecen y la dignifican.

Una dimensión ineludible en ese sentido es la dimensión social, e importa señalar que la sociedad no está por encima de la persona, ni por debajo de ella, sino que la sociedad es una de las dimensiones de la misma persona. Por tanto no se puede conculcar a la persona individual en nombre de supuestos derechos de la sociedad. Tampoco existe derecho en la pura fuerza. El derecho debe regir la fuerza y orientarla. Porque, en realidad, y aunque el valor de una persona se mide por su generosidad y su capacidad de amor, la sociedad entera está al servicio de la persona individual, porque es la única que existe. Decir que estamos al servicio del pueblo sacrificando a la persona individual es mentir.

¿Por qué la persona individual es fin en sí misma, es decir, que todo está al servicio de ella? Porque tiene alma. La afirmación del alma es, por un lado, la afirmación de una enorme trascendencia, pues es un ser que está ante Dios, y de una libertad e independencia. Y todo ello en el hombre individual, que lo hace único, por hacerlo responsable del bien y del mal, y por tanto no sólo sujeto de valores, sino de méritos o culpas. En consecuencia, es el único ser que puede decidir, y ha de hacerlo teniendo en cuenta que otros seres humanos tienen los mismos derechos que él. Dios nos dio la libertad para que pensemos, descubramos la verdad, y la sirvamos.

El reconocimiento de la objetividad del bien y por ello de los derechos de cada uno hace que en una conciliación no se deba imponer una negociación, o una abdicación de derechos, o una defensa a ultranza, o una victoria, sino la verdad ante la cual todos se rinden, y la justicia derivada de esa verdad.

Es claro que en toda conciliación, sin embargo, puede haber, voluntariamente, una cesión de derechos o de deudas, un perdón, una voluntad de nuevo comienzo, que, para no ser indigna del respeto que merece todo ser humano, especialmente el que actúa justamente, ni puede ser impuesta, ni ser humillante, ni puede ser motivada por amenazas o represalias humanas.

Pero en toda mediación suele haber un mediador. Papel difícil hasta el extremo, porque la mediación suele ser la que recibe las quejas y las incomprensiones que los individuos no quieren arreglar. Sin embargo, su gracia está en la independencia y en la imparcialidad. En el mediador no actúa el egoísmo o el interés, ni la pasión o la obcecación. Por la ausencia de pasiones está preparado para descubrir la justicia objetiva y hacérsela ver a los contendientes.

En consecuencia, de algún modo los contendientes, sin que el conciliador tenga la última palabra, deben de algún modo, puesto que buscan un mediador, otorgarle alguna autoridad o al menos escucharle.

Promover la conciliación no es sólo promover la capacidad de diálogo. Para los cristianos es promover el amor al enemigo.

Cristo es el mediador entre Dios y los hombres. Nosotros estamos llamados a mediar, a interceder, a buscar la paz y a promover la justicia.

De todo ello daremos cuentas ante Dios.

Porque ¿los pecados reverdecen? Nunca si se corrigen, pero no olvidemos aquello de “no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo” (Mt 5,26) o lo de “perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”(Mt 6,12).

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