Meditación sobre las lecturas del domingo 18 C

Sobre la libertad

El ser humano, esclavo del miedo al futuro, se defiende de ese miedo, cuando no tiene fe, con los bienes de la tierra. Ello le impide, no sólo la justicia y mucho más la caridad, sino, sobre todo, le impide la libertad, la alegría y nubla su inteligencia destruyendo los motivos para vivir.

Porque, en el fondo, se odia la vida por aquello que tiene de abierta, de libre y de inconclusa. Y se odia a Dios que nos la dio así, renegando de su don, que, en el fondo, fue algo abierto a la fe.

Por eso, el ser humano suele tener un “diálogo amoroso con sus libros contables”. Pero, como la fortuna es huidiza, aquello a lo que está atado se desata y el ser humano queda huérfano, incapaz y vacío de los bienes a los cuales amarró su vida.

Pobre hombre que vas a morir. La muerte te quitará todo, incluso aquellos bienes con los que pretendías alejar el fantasma y la verdad de la muerte. La muerte será más cruel contigo, porque, después de haber sido advertido, has elegido lo que no puede darte la vida.

Dios ha querido algo de confianza en Él. Tú no le has dado nada. Sólo te importó aquello que robaste, aquello que te separó de los demás. Sólo oraste a tu dinero. Y éste no escuchó tu oración, porque el oro no tiene orejas.

¿Cómo pudiste ser tan necio? Nada equivale a Dios. Con nada lo puedes comprar. Tú vendiste tu primogenitura por un plato de lentejas. Porque no veías a Dios y sí el plato de lentejas.

La fe es siempre apertura a Dios como más real que lo que puedo tocar con mis dedos y más real que aquello que parece salvarme la vida.

Porque la vida que es toda vanidad, deja de serlo cuando encuentra al que no es humo ni apariencia. Es lógico que no sea visto por aquel que sólo cree en lo visible. Dios cambia lo aparente por realidad y el tiempo en eternidad. Pero en esos momentos lo visible se vuelve falso y lo invisible verdadero.

Hemos resucitado. Y eso no se ve. Estábamos muertos y creíamos estar vivos, y veíamos la vida, sometida a la corrupción, como si fuera eterna. Ahora que estamos resucitados ni la muerte de Cristo ni la nuestra puede apartarnos de la verdad, y ésta consiste en la decisión de creer en la resurrección y actuar como resucitados.

Posiblemente esta nueva condición de resucitados nos vuelva ricos realmente. Ricos porque la separación que las riquezas de este mundo llevan implícitas desaparece. Y la hermandad nos hace poseedores no sólo de los hermanos, sino de Dios, que está con ellos.

La sociedad nos dice a quién podemos amar y a quién no. Los pobres no tienen a nadie que les envidie. Pero el que ha nacido para Cristo se encuentra con muchos, por encima de su condición en esta vida, que se han vuelto unos hermanos nuevos para con él.

Y este amar sin fronteras y sufrir sin odio, este correr hacia el prójimo y sentir que Dios corre a nuestro encuentro, esta alegría que da sentir que el futuro lo lleva quien nos ama nos vuelve niños. No conozco a ningún niño incapaz de jugar con otro niño, pobre o rico.tiene una libertad inmensa que nace de un agradecimiento radical a Dios. Se trata de una apertura fundamental al futuro, de una apertura gozosa a la vida.

César Buendía

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: