San Bartolomé

Rápidamente.

Hoy, día de San Bartolomé, la palabra nos trae el libro del Apocalipsis donde se indica que JERUSALÉN, la ciudad santa, aparece ahora como un regalo. Es el regalo final, el don de Dios.

Lo propio de Jerusalén, en este caso, es la seguridad, la inexpugnabilidad de esta ciudad nueva. Se trata de la seguridad del cielo. Está rodeada por murallas, puertas custodiadas por ángeles con nombres de las doce tribus, y, ésa es la relación  con doce cimientos, probablemente bajo las puertas, que llevan los nombres de los apóstoles.

El libro la presenta como la ciudad contraria a Babilonia, la ciudad que aparece en el capítulo 18, como símbolo de la maldad.

Y los apóstoles la sostienen de modo inquebrantable. Pablo había hablado de un cimiento inconmovible, que es Jesucristo (1Cor 3,11). Posiblemente está pensando en ello. Jesús es el cerro sobre el que se sostiene una ciudad tan en paz, sean quienes sean los que la construyen.

Pero es imposible pensar en los Apóstoles sin contemplar su martirio, su entrega absoluta, nacida de una alegría indestructible, de una fe sin fisuras.

Natanael, el hombre de verdad, el israelita sin mentira, reconoce directamente a Jesucristo, es decir, al Ungido, al Rey, al Salvador, al Hijo de Dios.

Ser apóstol, más que ser enviado, es ser testigo fiel.

Sobre su fe está edificada la Iglesia y el Cielo.

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