Un comentario de Prades sobre relativismo

La contradicción de un relativismo absoluto

Podemos comenzar por la crítica al relativismo cultural que han denunciado varios de los autores citados. Es una cuestión de la mayor importancia porque los proyectos más ideológicos del multiculturalismo se han apoyado, al modo de un dogma fundativo, en el carácter insalvablemente diferente de cada cultura respecto de las otras. De ahí que se diera la conocida evolución desde «la» cultura (en singular) a «las» culturas (en plural), de lo universal a los particulares, y la afirmación consiguiente de que esa pluralidad de posiciones era irreconciliable, es decir, que las distintas culturas no se pueden reducir a unidad, son incomparables entre sí y, por tanto, plenamente equivalentes en cuanto a su valor.

El contexto de ese pluralismo exacerbado había sido el de un antietnocentrismo occidental, en el nombre del cual occidente se negaba a sí mismo y ponía en discusión todos los valores de su tradición[1]. No pocas veces, en efecto, la valoración de las «otras» culturas era paralela a una autonegación de occidente y, de un modo más concreto, de la dimensión religiosa o trascendente de la tradición occidental, tal y como se ha vivido históricamente en la tradición cristiana. Sobre esta cuestión volveremos más adelante, ya que es un factor muy importante para encontrar una solución adecuada a los problemas que estamos examinando.

El énfasis del multiculturalismo sobre las diferencias encierra muchas veces, más que la afirmación -indiscutible-de las diversidades, la negación de la universalidad de la experiencia humana. Se acaba postulando una incomunicabilidad insuperable entre las culturas, que vuelve imposible su comparación o valoración, con ello, se desemboca en la separación o el aislamiento de las culturas. No es de extrañar, entonces, que pueda crecer en los estudiosos la impresión de que perdemos criterios de comparación y valoración de las tradiciones culturales. Debemos someter a crítica el fundamento teórico del multiculturalismo que reside en el relativismo insuperable de las culturas. La mayor debilidad de ese relativismo consiste en que no considera las condiciones de posibilidad de la afirmación de «las culturas», en plural. En efecto, es totalmente infundada la categoría de alteridad o heterogeneidad absoluta entre experiencias o culturas humanas. La alteridad de los otros no es absoluta. Si el otro fuera absolutamente heterogéneo, extraño, no había espacio más que para la oposición o, como mucho, la yuxtaposición, pero en realidad se estaría abocando inexorablemente a la violencia como único modo de relación con el otro: alteridad absoluta equivaldría a violencia absoluta. ¿Qué decimos cuando decimos «el otro»? El otro es siempre un álter ego, otro «yo», otro como yo. Reconocer mi identidad con el otro es lo que me permite reconocer su alteridad, su diferencia; es como yo, pero no es yo, es distinto de mí. Somos distintos, pero no extraños el uno respecto del otro, pues nos podemos comparar en virtud de una identidad más original y profunda; nos reconocemos ambos como hombres. Reconocer la alteridad del otro presupone siempre la identidad con el otro. Hay una identidad más profunda que todas las diferencias, y esa identidad constituye el terreno original para la comparación y para el reconocimiento de lo diverso como tal. Si el otro no fuera un álter ego, no podamos hablar de diversidad y no habría relación alguna, y el abismo de la separación sería insalvable. Lo que no está unido en el origen no puede unirse después. De esta manera, para poder hablar de «diferencias» y de respeto a las identidades diferentes es necesario hablar más radicalmente de «la» identidad en «las» diferencias. La relación entre identidad y alteridad se desarrolla sobre el terreno de una identidad originaria que puedo no querer o, quizás, no acertar a definir, pero que tengo que presuponer siempre

[1] «La multiculturalidad que se impulsa y favorece continuamente con pasión, a veces consiste sobre todo en el abandono y la renuncia a lo que es propio, en una fuga de lo propio. Pero la multiculturalidad no puede sobrevivir sin bases comunes, sin puntos de referencia ofrecidos a partir de los propios valores». Ratzinger, Joseph y Marcello Pera, Senza radici, 71. Véase el conocido texto de André Glucksmann, Occidente contra occidente, Madrid, 2004.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: