Doy gracia a Cristo Jesús que se fió de mí.

Domingo 24 C

Lc 15

Es un domingo del Hijo pródigo, con eso está dicho todo. El cuarto domingo de Cuaresma ya se lee lo mismo. En este año de la misericordia, que, por cierto, es difícil de entender y más de practicar, porque se suele confundir con la blandura, no está de más.

Pero no pasa nada por pensar alguna vez más en ese corazón del Evangelio, en el corazón de Dios.

Aun así, la misericordia requiere una libertad difícil. Es difícil conseguir estar en sintonía con ese corazón de Dios, tan extraño,  y tener la libertad para  vivirlo sin considerarse ni un tonto ni un esclavo.

Y en la libertad de Dios está el que con conseguir la vida del hijo le resulte insignificante la pérdida de todo lo demás. En ese caso la pérdida del hijo mayor: Jesucristo. Es decir, su propia vida es insignificante con tal de salvar a su hijo. Es muy extraña esa enorme libertad de la que quiere que participemos. Esa indescriptible alegría.

JUAN-PABLO-II “El padre es consciente de que se ha salvado un bien fundamental: el bien de la humanidad de su hijo. Aunque éste había dilapidado el patrimonio, ha quedado, sin embargo, salvada su humanidad. Más aún: de algún modo ésta se ha recuperado. En el mismo capítulo 15 del evangelio de san Lucas leemos la parábola de la oveja perdida y después la de la dracma recuperada. En ellas se pone siempre de relieve la misma alegría que en el caso del hijo pródigo. La fidelidad del padre a sí mismo está totalmente centrada en la humanidad del hijo perdido, en su dignidad. Así se explica por encima de todo la alegre conmoción por su regreso a casa”.

La hija de Dostoievski describe así la muerte de su padre: “…al darse cuenta de que su vida llegaba a su fin, tomó mis manos entre las suyas y pidió a mi madre que nos leyera el capítulo 15 del evangelio de S. Lucas. Él, próximo a la muerte, escuchaba la historia con los ojos cerrados. Luego dijo: Hijos, no olvidéis nunca lo que habéis escuchado. Confiad siempre en Dios y no dudéis nunca de su perdón. Yo os amo muchísimo, pero mi amor no es nada comparado con el infinito amor de Dios. Y si tenéis la desgracia de hacer algo malo en vuestra vida, no desconfiéis de él. Sois hijos suyos. Él se regocijará de vuestro arrepentimiento como se regocijó de la vuelta del hijo pródigo. Tras estas palabras, murió. Era el 9 de febrero de 1881”.

“Si se ahonda con serenidad y objetividad en el corazón del hombre se descubre que, en la mayoría de los casos, una relación conseguida, intensa y serena con los hijos es, para un hombre adulto y maduro, no menos interesante y satisfactoria que la relación con la mujer. Sabemos cuán importante es tal relación también para el hijo o la hija y el vacío tremendo que deja la carencia o su ruptura.

Igual que el cáncer ataca habitualmente los órganos más delicados en el hombre y en la mujer, así el poder destructor del pecado y del mal ataca los ganglios más vitales de la existencia humana. No hay nada que sea sometido al abuso, a la explotación y a la violencia como la relación hombre-mujer, y no hay nada que esté tan expuesto a la deformación como la relación padre-hijo: autoritarismo, paternalismo, rebelión, rechazo, incomunicación.

No hay que generalizar. Existen casos de relaciones bellísimas entre padre e hijo. Sabemos sin embargo que hay también, y más numerosos, casos negativos. En el profeta Isaías se lee esta exclamación de Dios: «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí» (1,2). Creo que muchos padres hoy en día saben, por experiencia, qué quieren decir estas palabras.

El sufrimiento es recíproco; no es como en la parábola, donde la culpa es toda y sólo del hijo… Hay padres cuyo sufrimiento más profundo en la vida es ser rechazados o directamente despreciados por los hijos. Y hay hijos cuyo más profundo y no confesado sufrimiento es sentirse incomprendidos, no estimados o francamente rechazados por el padre.

He insistido en la implicación humana y existencial de la parábola de hoy. Pero no se trata sólo de mejorar la calidad de la vida en este mundo. La iniciativa de una gran reconciliación entre padres e hijos y la necesidad de una sanación profunda de su relación entra de nuevo en el esfuerzo de una nueva evangelización. Se sabe cuánto puede influir, positiva o negativamente, la relación con el padre terreno en la relación con el Padre de los cielos y por lo tanto en la vida cristiana misma. Cuando nació el precursor, Juan Bautista, el ángel dijo que una de sus tareas era «hacer volver los corazones de los padres a los hijos y los corazones de los hijos hacia los padres». Una tarea hoy más actual que nunca”.

De familia cristiana.

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