El castillo interior

Domingo 23 C

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 14,25-33.

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:

-Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío.

Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?

No sea que si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil?

Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Valga aquí el comentario de San Agustín: Dios no puede estar por debajo de tu padre y madre:

Tu madre,¿Por qué quiere volverte y retenerte, y te saca y te desvía de la carrera emprendida, sino porque es tu propia madre? Por ser hermana de todos cuantos tenemos a Dios por Padre y a la Iglesia por Madre, te impide tan poco como a mí, o a todos los hermanos que la amamos, no con una caridad privada como tú en vuestra casa, sino con una caridad pública en la casa de Dios. Estos lazos que te unen a ella en la familia carnal deben darte derecho a hablarle con mayor familiaridad y a conferenciar con ella a puerta abierta, para que mate dentro de ti ese amor privado, no sea que estime más el haberte llevado en sus entrañas que el haber sido engendrada contigo en las entrañas de la Iglesia. Y lo que te digo de tu madre hemos de aplicarlo al resto de la parentela: en la propia alma todos hemos de pensar en odiar el afecto privado, que sin duda es temporal, y amar en aquella sociedad y comunión de la que está escrito: Tenían un alma sola y un solo corazón hacia Dios (Hch 4,32). De esta manera tu alma no es propia, sino de todos tus hermanos; y las almas de ellos son tuyas; o mejor dicho, las almas de ellos y la tuya no son almas, sino la única alma de Cristo; el salmo canta para que la libren de las fauces del perro. De aquí se pasa con facilidad a despreciar la muerte.

No se enojen los padres porque Dios nos manda odiarlos, cuando nos manda eso mismo respecto de nuestra alma. Y como respecto al alma se nos manda que la odiemos por Cristo juntamente con los padres, así también puede aplicarse igualmente a los padres lo que en otro pasaje se nos dice acerca del alma: El que ame su alma la perderá (Jn 12,25). Y yo diré con persuasión: «Quien ame a sus padres, los perderá». Arriba mandó odiar al alma y aquí dice que la perderá. Este mandamiento, en el que se nos ordena perder el alma, no significa que hayamos de matarnos, lo que sería un crimen inexpiable. Significa que hemos de matar en nosotros el afecto carnal del alma, por el que esta vida presente nos deleita con detrimento de la futura.

Este comentario recibe un complemento en este otro, muy sorprendente, en el que explica, más o menos, cómo hay un castillo espiritual desde donde es fácil vencer al enemigo, pero que, por ello, debe ser construido muy bien, y, por eso, muy caro, para poder resistir esos embates tan crueles, en el que un rey puede defenderse con 10.000 de uno que le ataca con 20.000. Ese castillo no sólo invita a discernir qué debes dejar fuera y qué dentro, sino a pensar qué, siendo lícito, debes vender para comprarlo.

“Si te tienes por recluta de Cristo, no abandones el campamento, en el que has de edificar aquella torre de que habla el Señor en el evangelio. Si te mantienes en ella y militas bajo las armas de la palabra de Dios, por ninguna parte podrán penetrar las tentaciones. Los dardos arrojados desde ella contra el adversario caen con mayor fuerza, y los que vienen del adversario se evitan con mayor precaución. Considera también que nuestro Señor Jesucristo, siendo nuestro Rey, llama reyes a sus soldados en esta sociedad en que quiso ser nuestro, hermano, y advirtió a cada uno que, para luchar contra un rey que viene con veinte mil soldados, tiene que prepararse con diez mil.

Pero, antes de presentarnos esas semejanzas y exhortaciones de la torre y el rey, mira lo que nos dice: Si alguno viene a mí y no odia a su padre, y madre, y esposa, hijos, hermanos, hermanas y aun su propia alma, no puede ser mi discípulo. Y si no toma su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Luego añade: ¿Quién de vosotros queriendo edificar una torre, no se sienta primero a calcular si tendrá dinero para concluirla, no sea que, después de poner el cimiento, no pueda edificarla? Y todos los que pasen y la vean, empiecen a decir: Este hombre empezó a edificar y no pudo acabar. ¿O qué rey, yendo a trabar combate con otro rey, no se sienta primero a pensar si podrá salir al paso con diez mil soldados al que viene con veinte mil? En caso contrario. cuando todavía está lejos, envía sus legados a pedir la paz. Y en la conclusión declara a qué venían esas semejanzas diciendo: Así, pues, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo (Lc 14,26-33).

Por donde vemos que el capital para edificar la torre y los diez mil soldados que se oponen al que viene con veinte mil, no significan otra cosa que renunciar a todo lo que tiene. Los antecedentes concuerdan con la conclusión. Porque en la renuncia a todas las posesiones se incluye también el odiar al padre, madre, esposa, hijos, hermanos, hermanas y aun la propia alma. Éstas son las posesiones que casi siempre dificultan el obtener, no las propiedades temporales y transitorias, sino las cosas comunes que han de permanecer para siempre. Por el hecho de que una mujer es tu madre, no puede serlo también mía: eso es temporal y transitorio. Ya ves que ha pasado el tiempo en que te concibió, te llevó en sus entrañas, te dio a luz y te amamantó con su leche. Pero en cuanto es hermana en Cristo, lo es para ti y para mí y para todos aquellos a quienes se promete, en la misma sociedad cristiana, una herencia celeste: a Dios por Padre y a Cristo por hermano. Esto es eterno y no perece con la pátina del tiempo. Lo mantenemos y esperamos con tanta mayor firmeza cuanto más común y menos privado es el derecho con que se alcanzará”

Me sigue preocupando cómo si renuncio a alguna cosa lícita no me va a tentar más, justamente tanto por ser lícita como por no tenerla. Para renunciar hay que hacerlo interiormente, es decir, hay que dejar de estimarla porque se estima más otra.

Ayúdame, Señor.

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