Entrégale al Señor en la cruz tu vida. Coge tu cruz tras Él. Es vida.

14-9-16 EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Números 21,4-9. Sal 77,1-2. 34-35. 36-37. 38; Filipenses 2,6-11. Juan 3,13-17

Porque has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido.

 

San Agustín: Tomó, pues, la muerte y la suspendió en la cruz. De esta manera los mortales son librados de la muerte… ¿Qué son las serpientes que muerden? Los pecados de la carne mortal. ¿Qué es la serpiente levantada en alto? La muerte del Señor en la cruz….. ¿No es Cristo la vida? Y, no obstante, estuvo en la cruz. ¿No es Cristo la vida? Y, sin embargo, murió. Pero en la muerte de Cristo encontró la muerte su propia muerte. La vida muerta dio muerte a la muerte; la plenitud de la vida devoró a la muerte. La muerte fue absorbida por el cuerpo de Cristo.

Así lo proclamaremos nosotros en la resurrección, cuando, ya triunfantes, cantemos: ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu contienda? ¿Dónde está, loh muerte!, tu aguijón? (1 Cor 15,55). Ahora, entre tanto, hermanos, miremos a Cristo crucificado para sanar de los pecados; porque así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así conviene que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Los que miraban a aquella serpiente no morían de la mordedura de las mismas; de idéntica manera los que miran con fe la muerte de Cristo sanan de las mordeduras de los pecados. Aquellos se libraban de la muerte para seguir en la vida temporal; aquí, en cambio, se habla de la vida eterna. He aquí la diferencia entre la figura y la realidad: la figura sólo daba la vida temporal; la realidad indicada en la figura da la vida eterna.

Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3,17). El médico viene a curar al enfermo en cuanto de él depende. Quien no quiere cumplir sus prescripciones, se da muerte a sí mismo. El Salvador vino al mundo; ¿por qué se le llamó Salvador del mundo, sino (porque vino) para salvar, no para juzgar al mundo? ¿No quieres que él te salve? Tú mismo te juzgarás. ¿Y por qué he de hablar en futuro? Atento a lo que dice: Quien cree en él no es juzgado; mas quien no cree… ¿Qué esperas que ha de decir, sino «es juzgado»; ya ha sido juzgado? (Jn 3,18). Aún no ha llegado el juicio, pero ya ha tenido lugar. El Señor sabe quiénes son los suyos (2 Tim 2,19); conoce quiénes han de permanecer para recibir la corona, y quiénes para ir a las llamas; conoce quién es trigo y quién es paja en su era; conoce la mies y conoce la cizaña. Quien no cree ya está juzgado. ¿Por qué? Porque no creyó en el nombre del Hijo unigénito de Dios (Jn 3,18).

Y el juicio es éste: que la luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus obras eran malas (Jn 3,19). ¿En quién, hermanos míos, halló el Señor buenas obras? En nadie. En todos las halló malas. ¿Cómo entonces algunos practicaron la verdad y llegaron a la luz? El texto sigue así: El que practica la verdad viene a la luz, para que se manifiesten sus obras, pues están hechas en Dios (Jn 3,20). ¿Cómo es que unos hicieron obras buenas y vinieron a la luz, esto es, a Cristo, y, por el contrario, otros amaron las tinieblas? Si los halló a todos pecadores y a todos sana de sus pecados; si aquella serpiente, figura de la muerte del Señor, cura a los mordidos, y a causa de las mordeduras de las serpientes y por los hombres mortales que halló injustos, se levantó en alto la serpiente, es decir, la muerte del Señor, ¿qué sentido tiene lo que viene a continuación: El juicio es éste: que la luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas? ¿Qué significa esto? ¿Quiénes tenían esas buenas obras? ¿No viniste para hacer justos a los impíos? Pero amaron, dice, las tinieblas más que la luz.

Esto ha querido resaltar. Hay muchos que aman sus pecados y muchos también que los confiesan. Quien los confiesa y se acusa de ellos, se reconcilia con Dios, que reprueba sus pecados. Si tú haces lo mismo, te unes a Dios. «Hombre» y «pecador» son como dos cosas distintas. Al oír «hombre», oyes lo que hizo Dios, al oír «pecador» oyes lo que es obra del hombre. Es preciso que aborrezcas tu obra y ames en ti lo que es obra de Dios. Cuando empieces a detestar lo que hiciste tú, entonces comienzan tus buenas obras, porque repruebas las tuyas malas. El principio de las buenas obras es la confesión de las malas. Practicas la verdad y vienes a la luz. ¿Qué es para ti practicar la verdad? No halagarte, ni pasarte la mano, ni adularte a ti mismo, ni decir que eres justo, cuando eres un malvado. Así es como empiezas a practicar la verdad; así es como vienes a la luz para que se manifiesten las obras que has hecho en Dios. No existiría en ti lo que te impulsa a aborrecer tus pecados si no te iluminara la luz de Dios, si no te los mostrara su verdad. Mas el que después de advertido ama sus pecados, odia la luz que le llama la atención y huye de ella para que no le reprenda las malas obras que ama.

En cambio, quien practica la verdad reprende en sí sus malas obras; no se contempla, no se perdona para que le perdone Dios. Reconoce él mismo lo que quiere que Dios le perdone; así viene a la luz y le da gracias porque le muestra el objeto de su odio. Dice a Dios: Aparta tu vista de mis pecados ¿Con qué cara pronunciaría estas palabras, si no continuase: Porque yo reconozco mis pecados y los tengo siempre delante de mí? Ten siempre en tu presencia lo que no quieres que esté en la presencia de Dios. Porque si echas a la espalda tus propios pecados, Dios volverá a ponerlos ante tus ojos cuando ya la penitencia será infructuosa.

Corred, no sea que os sorprendan las tinieblas.

Comentarios sobre el evangelio de San Juan 12,11-13

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