Aprender a ser

El ateísmo de los del paladar estragado

 

Dice una frase san Ignacio de Antioquía:  “Estoy encadenado a diez leopardos que se vuelven peores cuanto mejor se les trata” (Ad Rom 5,1). Se refería a los diez soldados que le custodiaban en el viaje a Roma donde iba a ser, por orden de Trajano,  comido en el circo por las fieras.

Pues bien, ésa es la experiencia de nuestra parroquia, y, especialmente de nuestro colegio.

Hemos enseñado la fe a jóvenes que ahora se declaran, algunos de ellos, ateos. Hemos hecho un colegio con una cuota miserable, con gran esfuerzo de la parroquia, y ahora resulta que quieren hacer lo que les da la gana.

Hemos, por respeto a lo sagrado de la conciencia, evitado, en lo posible, culpabilizar a los jóvenes por el tema de la sexualidad, procurando que no se obsesionen por ello, y hemos conseguido que sean esclavos de sus pasiones e indiferentes para con Dios.

Quizá esto también tengo un motivo, porque ni siquiera muchos de los profesores, engañados por su propio egoísmo, están por la labor de lograr jóvenes decentes, haciendo su propio trabajo de modo “profesional”, es decir, sin implicarse en él. Lo profesional, realmente, es alegrarse de los jóvenes que son mejores y entristecerse de los que son peores, es ser verdaderos maestros, a imitación del Maestro, que es Jesús, que arriesgó su vida dando su palabra.

Por la relación que posee toda esta temática con los evangelios de samaritanos, como el de los diez leprosos (Lc  17,11-19),  el del buen samaritano (Lc 10,25-37), la samaritana (Jn  4, 1-30) y la visita a Nazaret (Lc  4,16-30), donde siempre se ve que aquellos de los que se esperaba más amor, mejor respuesta, mayor fe, son los que menos responden, es por lo que les hago la siguiente reflexión.

Hemos fracasado  parcialmente. Una vez se iban a malograr cientos de panetones en la fábrica de Donofrio y le pidieron a un maestro muy experimentado que les aconsejara. El maestro pidió que le ayudaran. Salvó la masa y salieron unos panetones riquísimos.

Nosotros hemos transmitido la fe a chicos que ahora, en su adolescencia, la niegan. Hemos intentado pasarles el respeto, el amor al otro, la moral cristiana, a chicos que ahora se dejan llevar por su pasiones y a muchachas que escriben cosas horribles en las redes sociales a sus “amigos” o “amigas” que sólo son dignas de los que están en la cárcel. Hemos salido en televisión, avergonzándonos de cosas que no hemos hecho directamente nosotros, sino los nuestros. Los chicos de un aula han visto cómo se encendían cosas en su salón y cómo echaban papeles encendidos por la ventana provocando un incendio. Se ha dado en cierta aula el caso de juegos de casino mientras el profesor era entretenido por un tropel de jóvenes que intentaban distraerlo con preguntas o peticiones incongruentes. Se ha faltado reiteradamente el respeto a las hermanas y a los profesores de religión, de modo que posiblemente ya no sigan el próximo año, a vista y paciencia de sus tutores. Se roba hasta en los retiros. Unos roban a otros. Unos torturan a otros amigos. Roban y después nos amenazan con denunciarnos. Persiguen con escritos a los profesores y levantan calumnias. Estamos mal.

Yo creo que lo que ocurre es que los profesores ya no saben serlo. Han olvidado su tarea. Han perdido el oficio.  Ésta es una de las causas. La más importante.

Pero además hay otras, la poca ayuda de los padres de familia, el marxismo que perdura, la imposibilidad de controlar las redes sociales, la falta de puntualidad entre clases, la connivencia de los policías escolares, la falta de diálogo entre profesores, la influencia de los medios de comunicación y, finalmente, la falta de conversión.

Empecemos por la única que tenemos de momento:  el oficio de maestro. Si hemos disfrutado de unos verdaderos maestros, que es muy posible, pues hemos elegido esta misión, reconoceremos fácilmente que eran personas que sustituían, y, a veces, eran verdaderamente, padres. Sabían exigir y sabían premiar. Con ellos no se podía jugar. Pero sabían amar. Sabían perdonar pero también castigar. Y se hacían querer sin dejarse chantajear afectivamente. Los queríamos porque eran rectos, eran sinceros, eran modelos nuestros.

Los padres de familia los adoraban. Los chicos los querían. Sus castigos eran respetados. Sus premios eran deseados.

¿Cómo lo conseguían?

No eran cobardes. Sabían cumplir con su misión. No eran negligentes. Trabajaban mucho para presentar los temas, para poner ejercicios que siempre corregían. Y tenían técnicas infalibles, como era probar constantemente a los estudiantes, haciendo que compitieran amigablemente entre ellos. Eran justos. Y sabían lo que estaban enseñando. El alumno no se ocupaba en otras cosas más que en mejorar en los desafíos que constantemente significaba para ellos la materia que tenían que estudiar. La amistad, el juego, era, por ello, una expansión necesaria, pero no maligna. En realidad aprendían de su fe y eran coherentes con ella. Por eso habían más fe.

Quizá necesitemos mucho de esto. Posiblemente no se diga en las escuelas de magisterio. Pero el oficio de maestro es anterior a esas escuelas. Y, si no enseñan realmente el oficio, no sirven.

Por otro lado, he señalado algunos fallos que descubro.  He nombrado el marxismo. Todos sabemos que divide a la sociedad porque invoca el odio y la venganza y pone como solución la guerra, que suele llamarse la lucha de clases. Olvida las consecuencias de dicha guerra. Aquí se dio sobre todo con Sendero Luminoso.  A veces da la impresión de que los padres no son nuestros aliados sino nuestros enemigos. Y en esa dinámica entramos los maestros. Si uno coge miedo, siempre les da la razón, aunque no la tengan. El Estado pone leyes que siempre perjudican a los profesores en ese pleito. Evidentemente no quisiera yo que castigáramos injustamente, y menos corporalmente, a los chicos. Pero tampoco quiero padres apañadores que siempre ven cómo hacer la vida imposible a los profesores o al director del Colegio. En eso debemos de estar unidos y hablar de ello con los padres. Por eso no hicimos APA. No queríamos que formaran un sindicato, y menos que tomaran el mando del Colegio. El que entra aquí debe aceptar las reglas.

Después hay cosas más difíciles de manejar. Las redes sociales, la inmoralidad generalizada, y esa especie de soberbia y ganas de llamar la atención, que hay en el desprecio de la fe, etc.

Contra todo ello viene la conversión sincera. En la historia de los diez leprosos, el que vuelve a dar gracias es el único que entendió que detrás del regalo de la curación de la lepra estaba el que hizo el regalo, con todo su amor, y que el verdadero regalo era vivir con Él para siempre.  Los que intentan aprovecharse del Colegio no aprendieron nada. El Colegio les da sus regalos para que ellos se vuelvan mejores y también vivan para los demás. Para que amen más a Dios que les dio esa oportunidad. Para que se dé un verdadero y gran sentido de familia entre todos, porque cada uno hace todo lo que puede. Ése espíritu es el contrario a Adán, que después de recibir todo, quiso robárselo a Dios haciéndose a sí mismo dios, y botando a Dios de su vida. Es el hijo pródigo que no entiende a su padre y cree que lo único que vale es su dinero. Adán es condenado. Cristo nos quiere enseñar a ser agradecidos, es decir, hijos.  Hijos es lo que debemos ser y enseñar a ser.

 

César Buendía

 

 

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: