Alma

Quisiera hablar del alma.

 

Épocas hubo, y yo las viví, en que se hablaba del alma tanto que parecía que el ser humano, que lleva un cuerpo, era, sobre todo, alma.

Vino después una época en la que nos daba vergüenza hablar del alma. Los libros que manejamos los eclesiásticos apenas la nombraban. Pronto esos libros sólo se vieron en librerías de viejo, y ahora apenas se publican.

El ocaso del alma ha acompañado al ocaso de la fe.

Ahora voy, ya que casi nadie me lee, a tener el atrevimiento de hablar bien del alma.

Porque nunca hubo como la actual una época en que el desierto nos haya convertido tan en polvo. Hemos sido recubiertos de polvo. Nos creemos tierra, pero por dentro somos todavía humanos. Y deseamos ardientemente liberarnos de ese polvo que nos aterra.

Por eso quiero hablar del alma, para sentirme humano.

El alma desea lo que es propio de lo humano. El cuerpo lo que es propio también del hombre, pero en cuanto animal. Por eso, y digo que es verdad, lo humano es exactamente el alma.

El alma se sostiene en un cuerpo que apenas se sostiene. Desea en un cuerpo que apenas le acompaña. Goza y llora en un cuerpo que a veces le convence de que su gozo es vano y su llanto inútil.

Pero el alma persiste. Intuye un enigma, un misterio, en medio de un mundo de apariencias, que la muerte o la historia no puede en ningún sentido desmentir por su proceso aparentemente destructor o ambiguo. Se reconoce el alma perteneciente a ese mundo, y, sin embargo, observa con horror o con esperanza el misterio de la muerte.

El alma quiere pervivir. Quisiera conservar la juventud que se deteriora, la alegría inocente del infante, el interés que sostiene el cuerpo a pesar de su decrepitud. Desearía conservar el cuerpo. Pero, aunque ese cuerpo se disgrega, se degrada, se encamina irremediablemente a su propio destino, el alma se sabe siempre inmortal, siempre joven. El acompañante del alma, el cuerpo, es, no un enemigo, pero sí un lastre que a veces impide cumplir el deseo profundo.

El descubrimiento de Dios, la Revelación del mismo, ha sido la noticia esperada. Viviremos.

Pero no acabamos de comprender cómo nuestras decisiones pueden hacernos perder incluso el alma si no nos paramos a pensar en que en la hora de la verdad seremos juzgados por el deseo. El que amó, el que no se rindió, el que deseó el verdadero Amor, el alma que no dimitió de alma, que no renunció a esa lucha desigual con la muerte, verá que es escuchada.

Y si ese deseo permanece, el alma recibirá el abrazo del Hijo Pródigo, ese abrazo creador.

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