Soy hijo de Dios Trinidad A 11 Junio 2017

QUIERO HABLAR DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD CICLO A

 

Es difícil hablar de la Trinidad sin aludir a su formulación en los primeros concilios, porque no se trata de un dogma cómodo y pastoral en la actualidad.

Se trata de una verdad fundante, pero, por tal cúmulo de herejías que ha reunido en torno a sí, hemos dejado prácticamente de predicarlo.

Es fácil huir hoy por las lecturas, y no es feo,

Indicaríamos que en primera lectura, que está en Ex 34, 4-9, aparece el secreto y excelso nombre que todo lo transforma, el de Dios revelado a Moisés, Yo soy. Moisés lo pronuncia en el Sinaí, como el día del Iom Kippur. Es decir, yo soy y yo te sostengo, yo te amo, yo soy tu Padre, yo no fallo, porque estoy contigo siempre, porque yo soy de verdad, no soy ahora y después no, no cambio mi ser, te amo como un Padre, de por vida. Y te constituyo pues siendo padre tú eres hijo. Tú eres amado por mí y vives porque yo vivo siempre. Por eso la lentitud en la ira y la rapidez en la misericordia vienen de mi amor eterno. Yo soy eterno, tú no, pero siempre, por eterno, pensé en ti, aunque naciste en el tiempo. Y, para que en el tiempo no estuvieras huérfano, te envié a mi hijo, también nacido en el tiempo en cuanto hombre. Cuando ese nombre se pronuncia a Dios se le mueven de ternura las entrañas y se alegra con su hijo.

Del Salmo, en este caso la bendición de Daniel 3, 52-56, la alabanza. Alabanza de su nombre, expresión de su ser, alabanza de su gloria y de su templo, pues la gloria ha cabido en el templo, entendiendo por gloria su peso, su influencia, su manifestación, su presencia, su cercanía. Por eso el templo es signo de misericordia. Y el templo es su pueblo. Alabanza, finalmente, por su inmensidad y su poder, sentado sobre querubines, a quien no se le esconden los abismos.

De la segunda lectura, la segunda carta a los Corintios capítulo 13,11-13, se extrae la unidad de Dios en las tres personas, indicando lo específico de cada una, pero lo común en Dios, el amor y la paz, aparecen cuando somos capaces de tener alegría, esperanza trabajando por nuestra perfección, ayuda y ánimo mutuo, sentimientos comunes con Cristo y entre nosotros. Del Padre el amor, del Hijo la gracia, del Espíritu la comunión. Las dos últimas personas se caracterizan por encarnar en Jesucristo y en la Iglesia el amor del Padre.

Del Evangelio maravilloso, el de Nicodemo, resalta el que tanto amó Dios Padre al mundo que le envió a su Hijo para salvarnos. Para que le conociéramos y así nos enamoráramos el Padre al que estábamos buscando. Ese resultado se llama fe, don del Espíritu que habita en los elegidos.

Los comentarios suelen insistir en la historia. Es la gran clave, el gran descubrimiento. Al Padre se le encuentra por el Hijo y el Espíritu nos mueve, de modo que también se nota, sobre todo a la conversión, a la caridad, a la esperanza y a la fe. Mi historia es trinitaria.

Y es una historia de amor, donde he visto y he creído en ese amor, he sentido al Espíritu, al Hijo y al Padre como una unidad. Pero es sencillo caer en una idolatría, pensar que mi unidad con ellos es segura porque su amor es seguro. No, soy pecador. Por ese amor inseguro y esa fe frágil necesito más de Dios Trino. Yo no soy Dios, por eso amo a Dios. Si fuera Dios no sabría dónde meterme, porque no soy el Hijo ni el Espíritu. Pero si contemplo la Trinidad entonces encuentro mi sitio en medio de ella. En medio de un amor que no puedo vivir solo. En medio de una dignidad que se derrama sobre los demás, porque no es un Padre que sólo ame a un hijo, ni un hijo que para ser amado eche fuera a los demás hijos, hermanos suyos, sino alguien a quien se le ha contagiado ese amor: “ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado” (Lc 15,24).

De modo que la unidad de la Trinidad es el servicio. El Padre se ha inclinado sobre el pródigo y le ha abrazado con la muerte de su Hijo Resucitado, devolviéndole el Espíritu de hijo que mueve en su interior la oración y la alegría, la paz y el celo por sus hermanos, la esperanza y la paz.

 

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