Para ser bautizado

Bautismo del Señor

 

Ante la inminencia del infierno humano y de la muerte humana, sobre todo ante la muerte sorda y necia, la que experimenta aquel que no sabe lo que le espera, Jesús sube a la cruz, es decir, baja al abismo donde le espera Adán.

Adán ha caído sin casi pensarlo, por su ambición y su infidelidad, en un instante, en la cárcel tenebrosa y sin salida de su pecado.

Jesús baja al Jordán, a esa misma cárcel, a ese pozo, a ese abismo. Baja y ya no sube hasta que rescata a Adán.

No lucha con su Padre, puesto que es su Padre quien le envía. Pero suplica. Y Dios, en Jesús, escucha la súplica humana y divina, escucha al inocente cambiarse por el culpable.

En otro tiempo, Adán acusó a Eva del pecado, ahora el nuevo Adán se acusa del pecado de sus hermanos.

Era tiempo de que alguien hiciera lo que Dios estaba esperando desde la creación del mundo.

Y su palabra poderosa descendió desde el cielo: tú eres mi Hijo (Lc 3,22).

Y, desde antes, pero visiblemente desde entonces, cuando alguien peca, Jesucristo llora por él, y cuando alguien sufre, Jesucristo sufre por él, y cuando alguien ruega por otro, Jesucristo resucita en él.

El mundo está esperando que otros reciban y se alegren en lo que constantemente hace el Hijo de Dios, amarnos.

El mundo es salvado constantemente, porque alguien exulta en Cristo. Da gracias. Se alegra.

Porque ya hemos sido salvados. Pero la creación está gimiendo, hasta que completemos en nosotros la pasión de Cristo (Col 1,24-28).

Hasta que aprendamos a amar como Él.

Porque el hombre ha sido declarado, en el bautismo del Hijo, hijo de Dios.

Me amó y se entregó por mí (Gal 2, 16-21).

 

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