San Timoteo y San Tito

Lo característico del ser humano es la inteligencia, esa facultad misteriosa que suele intentarse reducir a conexiones materiales, esa facultad que realiza procesos inverosímiles que los grandes han querido someter a tres operaciones: la inducción, la deducción y la asociación, pero que, en realidad, parece ofrecer muchas más, como la sospecha, la hipótesis, la  apuesta o la fe, y que se presenta como irreductiblemente sorprendente, pues incluye la decisión, la libertad. La libertad toma decisiones a partir de principios como la fidelidad, la sumisión a la verdad, la búsqueda de la justicia, etc. Y así, la inteligencia puede estar contaminada o no, puede ser objetiva o no, puede ser emocional o no, es decir, siempre está coloreada por lo subjetivo. Y, sin embargo, tiene pretensiones de universalidad, es decir, de objetividad y de capacidad de compartir.

Pues bien, San Pablo fue sorprendido por la realidad. Era un hombre de convicciones profundas aunque equivocadas, de las que vivía y que pretendía ser verdaderas y universalmente aceptables.

En el mundo moderno hay una crítica constante contra los que creen que han llegado a la verdad y los tachan de fundamentalistas y de incorregiblemente dogmáticos, es decir, de impositivos, fanáticos y prepotentes.

Pero cuando no existe la verdad todo está permitido. Observamos una ausencia casi absoluta de comunicación en este mundo moderno porque todo son ejercicios de poder, nada de búsqueda común de la verdad, que es universal, que es la misma aun mirada desde perspectivas distintas. Y por eso complementarias.

Ese hombre, Pablo, que creía en la verdad fue sorprendido por la verdad, es decir, por Cristo, Verdad en persona, salvación del hombre en persona, y la compartió.

Hoy la palabra de Dios  (Marcos 4,26-34) nos dice que el agricultor no sabe cómo la semilla nace y crece, y no puede realizar lo que la semilla hace por sí misma, pues ésta de él sólo necesita la siembra y el riego. La semilla es independiente de él. Su destino final está marcado por Otro que cuida del labrador.

Esa fuerza que no dominamos es el mismo Dios que toma la decisión de buscar a Timoteo y Tito, que salva la vida de Pablo. La verdad se descubre, no se crea. El hombre que la descubre descubre un tesoro, que, recibido, cambia la vida.

Dios ha venido. También vino el Papa. Nadie sabía cómo era Dios antes de venir. Nadie sabía las dimensiones de su amor. Tampoco sabíamos cómo el Papa nos iba a consolar, a animar y a valorar, es decir, a derramar un amor que nació de su propia libertad.

Quizá somos demasiado remisos en creer. La inteligencia no está reñida con la fe. No sirve simplemente para dominarlo todo, sino para recibir lo que ella misma no puede hacer.

Pero así como Dios sorprende, ahora podemos sorprender a todos con la fe. Como San Pablo, San Timoteo y San Tito, sus discípulos y seguidores.

Un poco de fe.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: