Sálvame de mí mismo 4B

Hoy, el Evangelio nos habla de la autoridad de Jesús.

La autoridad de Dios está en entredicho. Los hombres no quieren, desde el primer pecado, reconocerla.

En el fondo del fariseísmo está la defensa contra Dios, a base de falsa obediencia, a base de cumplir mintiendo. Cumplimiento. Dios es malo, pero nos podemos escapar de él con la astucia del falso sirviente. Eso piensan los fariseos. Dar coces contra el aguijón (Hech 9,5; 26,14). Ensartarse.

¿Cómo nos empeñamos en escapar de Dios, de la ira que amenaza (Mateo 3,7)?

La única manera de amar a Dios es amarle sin medida, decía San Bernardo. Amarle limitadamente es dejar un espacio para el diablo. Y no se puede servir a dos señores.

Reconocer a Dios es seguirle. Eso es reconocer esa autoridad que no admite competencia, que no admite dilación, que no admite indiferencia, que no admite otra cosa sino conversión y alegría.

La palabra hoy habla del falso profeta y el verdadero. Jesús es el verdadero, ante el profeta, boca de Dios, sólo cabe el reconocimiento de su autoridad y la alegría de que Dios haya querido llamarnos. Porque su palabra es para nuestro bien siempre. La obediencia a nuestro propio bien no debe costar.

Adán se escondió de Dios. El que se confiesa se manifiesta a Dios. Y encuentra el perdón. Pero el que se esconde no conoce otra cosa que la espera de Dios. El cual, como el padre del hijo pródigo, sabe que sólo el encuentro salva.

Sálvame de mí mismo.

 

 

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